He de contarles porqué ya no viajo en tren. Es una situación perfectamente explicable y al final cada uno de ustedes podrá entenderme. Ocurrió hace varios años, en una travesía de rutina, durante un viaje de esos a los que la vida te lleva por casualidad… ¿O quizá no?. El caso es que me encontré de pronto en el andén de la estación de Naan-Sac, a la mitad de la nada, dirigiéndome a la ciudad de Mérida, ¿conocen esa remota aldea perdida en la selva?, ¿no?, ¿nunca han estado en la jungla tropical devorados por los mosquitos y derretidos por un calor que convierte en cera los cuerpos y los ánimos?. No es extraño. También para mí fue la primera vez.
A lo lejos, despacio y entre una bruma inexplicable y caliente, el tren se aproximaba. Nadie, extrañamente, además de mí, esperaba su llegada. Las primeras impresiones del convoy fueron reveladoras, pero yo no las advertí, o no les di importancia. La máquina parecía antigua, de una estructura fuerte y cosa curiosa, funcionaba con carbón. Pensé en ese momento que hallándome en el fin del mundo, no era extraño que las máquinas modernas todavía no cubrieran algunos caminos. No obstante su aspecto anticuado, brillaba de manera sorprendente, extraordinariamente limpio, y podría asegurarles que con un olor a nuevo. Sus interiores eran sorprendentes: intactos, relucientes; los tapices de sus paneles eran exquisitos, sus asientos estaban forrados en mullida piel y el piso tenía una delicada alfombra. Sin embargo; el vagón estaba vacío. Cierto que no era una ruta principal, ni siquiera un paso obligado en alguna línea de comercio, pero ¿sin pasajeros?.
Me dormí. No se cuanto, pero cuando mis ojos se abrieron el vagón estaba lleno y animado. Había familias enteras acompañándome en el viaje. Mestizas con bellísimos trajes y alhajas sorprendentes, niños morenos con rostros felices que correaban contagiando con sus risas alegría. El color vivo de aquellos ropajes era impresionante. Los viajantes tenían frutas en las manos y jugos en sus bocas, los abanicos flotaban como palomas en cortejo, sugiriendo en su vuelo secretos códigos de amor, e insinuando cálidos y futuros encuentros a los entendidos. El viaje se había convertido en una fiesta.
Con exquisita cortesía, el caballero sentado frente a mí se llevó la mano al sombrero, y me saludó con una cálida sonrisa. Le correspondí gratamente y pregunté a continuación ¿dónde han subido todos?, ¡ah! respondió -la última estación-, hará cosa de media hora, ¿se dirige a Mérida? me dijo, -sí, allá voy- fue mi respuesta, ¿negocios? –podría decirse- ¡mucha suerte entonces!, yo vuelvo del sur, un viaje obligado ¿sabe?, inevitable. En Mérida me esperan mi mujer y mis once hijos varones.
No es cosa corriente saber que alguien tiene tantos hijos de un solo género, así que volví a preguntar si había escuchado correctamente, recibiendo la misma respuesta. “Mi hogar está precisamente atrás de la estación de ferrocarriles, es una gran casa verde adornada por un hermoso flamboyán”. “Tiene que visitarme cuando esté libre de sus asuntos”.
Todo el camino fue deliciosamente acompañado de anécdotas y valiosos consejos sobre la ciudad. Me despedí a mi pesar de Don Carlos (así se llamaba mi inesperado y grato amigo), y su sonrisa iluminó mi estadía en la blanca Mérida por varios días. Mis negocios llegaron a buen puerto.
Seis meses después y por otras razones muy distintas, me encontré de nuevo en Mérida. Al concluir mis asuntos, elegí nuevamente el tren, ahora en ruta contraria, buscando caminos nuevos hacia el sur. Aquel viaje no obstante resultaba diferente, muy distinto al suave encanto con que yo recordaba mi última visita, la que ya les he contado. Éste tren, para pesar de mi espíritu, era una ruina. No era cómo el otro, una pieza de museo reconstruida hasta sus últimos detalles, sino un ferrocarril convencional sin mantenimiento. Olía mal, a humedad, a olvido. Sus raídos asientos y sus empañados cristales, más la sensación de ahogo que sentí al estar dentro del vagón, me llenaron de infinita tristeza. Además iba repleto, cosa que me hizo sentir un bulto más entre todos los muchos que se amontonaban en los espacios disponibles. Mi vecino en cambio, era un joven agradable. Su aspecto me era ligeramente familiar, pero impreciso a mi memoria.
La jornada obligó al saludo, pasando de inmediato a la conversación. No pude evitar entonces contarle mi viaje anterior. Describí con detalle cada sensación, todo recuerdo, y mencioné a los alegres pasajeros con los que el viaje se había pegado a mi alma. La belleza de aquellos trajes de fantasía oriental, el sonido musical de las voces, los aromas a flores y frutas; el paisaje de mil tonos de verde invadiendo las ventanas, y las aves que acompañaron el trayecto desde el cielo de transparente zafiro.
Mi interlocutor escuchó atento mi relato, pero aseguró que me equivocaba. Me dijo que en Naan-Sac hacía mucho que el tren no detenía su paso, y que las locomotoras de carbón estaban fuera de uso desde hacía incontables años. Pero yo, no le creí. Con firmeza seguí dando pormenores y para convencerlo de lo real que había sido mi viaje, le conté que había tenido inclusive la curiosa oportunidad de conocer a un hombre que era nada menos que el padre de once varones. Algo noté en mi vecino, una ligera desazón, ¿o era mi imaginación? -¿le sorprende, le dije, una familia con once hijos, hombres todos?-, a mí me causó alguna extrañeza, lo confieso, pero recibí incluso una invitación para constatarlo, precisamente lo recuerdo al detalle: una casa verde, atrás de la estación, con un enorme flamboyán en el jardín…
No pude continuar. Mi pobre compañero me miró con miedo y preguntó con la voz ya quebrada por una rara emoción ¿cómo era el pasajero que viajó con usted?. Hice una descripción minuciosa y llena de cariño. Con cada detalle el joven iba del sudor copioso a la palidez mortal. Temblaba. Francamente no sabía que pensar y con temor dí los últimos detalles. Se llamaba Don Carlos, un caballero…
Y ya no pude terminar. El joven soltó en llanto y con los ojos desorbitados me dijo: “conoció usted a mi padre, yo soy el menor de sus once hijos, me llamo Carlos también. Vivimos sí, en aquella casa cercana a la vieja estación del ferrocarril, su descripción es exacta en cada detalle que me ha contado, pero es preciso que sepa usted que mi padre ¡murió hace 10 años!
Desde entonces, amigos míos, viajar en tren… no se, no lo hago más… ¿Comprenden ustedes?
Antonio de Jesús Fuentes Ruiz. Diciembre 2007.
martes, 22 de diciembre de 2009
miércoles, 2 de diciembre de 2009
TRES TUMBAS (PARTE II)
Esta es la segunda parte de mi ensayo, a ver qué les parece.

2
Hay demasiadas maneras terribles de morir. Existen enfermedades que no tienen cura y hacen padecer tremendos dolores y molestias a quien las sufre, como el sida, algunas variedades del cáncer o síndromes poco explorados aún por la medicina. Existen las dictaduras, las guerras, la pobreza extrema que va matando de hambre y de sed a niños y adultos por igual. Están las drogas, sus consumidores, traficantes y sicarios. La humanidad reproduce a diario asesinos espontáneos, seriales o a sueldo, hermanos de la crueldad y amigos íntimos del sufrimiento ajeno. Han existido largas dictaduras y existió también la Inquisición, organismo eclesiástico creador de las torturas más sutiles y atemorizantes, de las agonías más largas y siniestras, de las masacres más tumultuarias e insensatas en la historia del ser pensante. Tenemos las depresiones y el suicidio. Contamos con la bala, la cuerda, el veneno y el puñal.
Sin embargo, hay una forma terrible de morir cuyo solo pensamiento lleva al hombre a las simas de la locura. Es una muerte que nadie quisiera imaginar, pero que muchos han debido de sufrirla sin que el resto del mundo se haya enterado. Es la temida muerte doble, el cumplimiento de la fantasía más ominosa y el escenario por excelencia para la creación de los más espeluznantes relatos de terror: el entierro prematuro.
No es la irrealidad del hecho la razón de su frecuencia en la literatura de ficción. Es bien sabido que durante generaciones la gente ha sido enterrada viva. Hay muchos males que simulan la muerte: catalepsia, alferecía, éxtasis morboso, letargia, ictus, sofocación, histeria o intoxicaciones, los cuales, aunados a la intervención de un médico poco eficaz o a los reducidos conocimientos clínicos de épocas pasadas provocaban que se diera por muerto al paciente y se le inhumara. Por otra parte, las guerras han producido una buena cantidad de soldados malheridos a los que se ha enterrado en fosas comunes junto con compañeros realmente fenecidos. Se sabe además de numerosos casos en los cuales se ha inducido una muerte aparente a través de la ingestión de sustancias para librarse de destinos fatales, especialmente en las prisiones, donde fingirse muerto es la vía de escape más segura e ingeniosa (8).
Es el arte, concretamente la literatura de terror, la que nos ha abierto las puertas a las catacumbas del cadáver aparente. El estilo gótico nos ofrece un primer caso: en El monje (1796), de Matthew Gregory Lewis (9), el protagonista, un ministro de Dios que se ha entregado al Maligno por soberbia y por lujuria, viola y asesina a una joven que después resultará ser su propia hermana. La inocente víctima había sido sedada para fingir su muerte y huir de su sátiro perseguidor. Mas él logra profanar la tumba y accede así a un lugar preferente en el averno.
Por su parte, mucho más próximo a nuestra época, el indiscutible rey de la literatura de horror desde el siglo XIX hasta la actualidad, Edgar Allan Poe, eligió como protagonistas de sus más logrados relatos a los enterrados vivos. Tres cuentos en especial reflejan esta característica: El entierro prematuro (1844), La caída de la Casa Usher (1839) y El tonel de amontillado (1846) (10).
El primero es el relato en primera persona de un catatónico, quien narra sus sufrimientos a causa de esta enfermedad, en la que muere aparentemente por tiempo indefinido sin saber cuándo ni cómo despertará. Aunque el narrador confiesa que ha tomado todas las precauciones para evitar ser enterrado vivo, no puede controlar el espanto de que por cualquier aciago acontecimiento, recobre el sentido en el interior de una tumba de la cual no podrá salir jamás. Además de su circunstancia, el personaje narra diversos ejemplos bien documentados de gente que ha sido sepultada viva. En algunos de estos casos los enfermos son descubiertos a tiempo y siguen viviendo tranquilamente, pero en otros… sólo reflejan en el contorsionado rostro el intenso sufrimiento de saber que morirán asfixiados y sedientos en un ínfimo espacio a través del cual nadie los podrá escuchar jamás.
Con respecto a La caída de la Casa Usher, éste es uno de los más conocidos e inquietantes cuentos de Poe: un hombre y su hermana viven solos en la enorme mansión de sus antepasados, ella padece catatonia y él agoniza de angustia con cada ataque de la enfermedad. El amor incestuoso entre los hermanos, la incertidumbre de no saber si ella está viva o muerta, el desenlace de la última rama de los Usher son narrados magistralmente en este relato sublime donde entre humos de opio y atmósferas saturadas de ambiguas perversiones la supuesta muerta sale de la tumba para llevarse con ella a su familiar, ahora sí en una muerte cierta, entre los escombros de la derruida casa.
Por último, El tonel de amontillado es la encarnación de la venganza llevada más allá de sus límites. En pleno carnaval de Venecia, un comerciante de vinos atrae a un colega –o más bien competidor– a su domicilio para que verifique la calidad de un tonel de amontillado (11). El engañado acude inocentemente y es enterrado vivo en las bodegas del edificio. Lo terrorífico aquí es la satisfacción con que el asesino escucha la lenta agonía su víctima.
Hay más cuentos sobre horrores en los sepulcros, como La tumba (1919), de H. P. Lovecraft, en el que un hombre, poseído por un antepasado, conoce terribles secretos antiquísimos cuando se recuesta en la tumba de su familiar. También está un bello relato de Nathaniel Hawthorne, El entierro de Roger Melvin (1832) que expone los peligros de recibir una terrorífica maldición por no dar cristiana sepultura a un ser humano.
Pero, ¿por qué son los sepulcros, en calidad de receptáculos de la temida muerte, los espacios preferidos de los escritores de horror? Y, ¿por qué los relatos de enterrados vivos son los más estremecedores y bellamente relatados? Una primera razón pudiera ser que a los seres humanos del mundo occidental contemporáneo, simple y sencillamente, nos parece terrible la muerte. No soportamos el sufrimiento y nos aterra, en nuestra soberbia, esa lucha final en la cual sabemos de antemano que no lograremos alcanzar la tan anhelada inmortalidad.
En segundo término, y aquí reproduzco las palabras de Poe a través del protagonista de El entierro prematuro, porque “ser enterrado vivo es, fuera de toda discusión, el más terrible de los extremos que jamás haya caído en suerte al simple mortal” (12). La unión de vida y muerte en un habitáculo hermético es un suceso siempre estremecedor para cualquier persona. Si al extremo miedo a perecer se le aúna la posibilidad de ser enterrado en vida, el terror puede incrementarse hasta alcanzar grados insoportables.
Y hay un nivel más elevado de terror en esta circunstancia: el pensamiento de morir dos veces, de librar doblemente una batalla de antemano perdida con la parca, esa enemiga funesta, en un lugar pequeño, oscuro, húmedo y en completa soledad, escuchando únicamente nuestra propia respiración agitada, sintiendo cómo corre el sudor por nuestro cuerpo, cómo los gusanos y otras alimañas empiezan a invadir nuestro organismo, el gritar y arañar sin que te atiendan, el estar consciente de que no verás ya nunca a ningún ser de tu especie, que pronto o más tarde, luego de intensos padecimientos: asfixia, hambre, deshidratación, terror en su máxima potencia, se deberá cruzar una frontera hacia lo desconocido. ¿El infierno acaso?, ¿el purgatorio?, ¿se verá ese túnel luminoso y un ser al final de éste como relatan las películas?, ¿se producirá un reencuentro con otros conocidos ya muertos?, ¿o sólo será dormir sin soñar más, un desaparecer para siempre de este mundo y de los recuerdos de tus seres queridos?
Realmente hay demasiadas maneras terribles de morir. Pero la literatura de terror ha volcado sus más bellas y exquisitas páginas en presentarnos anécdotas de gente que ha sido enterrada viva ya sea por error, por precaución o por extrema maldad. Ciertamente, el ser inhumado en vida es una forma poética y literaria de morir. Es un suceso épico el enfrentarse no una, sino dos veces al enemigo más temido e irremediablemente vencedor. En consecuencia, los autores del género de horror han colocado a esta acción de sucumbir en una mortaja en el pináculo del romanticismo, precisamente por lo terrible del hecho: así como en el arte kitsch lo espantoso resulta bello, en la literatura la muerte más monstruosa alcanza proporciones insospechadas de armonía y perfección.
Notas
8 Algunos de los datos contenidos en este párrafo los obtuve de un artículo de Internet: MENDOZA P. Eduardo. Enterrados vivos. Publicado el 22 de febrero de 2002. http://www.ucm.es/info/museoafc/loscriminales/funerarias/enterrados%20vivos.html
9 Hay varias ediciones en castellano de esta novela gótica, pero me permito recomendarles la de editorial Valdemar, en cualquiera de sus colecciones: Gótica (ésta es de lujo) y El club Diógenes (rústica).
10 La edición que consulté es P OE, Edgar Allan. Cuentos, 1, trad. de Julio Cortázar. Madrid, Alianza, 2005.
11 Como yo no sabía lo que significa esta palabra, busqué y encontré que es un “vino generoso de graduación alcohólica entre el 16 y el 22% vol., de color oro o ámbar, aroma punzante, seco, suave, de sabor avellanado y poco ácido. Se producen amontillados en Jerez, Montilla-Moriles y Condado de Huelva” (http://www.winesfromspain.com/icex/cda/controller/pageGen/0,3346,1559872_4938183_4939641_295488_A,00.html).
12 POE. Op. Cit., p. 198.
TRES TUMBAS
Por Ma. Luisa Durán
Por Ma. Luisa Durán
2
Hay demasiadas maneras terribles de morir. Existen enfermedades que no tienen cura y hacen padecer tremendos dolores y molestias a quien las sufre, como el sida, algunas variedades del cáncer o síndromes poco explorados aún por la medicina. Existen las dictaduras, las guerras, la pobreza extrema que va matando de hambre y de sed a niños y adultos por igual. Están las drogas, sus consumidores, traficantes y sicarios. La humanidad reproduce a diario asesinos espontáneos, seriales o a sueldo, hermanos de la crueldad y amigos íntimos del sufrimiento ajeno. Han existido largas dictaduras y existió también la Inquisición, organismo eclesiástico creador de las torturas más sutiles y atemorizantes, de las agonías más largas y siniestras, de las masacres más tumultuarias e insensatas en la historia del ser pensante. Tenemos las depresiones y el suicidio. Contamos con la bala, la cuerda, el veneno y el puñal.
Sin embargo, hay una forma terrible de morir cuyo solo pensamiento lleva al hombre a las simas de la locura. Es una muerte que nadie quisiera imaginar, pero que muchos han debido de sufrirla sin que el resto del mundo se haya enterado. Es la temida muerte doble, el cumplimiento de la fantasía más ominosa y el escenario por excelencia para la creación de los más espeluznantes relatos de terror: el entierro prematuro.
No es la irrealidad del hecho la razón de su frecuencia en la literatura de ficción. Es bien sabido que durante generaciones la gente ha sido enterrada viva. Hay muchos males que simulan la muerte: catalepsia, alferecía, éxtasis morboso, letargia, ictus, sofocación, histeria o intoxicaciones, los cuales, aunados a la intervención de un médico poco eficaz o a los reducidos conocimientos clínicos de épocas pasadas provocaban que se diera por muerto al paciente y se le inhumara. Por otra parte, las guerras han producido una buena cantidad de soldados malheridos a los que se ha enterrado en fosas comunes junto con compañeros realmente fenecidos. Se sabe además de numerosos casos en los cuales se ha inducido una muerte aparente a través de la ingestión de sustancias para librarse de destinos fatales, especialmente en las prisiones, donde fingirse muerto es la vía de escape más segura e ingeniosa (8).
Es el arte, concretamente la literatura de terror, la que nos ha abierto las puertas a las catacumbas del cadáver aparente. El estilo gótico nos ofrece un primer caso: en El monje (1796), de Matthew Gregory Lewis (9), el protagonista, un ministro de Dios que se ha entregado al Maligno por soberbia y por lujuria, viola y asesina a una joven que después resultará ser su propia hermana. La inocente víctima había sido sedada para fingir su muerte y huir de su sátiro perseguidor. Mas él logra profanar la tumba y accede así a un lugar preferente en el averno.
Por su parte, mucho más próximo a nuestra época, el indiscutible rey de la literatura de horror desde el siglo XIX hasta la actualidad, Edgar Allan Poe, eligió como protagonistas de sus más logrados relatos a los enterrados vivos. Tres cuentos en especial reflejan esta característica: El entierro prematuro (1844), La caída de la Casa Usher (1839) y El tonel de amontillado (1846) (10).
El primero es el relato en primera persona de un catatónico, quien narra sus sufrimientos a causa de esta enfermedad, en la que muere aparentemente por tiempo indefinido sin saber cuándo ni cómo despertará. Aunque el narrador confiesa que ha tomado todas las precauciones para evitar ser enterrado vivo, no puede controlar el espanto de que por cualquier aciago acontecimiento, recobre el sentido en el interior de una tumba de la cual no podrá salir jamás. Además de su circunstancia, el personaje narra diversos ejemplos bien documentados de gente que ha sido sepultada viva. En algunos de estos casos los enfermos son descubiertos a tiempo y siguen viviendo tranquilamente, pero en otros… sólo reflejan en el contorsionado rostro el intenso sufrimiento de saber que morirán asfixiados y sedientos en un ínfimo espacio a través del cual nadie los podrá escuchar jamás.
Con respecto a La caída de la Casa Usher, éste es uno de los más conocidos e inquietantes cuentos de Poe: un hombre y su hermana viven solos en la enorme mansión de sus antepasados, ella padece catatonia y él agoniza de angustia con cada ataque de la enfermedad. El amor incestuoso entre los hermanos, la incertidumbre de no saber si ella está viva o muerta, el desenlace de la última rama de los Usher son narrados magistralmente en este relato sublime donde entre humos de opio y atmósferas saturadas de ambiguas perversiones la supuesta muerta sale de la tumba para llevarse con ella a su familiar, ahora sí en una muerte cierta, entre los escombros de la derruida casa.
Por último, El tonel de amontillado es la encarnación de la venganza llevada más allá de sus límites. En pleno carnaval de Venecia, un comerciante de vinos atrae a un colega –o más bien competidor– a su domicilio para que verifique la calidad de un tonel de amontillado (11). El engañado acude inocentemente y es enterrado vivo en las bodegas del edificio. Lo terrorífico aquí es la satisfacción con que el asesino escucha la lenta agonía su víctima.
Hay más cuentos sobre horrores en los sepulcros, como La tumba (1919), de H. P. Lovecraft, en el que un hombre, poseído por un antepasado, conoce terribles secretos antiquísimos cuando se recuesta en la tumba de su familiar. También está un bello relato de Nathaniel Hawthorne, El entierro de Roger Melvin (1832) que expone los peligros de recibir una terrorífica maldición por no dar cristiana sepultura a un ser humano.
Pero, ¿por qué son los sepulcros, en calidad de receptáculos de la temida muerte, los espacios preferidos de los escritores de horror? Y, ¿por qué los relatos de enterrados vivos son los más estremecedores y bellamente relatados? Una primera razón pudiera ser que a los seres humanos del mundo occidental contemporáneo, simple y sencillamente, nos parece terrible la muerte. No soportamos el sufrimiento y nos aterra, en nuestra soberbia, esa lucha final en la cual sabemos de antemano que no lograremos alcanzar la tan anhelada inmortalidad.
En segundo término, y aquí reproduzco las palabras de Poe a través del protagonista de El entierro prematuro, porque “ser enterrado vivo es, fuera de toda discusión, el más terrible de los extremos que jamás haya caído en suerte al simple mortal” (12). La unión de vida y muerte en un habitáculo hermético es un suceso siempre estremecedor para cualquier persona. Si al extremo miedo a perecer se le aúna la posibilidad de ser enterrado en vida, el terror puede incrementarse hasta alcanzar grados insoportables.
Y hay un nivel más elevado de terror en esta circunstancia: el pensamiento de morir dos veces, de librar doblemente una batalla de antemano perdida con la parca, esa enemiga funesta, en un lugar pequeño, oscuro, húmedo y en completa soledad, escuchando únicamente nuestra propia respiración agitada, sintiendo cómo corre el sudor por nuestro cuerpo, cómo los gusanos y otras alimañas empiezan a invadir nuestro organismo, el gritar y arañar sin que te atiendan, el estar consciente de que no verás ya nunca a ningún ser de tu especie, que pronto o más tarde, luego de intensos padecimientos: asfixia, hambre, deshidratación, terror en su máxima potencia, se deberá cruzar una frontera hacia lo desconocido. ¿El infierno acaso?, ¿el purgatorio?, ¿se verá ese túnel luminoso y un ser al final de éste como relatan las películas?, ¿se producirá un reencuentro con otros conocidos ya muertos?, ¿o sólo será dormir sin soñar más, un desaparecer para siempre de este mundo y de los recuerdos de tus seres queridos?
Realmente hay demasiadas maneras terribles de morir. Pero la literatura de terror ha volcado sus más bellas y exquisitas páginas en presentarnos anécdotas de gente que ha sido enterrada viva ya sea por error, por precaución o por extrema maldad. Ciertamente, el ser inhumado en vida es una forma poética y literaria de morir. Es un suceso épico el enfrentarse no una, sino dos veces al enemigo más temido e irremediablemente vencedor. En consecuencia, los autores del género de horror han colocado a esta acción de sucumbir en una mortaja en el pináculo del romanticismo, precisamente por lo terrible del hecho: así como en el arte kitsch lo espantoso resulta bello, en la literatura la muerte más monstruosa alcanza proporciones insospechadas de armonía y perfección.
Notas
8 Algunos de los datos contenidos en este párrafo los obtuve de un artículo de Internet: MENDOZA P. Eduardo. Enterrados vivos. Publicado el 22 de febrero de 2002. http://www.ucm.es/info/museoafc/loscriminales/funerarias/enterrados%20vivos.html
9 Hay varias ediciones en castellano de esta novela gótica, pero me permito recomendarles la de editorial Valdemar, en cualquiera de sus colecciones: Gótica (ésta es de lujo) y El club Diógenes (rústica).
10 La edición que consulté es P OE, Edgar Allan. Cuentos, 1, trad. de Julio Cortázar. Madrid, Alianza, 2005.
11 Como yo no sabía lo que significa esta palabra, busqué y encontré que es un “vino generoso de graduación alcohólica entre el 16 y el 22% vol., de color oro o ámbar, aroma punzante, seco, suave, de sabor avellanado y poco ácido. Se producen amontillados en Jerez, Montilla-Moriles y Condado de Huelva” (http://www.winesfromspain.com/icex/cda/controller/pageGen/0,3346,1559872_4938183_4939641_295488_A,00.html).
12 POE. Op. Cit., p. 198.
jueves, 26 de noviembre de 2009
E S P E R O H A B E R S O Ñ A D O
Por: Antonio de Jesús Fuentes Ruiz.
“The good spirits may be invocated of us, or by us, divers ways, and they in sundry shapes and manners offer themselves to us, for they openly speak to those that watch, and do offer themselves to our sight, or do inform us by dreams and by oracle of those things which we have great desire to know”.
The book of the sacred magic of Abramelin the mage. Translated by S.L. Macgregor Mathers from the original Hebrew from a unique and valuable MS, in the “Bibliothèque de l´Arsenal” at Paris.
Para María Luisa Durán, creadora del cuento con ensayo.
Tengo junto a mí a un pequeño fantasma. Está vestido con algo parecido a una gabardina y porta una antigua gorra marinera. Me mira de frente, profunda y penetrantemente, cómo queriendo averiguar que pienso o acaso decirme algo. Curiosamente, lleva una pipa entre los dientes aun cuando es apenas un niño, un pillastre de edad indefinida que permanece sentado en el borde de una pared. Detrás está la nada. El muro, labrado con flores, tiene la espectral apariencia de una tumba. Es muy probable que lo sea. A la izquierda, apenas perceptible, un pequeño hilo negro que a primera vista parece un defecto, me indica que hay un árbol.
El deja vu es escalofriante. Se diría que estoy viviendo aquella vieja película de terror con fotografías de un faro y de una mujer que cae de espaldas al precipicio. Afortunadamente, si logro desviar mis ojos del pequeño retrato, podré volver a la realidad. Al intentarlo, consigo ver que el papel espera y que debo seguir escribiendo.
¿Es posible que las fotografías sean más que la constancia del paso del tiempo?, ¿qué no son únicamente un objeto conseguido con la ciencia aplicada a un fenómeno óptico?, ¿qué en ellas pueden distinguirse partes de la escencia del hombre, no en lo físico, sino lo verdadero e interno? Me pregunto esto mientras mi vista sigue obstinadamente fija en el retrato.
“Estar ahí, y disparar a tiempo”, es la frase con la que Vicente Leñero definió la oportunidad del fotógrafo para hacer de su trabajo un testimonio único. Y es que las fotografías preservan el tiempo, lo hacen un mensaje. Es un lenguaje, con todas sus formas y posibilidades, y con el se pueden, y se consiguen transmitir todas las palabras sin empleo de ninguna. Pero también algo más.
Hay fotografías llenas de sensaciones humanas, que muestran desde el amor, hasta el sufrimiento indescriptible. Entre ambas podemos encontrar algunas que son francamente perversas, cínicas, depravadas. Podría decirse que en ésas vive el espíritu dual imaginado por Steven en su Dr. Jekill. Recuerdo cómo ejemplo, la de Charles Manson, el asesino brutal de Sharon Tate, o las de Aleister Crowley, el nuevo mago de la estrella pentavalente. Uno no puede sustraerse del dolor y la repulsión al verlas, seguir cómo si nada luego de ver sus ojos, su rostro torcido. Caminar sin llenarse de pesares al sentir la fuerza con la que nos han robado parte de la vida. Han transcurrido décadas desde que fueron tomadas y sus crueles mensajes nunca terminan de darse, están frescos, cómo el primer día, cómo en el primer instante. Igual de presentes que en el momento cumbre de toda su maldad.
En la fotografía, puede jugarse con la creación de una fantasía o con la sustracción de un momento irrepetible. Confirmo con esto que una parte de razón, si no es que toda, la tienen los pueblos primigenios, los que no permiten que se les fotografíe, porque están seguros que en ése pedazo de papel impreso se ha quedado su alma. Siempre lo ancestral es lo más sensato. Lo instintivo lo más certero. En mi primer supuesto, los directores de cine, los magistrales, convencen al espectador de que lo que nos presentan es cierto. Fabrican fantasías. Imitan con su arte el efímero efecto de lo oscuro, y también lo bueno del hombre. Comulgar con el actor en un instante que luego la cámara transforma en eterno, para crear y legarnos una obra de arte, es robarnos el alma. No es en la secuencia, sino lo modesto de un solo cuadro, en donde podemos llenarnos del verdadero y auténtico sentido, el que nunca se olvidará por más que los años pasen. Llevan a nosotros en ése supremo momento, el sentimiento más puro y más noble, o nos empapan con el primitivo terror colectivo, el miedo ancestral a la noche. Al lobo cierto. O al Dios presente.
¿Y qué decir del profesional de la cámara? Yo afirmo que el fotógrafo tiene acceso al subconsciente: al suyo y al de los demás, que esa sería la razón por la que pueden disparar a tiempo. Sólo ellos pueden encontrarse en cualquier lado y verlo todo, advertir lo que los demás tenemos velado, para lo que estamos ciegos, y con su magia hacerlo evidente. No se trata de un reflejo, ni de un acto de estética automático, no. Es la posibilidad de alcanzar en un instante a comprender el interno del otro, lo complejo de las formas y el pensamiento, la necesidad de expresión acumulada ante su lente y capturarla para siempre. Cuando trabaja para un director de cine su labor se limita a reunir lo que aquel ha formado, pero cuando lo hace para sí, para nosotros, su mente y sus ojos ven lo que nadie más puede notar aunque lo tengamos enfrente. Se vuelve psicólogo, quiromántico, adivino… capta el futuro, el presente y el pasado, y lo atrapa para formar lo eterno. Todo ello me es revelado mientras sostengo en la mano el viejo retrato del niño con una gorra marinera, y sus ojos y mis ojos se sorprenden en una mirada.
Voy ahora a hacer un experimento. Me asusta. Detrás de mí hay un espejo. Me levanto, y llevando en la mano la vieja fotografía, la expongo frente a aquél. El reflejo acude fiel mostrando a su gemelo siniestro. El niño muerto me sigue viendo, ahora desde un cristal con azogue, volviéndose doblemente fantasma, doblemente irreal. ¿Cuál era tu nombre?, le pregunto. Afortunadamente no me responde.
¿Qué pensaba mientras otro le hacía un retrato? ¿por qué a pesar del tiempo no ha perdido la mirada inteligente y reveladora?. Es probable que su mente estuviera concentrada en otro punto, en uno lejano, quizá más grato. Imaginarme lo que ha vivido el pillete es mi ejercicio siguiente. Mientras mi mente divaga, volteo a verlo para confirmar o desechar cada teoría. Se diría que me contesta.
Me llegan de pronto las vistas horribles de los campos de concentración, de las hambrunas por sequía, de los accidentes y los atentados. De los cadáveres secándose al sol por efecto de las revoluciones, y más, muchas más formas e imágenes. Hay animales agónicos, caras desconocidas y al mismo tiempo cercanas. Algunas son rostros de líderes, peores que los asesinos directos, que por años dirigieron destinos y ordenaron crímenes al amparo del poder y de sus buenas intenciones. Hay también y por fortuna, manos dedicadas al trabajo, pies que pisan fuerte mientras avanzan, puños crispados al viento, armas que se rompen, muros que caen para reunificar naciones, flores, edificios y ciudades, lunas, y soles, que dan esperanzas para confirmar días mejores. Tengo presentes niños que juegan, mujeres que acarician apenas sus vientres fertilizados con el amor más perfecto, y bendigo entonces los nombres de Modotti, Weston, Höpker, Casasola, Benjamín Flores, Mayer, los Álvarez Bravo y a tantos, y tantos otros; muchos por fortuna, que incapaces de reunirse ahora en mi memoria, me han dado una ventana al corazón humano, ¡recuerdo tantos rostros!. Logro apartar del espejo mis ojos y me siento agotado en una silla. Todo ello se ha producido mientras absorbía por el reflejo del espejo, a mi pequeño fantasma.
Pasa poco tiempo. Tomo ahora amorosamente un retrato distinto. El de otro niño. Uno que fue y que me consta existió: soy yo mismo a la edad de 5 años. Todavía puedo reconocerme en él. Lo miro despacio y observo sus ojos, mis ojos, e intento penetrar en su mensaje, el que envié o envió a la capsula del tiempo el día lejano en el que me senté frente a una cámara anónima. Quisiera tener en algún oculto lugar de la memoria las sensaciones de aquel momento. Quizá si me concentro lo suficiente, dé con ellos, y pueda volver a vivir lo que hace casi cuarenta años me definía. Mi fantasma personal también debe decirme algo. Lo intento, pienso, quiero sentir… creo recibir un mensaje. Más no, me engaño.
Levanto el otro retrato, el primero, el del pequeño sentado en lo que creo es una tumba, y con los dos ya en las manos, me aproximo de nuevo al espejo. Ahora en el reflejo, con seis pares de miradas penetrantes, incluyendo la mía en el presente, intercambiamos nuevos y cifrados mensajes. Frescas aun las imágenes descritas, mi cuerpo se queda cómo hipnotizado: expectante, paralizado. El tiempo parece detenerse. Y vuelven a proyectarse recuerdos dentro de mí. Los revivo en blanco y negro, otros en sepia, muchos en colores imposibles. Estoy confundido. Acaso algunos no sean míos… ¿pero de quién son entonces?... hay más y más imágenes que no son familiares, son absurdas, no me pertenecen. Y van sustituyendo las que confieso haber vivido o por lo menos visto. Sudo, pero no puedo apartar lo ojos del espejo. Ni siquiera cerrarlos. Nos miramos todos, hablamos los tres sin requerir de palabras…
De pronto, el teléfono suena. Doy un salto y agradezco estar ya fuera del hechizo. Nadie contesta…
“The good spirits may be invocated of us, or by us, divers ways, and they in sundry shapes and manners offer themselves to us, for they openly speak to those that watch, and do offer themselves to our sight, or do inform us by dreams and by oracle of those things which we have great desire to know”.
The book of the sacred magic of Abramelin the mage. Translated by S.L. Macgregor Mathers from the original Hebrew from a unique and valuable MS, in the “Bibliothèque de l´Arsenal” at Paris.
Para María Luisa Durán, creadora del cuento con ensayo.
Tengo junto a mí a un pequeño fantasma. Está vestido con algo parecido a una gabardina y porta una antigua gorra marinera. Me mira de frente, profunda y penetrantemente, cómo queriendo averiguar que pienso o acaso decirme algo. Curiosamente, lleva una pipa entre los dientes aun cuando es apenas un niño, un pillastre de edad indefinida que permanece sentado en el borde de una pared. Detrás está la nada. El muro, labrado con flores, tiene la espectral apariencia de una tumba. Es muy probable que lo sea. A la izquierda, apenas perceptible, un pequeño hilo negro que a primera vista parece un defecto, me indica que hay un árbol.
El deja vu es escalofriante. Se diría que estoy viviendo aquella vieja película de terror con fotografías de un faro y de una mujer que cae de espaldas al precipicio. Afortunadamente, si logro desviar mis ojos del pequeño retrato, podré volver a la realidad. Al intentarlo, consigo ver que el papel espera y que debo seguir escribiendo.
¿Es posible que las fotografías sean más que la constancia del paso del tiempo?, ¿qué no son únicamente un objeto conseguido con la ciencia aplicada a un fenómeno óptico?, ¿qué en ellas pueden distinguirse partes de la escencia del hombre, no en lo físico, sino lo verdadero e interno? Me pregunto esto mientras mi vista sigue obstinadamente fija en el retrato.
“Estar ahí, y disparar a tiempo”, es la frase con la que Vicente Leñero definió la oportunidad del fotógrafo para hacer de su trabajo un testimonio único. Y es que las fotografías preservan el tiempo, lo hacen un mensaje. Es un lenguaje, con todas sus formas y posibilidades, y con el se pueden, y se consiguen transmitir todas las palabras sin empleo de ninguna. Pero también algo más.
Hay fotografías llenas de sensaciones humanas, que muestran desde el amor, hasta el sufrimiento indescriptible. Entre ambas podemos encontrar algunas que son francamente perversas, cínicas, depravadas. Podría decirse que en ésas vive el espíritu dual imaginado por Steven en su Dr. Jekill. Recuerdo cómo ejemplo, la de Charles Manson, el asesino brutal de Sharon Tate, o las de Aleister Crowley, el nuevo mago de la estrella pentavalente. Uno no puede sustraerse del dolor y la repulsión al verlas, seguir cómo si nada luego de ver sus ojos, su rostro torcido. Caminar sin llenarse de pesares al sentir la fuerza con la que nos han robado parte de la vida. Han transcurrido décadas desde que fueron tomadas y sus crueles mensajes nunca terminan de darse, están frescos, cómo el primer día, cómo en el primer instante. Igual de presentes que en el momento cumbre de toda su maldad.
En la fotografía, puede jugarse con la creación de una fantasía o con la sustracción de un momento irrepetible. Confirmo con esto que una parte de razón, si no es que toda, la tienen los pueblos primigenios, los que no permiten que se les fotografíe, porque están seguros que en ése pedazo de papel impreso se ha quedado su alma. Siempre lo ancestral es lo más sensato. Lo instintivo lo más certero. En mi primer supuesto, los directores de cine, los magistrales, convencen al espectador de que lo que nos presentan es cierto. Fabrican fantasías. Imitan con su arte el efímero efecto de lo oscuro, y también lo bueno del hombre. Comulgar con el actor en un instante que luego la cámara transforma en eterno, para crear y legarnos una obra de arte, es robarnos el alma. No es en la secuencia, sino lo modesto de un solo cuadro, en donde podemos llenarnos del verdadero y auténtico sentido, el que nunca se olvidará por más que los años pasen. Llevan a nosotros en ése supremo momento, el sentimiento más puro y más noble, o nos empapan con el primitivo terror colectivo, el miedo ancestral a la noche. Al lobo cierto. O al Dios presente.
¿Y qué decir del profesional de la cámara? Yo afirmo que el fotógrafo tiene acceso al subconsciente: al suyo y al de los demás, que esa sería la razón por la que pueden disparar a tiempo. Sólo ellos pueden encontrarse en cualquier lado y verlo todo, advertir lo que los demás tenemos velado, para lo que estamos ciegos, y con su magia hacerlo evidente. No se trata de un reflejo, ni de un acto de estética automático, no. Es la posibilidad de alcanzar en un instante a comprender el interno del otro, lo complejo de las formas y el pensamiento, la necesidad de expresión acumulada ante su lente y capturarla para siempre. Cuando trabaja para un director de cine su labor se limita a reunir lo que aquel ha formado, pero cuando lo hace para sí, para nosotros, su mente y sus ojos ven lo que nadie más puede notar aunque lo tengamos enfrente. Se vuelve psicólogo, quiromántico, adivino… capta el futuro, el presente y el pasado, y lo atrapa para formar lo eterno. Todo ello me es revelado mientras sostengo en la mano el viejo retrato del niño con una gorra marinera, y sus ojos y mis ojos se sorprenden en una mirada.
Voy ahora a hacer un experimento. Me asusta. Detrás de mí hay un espejo. Me levanto, y llevando en la mano la vieja fotografía, la expongo frente a aquél. El reflejo acude fiel mostrando a su gemelo siniestro. El niño muerto me sigue viendo, ahora desde un cristal con azogue, volviéndose doblemente fantasma, doblemente irreal. ¿Cuál era tu nombre?, le pregunto. Afortunadamente no me responde.
¿Qué pensaba mientras otro le hacía un retrato? ¿por qué a pesar del tiempo no ha perdido la mirada inteligente y reveladora?. Es probable que su mente estuviera concentrada en otro punto, en uno lejano, quizá más grato. Imaginarme lo que ha vivido el pillete es mi ejercicio siguiente. Mientras mi mente divaga, volteo a verlo para confirmar o desechar cada teoría. Se diría que me contesta.
Me llegan de pronto las vistas horribles de los campos de concentración, de las hambrunas por sequía, de los accidentes y los atentados. De los cadáveres secándose al sol por efecto de las revoluciones, y más, muchas más formas e imágenes. Hay animales agónicos, caras desconocidas y al mismo tiempo cercanas. Algunas son rostros de líderes, peores que los asesinos directos, que por años dirigieron destinos y ordenaron crímenes al amparo del poder y de sus buenas intenciones. Hay también y por fortuna, manos dedicadas al trabajo, pies que pisan fuerte mientras avanzan, puños crispados al viento, armas que se rompen, muros que caen para reunificar naciones, flores, edificios y ciudades, lunas, y soles, que dan esperanzas para confirmar días mejores. Tengo presentes niños que juegan, mujeres que acarician apenas sus vientres fertilizados con el amor más perfecto, y bendigo entonces los nombres de Modotti, Weston, Höpker, Casasola, Benjamín Flores, Mayer, los Álvarez Bravo y a tantos, y tantos otros; muchos por fortuna, que incapaces de reunirse ahora en mi memoria, me han dado una ventana al corazón humano, ¡recuerdo tantos rostros!. Logro apartar del espejo mis ojos y me siento agotado en una silla. Todo ello se ha producido mientras absorbía por el reflejo del espejo, a mi pequeño fantasma.
Pasa poco tiempo. Tomo ahora amorosamente un retrato distinto. El de otro niño. Uno que fue y que me consta existió: soy yo mismo a la edad de 5 años. Todavía puedo reconocerme en él. Lo miro despacio y observo sus ojos, mis ojos, e intento penetrar en su mensaje, el que envié o envió a la capsula del tiempo el día lejano en el que me senté frente a una cámara anónima. Quisiera tener en algún oculto lugar de la memoria las sensaciones de aquel momento. Quizá si me concentro lo suficiente, dé con ellos, y pueda volver a vivir lo que hace casi cuarenta años me definía. Mi fantasma personal también debe decirme algo. Lo intento, pienso, quiero sentir… creo recibir un mensaje. Más no, me engaño.
Levanto el otro retrato, el primero, el del pequeño sentado en lo que creo es una tumba, y con los dos ya en las manos, me aproximo de nuevo al espejo. Ahora en el reflejo, con seis pares de miradas penetrantes, incluyendo la mía en el presente, intercambiamos nuevos y cifrados mensajes. Frescas aun las imágenes descritas, mi cuerpo se queda cómo hipnotizado: expectante, paralizado. El tiempo parece detenerse. Y vuelven a proyectarse recuerdos dentro de mí. Los revivo en blanco y negro, otros en sepia, muchos en colores imposibles. Estoy confundido. Acaso algunos no sean míos… ¿pero de quién son entonces?... hay más y más imágenes que no son familiares, son absurdas, no me pertenecen. Y van sustituyendo las que confieso haber vivido o por lo menos visto. Sudo, pero no puedo apartar lo ojos del espejo. Ni siquiera cerrarlos. Nos miramos todos, hablamos los tres sin requerir de palabras…
De pronto, el teléfono suena. Doy un salto y agradezco estar ya fuera del hechizo. Nadie contesta…
domingo, 22 de noviembre de 2009
El surgimiento de la educación superior para indígenas de ayer y hoy
Por: Cynthia Rodríguez de Jesús
No es de sorprender que, desde los inicios, el tema de la educación superior haya sido desarrollado en conjunto con el discurso de la cultura nacional mexicana. Podemos imaginar a Justo Sierra o a José Vasconcelos declamar entre bellas alegorías y metáforas a favor de la universidad y las bondades que esta traería a quienes conformamos México; los mestizos. Sin embargo, (y tampoco es para asombrarse) se excluyeron de estas instituciones -lugar para las fiestas del progreso y el nacionalismo- a los indígenas.
A través de la historia de la educación pública, los detentadores de ésta han tocado el tema de los indígenas únicamente en tres niveles; primaria, secundaria y carreras técnicas referentes a la educación indígena , olvidando el nivel superior pues se consideraba que no lo necesitaban, pues consideraban que si los indígenas apenas podrían aprender el idioma castellano, no era posible apoderarse de conocimiento científico y universitario. Sin embargo, ésta no fue olvidada del todo, pues hay dos épocas en que la educación superior para indígenas fue y es desarrollada; la primera es la recién establecida colonia y la segunda en el periodo actual.
Para el primer caso, en 1573 se crea el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, que tenía como objetivo criar la futura nobleza novohispana que fuera capaz de administrar las tierras recién santificadas . Para ello se eligieron a los jóvenes de la nobleza indígena que representaban para sus pueblos la autoridad. Podían realizar estudios superiores, como; filosofía, teología, lógica y latín. Aquí se forjaron los primeros clérigos indígenas. Sin embargo, el proyecto no llegaría más allá de 15 años, pues, por un lado, los descendientes de españoles no apoyaron la institución y por otro lado los mismos indígenas se negaron a ejercer el voto de castidad .
A este proyecto educativo (o evangelizador) se sumaron al poco tiempo otros, como; el Colegio de San José de los Naturales. Posteriormente la orden de los jesuitas inauguró el Colegio de San Gregorio, destinado a la educación de los indígenas que pudieran hablar castellano y tuvieran conocimientos de latín. En estas sedes los indígenas nobles se les permitía escribir sobre las culturas prehispánicas y ser instruidos en la lengua indígena (pues los religiosos se esmeraron por conocer las lenguas prehispánicas), al mismo tiempo se ilustraron sobre los conocimientos occidentales y los utilizaban para el beneficio de sus comunidades indígenas a condición de su conversión a la fe católica.
La segunda época, nos remite a la actualidad, en dónde la educación superior es disfrutada por una pequeña fracción de la población mestiza; sólo el 10% , de esta, ya de por sí reducida cantidad, el 1% proviene de alguna etnia indígena. En respuesta a estas alarmantes cifras, son las organizaciones indígenas quienes consideran pertinente crear las primeras universidades para indígenas ; en Sinaloa se da apertura en 1998 la Universidad Indígena de México, tiempo después, en Sonora, los Yaquis harían lo mismo, para el año 2000. Estados con mayor densidad indígena, como Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Yucatán se desarrollaron universidades para indígenas, unas como resultado de la inconformidad del trato marginal y otras como necesidad material y afán reconciliador. Lo interesante de estos innovadores proyectos (entre otras cosas) es que son el reflejo de una coyuntura tanto social como política para los pueblos indígenas, en los que influyen diversos factores, aquí señalare sólo dos: el demográfico y político.
En el primero, la transformación de datos cuantitativos de la población indígena ha crecido a cifras considerables, pues en el año de 1990 los indígenas representaban el 7% de la población total del país, para 2001 se estimó que esta población representa el 13.5% . La demanda de servicios y niveles de organización se han acrecentado.
El segundo factor está referido a los movimientos sociales, como el gastado Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) o la Policía Comunitaria de Guerrero, que ha tomado un papel protagónico en las demandas por los derechos a la cultura y la educación indígena, cuestión que fue uno de los puntos importantes a discusión en los encuentros de San Lazaro.
Frente a las presiones y el crecimiento de proyectos educativos autónomos a las instituciones gubernamentales, la recién nacida Coordinadora General de Educación Intercultural y Bilingüe (CGEIB) de manera apresurada decide la creación de diez universidades interculturales, que estarían ubicadas en zonas con alta densidad indígena, pero sobre todo en lugares donde la efervescencia por la autonomía indígena resonaba con fuerza .
Estas sedes fueron aglutinadas en un proyecto llamado: La Red de Universidades Interculturales, cuyo objetivo está centrado en la profesionalización de los jóvenes indígenas, para que éstos a su vez germinen proyectos en las comunidades a las que pertenecen y de esta manera incentivar el desarrollo de las regiones y por supuesto de la nación. El problema esta justamente de qué tipo de desarrollo estamos hablando –para qué y para quien. Esta misma cuestión ya se había planteado en la época de la colonia en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco -aunque no con los matices que ahora existen- pues la educación para indígenas puede representar o bien un giro hacia el desarrollo autónomo o de la asimilación mediante la educación.
Estos dos proyectos de educación para los pueblos indígenas, aunque separados por poco menos de 500 años, convergen en que las bases para el surgimiento de las propuestas para la educación superior para indígenas, responde básicamente al interés por la asimilación de los indígenas en el mundo ya sea colonizado o globalizado. Sin embargo, actualmente existen diversas propuestas propias de las comunidades indígenas que se desarrollan en torno a la reivindicación de los pueblos indígenas y la autonomía, olvidando el asistencialismo del gobierno, cada año, se crean más sedes alternas para los indígenas. En los próximos años se podrán ver los resultados de estos esfuerzos que hasta pintan un futuro incierto, tal como hace 500 años.
No es de sorprender que, desde los inicios, el tema de la educación superior haya sido desarrollado en conjunto con el discurso de la cultura nacional mexicana. Podemos imaginar a Justo Sierra o a José Vasconcelos declamar entre bellas alegorías y metáforas a favor de la universidad y las bondades que esta traería a quienes conformamos México; los mestizos. Sin embargo, (y tampoco es para asombrarse) se excluyeron de estas instituciones -lugar para las fiestas del progreso y el nacionalismo- a los indígenas.
A través de la historia de la educación pública, los detentadores de ésta han tocado el tema de los indígenas únicamente en tres niveles; primaria, secundaria y carreras técnicas referentes a la educación indígena , olvidando el nivel superior pues se consideraba que no lo necesitaban, pues consideraban que si los indígenas apenas podrían aprender el idioma castellano, no era posible apoderarse de conocimiento científico y universitario. Sin embargo, ésta no fue olvidada del todo, pues hay dos épocas en que la educación superior para indígenas fue y es desarrollada; la primera es la recién establecida colonia y la segunda en el periodo actual.
Para el primer caso, en 1573 se crea el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, que tenía como objetivo criar la futura nobleza novohispana que fuera capaz de administrar las tierras recién santificadas . Para ello se eligieron a los jóvenes de la nobleza indígena que representaban para sus pueblos la autoridad. Podían realizar estudios superiores, como; filosofía, teología, lógica y latín. Aquí se forjaron los primeros clérigos indígenas. Sin embargo, el proyecto no llegaría más allá de 15 años, pues, por un lado, los descendientes de españoles no apoyaron la institución y por otro lado los mismos indígenas se negaron a ejercer el voto de castidad .
A este proyecto educativo (o evangelizador) se sumaron al poco tiempo otros, como; el Colegio de San José de los Naturales. Posteriormente la orden de los jesuitas inauguró el Colegio de San Gregorio, destinado a la educación de los indígenas que pudieran hablar castellano y tuvieran conocimientos de latín. En estas sedes los indígenas nobles se les permitía escribir sobre las culturas prehispánicas y ser instruidos en la lengua indígena (pues los religiosos se esmeraron por conocer las lenguas prehispánicas), al mismo tiempo se ilustraron sobre los conocimientos occidentales y los utilizaban para el beneficio de sus comunidades indígenas a condición de su conversión a la fe católica.
La segunda época, nos remite a la actualidad, en dónde la educación superior es disfrutada por una pequeña fracción de la población mestiza; sólo el 10% , de esta, ya de por sí reducida cantidad, el 1% proviene de alguna etnia indígena. En respuesta a estas alarmantes cifras, son las organizaciones indígenas quienes consideran pertinente crear las primeras universidades para indígenas ; en Sinaloa se da apertura en 1998 la Universidad Indígena de México, tiempo después, en Sonora, los Yaquis harían lo mismo, para el año 2000. Estados con mayor densidad indígena, como Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Yucatán se desarrollaron universidades para indígenas, unas como resultado de la inconformidad del trato marginal y otras como necesidad material y afán reconciliador. Lo interesante de estos innovadores proyectos (entre otras cosas) es que son el reflejo de una coyuntura tanto social como política para los pueblos indígenas, en los que influyen diversos factores, aquí señalare sólo dos: el demográfico y político.
En el primero, la transformación de datos cuantitativos de la población indígena ha crecido a cifras considerables, pues en el año de 1990 los indígenas representaban el 7% de la población total del país, para 2001 se estimó que esta población representa el 13.5% . La demanda de servicios y niveles de organización se han acrecentado.
El segundo factor está referido a los movimientos sociales, como el gastado Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) o la Policía Comunitaria de Guerrero, que ha tomado un papel protagónico en las demandas por los derechos a la cultura y la educación indígena, cuestión que fue uno de los puntos importantes a discusión en los encuentros de San Lazaro.
Frente a las presiones y el crecimiento de proyectos educativos autónomos a las instituciones gubernamentales, la recién nacida Coordinadora General de Educación Intercultural y Bilingüe (CGEIB) de manera apresurada decide la creación de diez universidades interculturales, que estarían ubicadas en zonas con alta densidad indígena, pero sobre todo en lugares donde la efervescencia por la autonomía indígena resonaba con fuerza .
Estas sedes fueron aglutinadas en un proyecto llamado: La Red de Universidades Interculturales, cuyo objetivo está centrado en la profesionalización de los jóvenes indígenas, para que éstos a su vez germinen proyectos en las comunidades a las que pertenecen y de esta manera incentivar el desarrollo de las regiones y por supuesto de la nación. El problema esta justamente de qué tipo de desarrollo estamos hablando –para qué y para quien. Esta misma cuestión ya se había planteado en la época de la colonia en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco -aunque no con los matices que ahora existen- pues la educación para indígenas puede representar o bien un giro hacia el desarrollo autónomo o de la asimilación mediante la educación.
Estos dos proyectos de educación para los pueblos indígenas, aunque separados por poco menos de 500 años, convergen en que las bases para el surgimiento de las propuestas para la educación superior para indígenas, responde básicamente al interés por la asimilación de los indígenas en el mundo ya sea colonizado o globalizado. Sin embargo, actualmente existen diversas propuestas propias de las comunidades indígenas que se desarrollan en torno a la reivindicación de los pueblos indígenas y la autonomía, olvidando el asistencialismo del gobierno, cada año, se crean más sedes alternas para los indígenas. En los próximos años se podrán ver los resultados de estos esfuerzos que hasta pintan un futuro incierto, tal como hace 500 años.
jueves, 19 de noviembre de 2009
TRES TUMBAS
Ésta es la primera de tres partes de uno de los ensayos que escribí en los inicios del Taller de Ensayo de Ignacio Ortiz Monasterio.

1
El mundo está lleno de formas de vida estremecedoras. Ciertas existencias están llenas de soledad, otras de vanas compañías; algunos viven en cárceles, otros en el exilio; muchos ricos viven en la depresión, muchos pobres en la miseria y la incultura; hay quienes habitan atrapados por la culpa u oprimidos por el fracaso. Por nuestro planeta se arrastran los que lo tienen todo y no encuentran alivio, así como los que no tienen nada y quisieran tenerlo todo. Hay drogadictos, alcohólicos, trabajólicos, esquizofrénicos y masoquistas. Hay suicidas en vida deambulando por avenidas de terror.
Pero hay una vida aparentemente triunfal, creada por nuestra mentalidad disconforme, alimentada de anhelos literarios e intoxicada por mitos que, querámoslo o no, tienen en su origen un asomo de verdad. La vida que no es vida, pero que irónicamente permitiría disfrutar de uno de los más inalcanzables privilegios anhelados por el ser humano: la inmortalidad. Se trata de la vida del vampiro, la criatura que tras rebasar la frontera de la muerte real, adquiere una vida eterna y refuerza su vigor mediante la ingestión de sangre, preferentemente humana.
En su sentido estético más puro, o sea, literario, el vampiro podría ser el rey de los monstruos. Posee una fuerza inconmensurable, así como enorme inteligencia y la capacidad de transformarse en murciélago, lobo o niebla, y de reptar por las paredes; ostenta un magnetismo sexual que le permite atraer a sus víctimas, un lejano pasado de noble –en el sentido de pertenecer a la nobleza– guerrero. Es rico, poderoso y viajero frecuente a las ciudades que le ofrecen por igual tesoros artísticos y personas a quiénes succionar la sangre.
La leyenda del vampiro ha ido evolucionando a través de los tiempos. Mientras que en antiguos cuentos orientales era sólo un ente que chupaba sangre, Polidori le brinda cualidades que le permiten cercanía con la sociedad humana. Gracias a Bram Stocker, el creador de Drácula, adquiere su magnificencia, pero sin perder la calidad de monstruo que tras pactar con el demonio, sólo aspira a hacer el mal. Es Anne Rice quien le brinda al vampiro nuevas dimensiones al permitir que profundice en su autoconocimiento, se permita reflexionar sobre su origen y su destino y, en consecuencia, sufrir.
El vampiro es un muerto revivido. Un cadáver que reposa de día en acolchado ataúd y despierta a la luz de la luna para buscar seres vivos de los cuales alimentarse. Sabe que es eterno y que deberá matar para mantener su vitalidad. Lo que para muchos mortales sería alcanzar la gloria por cruzar la frontera final y luego burlar a la parca, para los vampiros es sinónimo de soledad, de aburrimiento, de desesperanza sin tregua.
¿Qué es la eternidad para un vampiro? Tal vez lo que nos ilustra Joyce: “…[imaginad una] enorme masa de innumerables partículas de arena, multiplicada tantas veces como hojas hay en el bosque, gotas de agua en el enorme océano, plumas en los pájaros, escamas en el pez, pelos en los animales y átomos en la vasta extensión de los aires. E imaginad que al cabo de un millón de años viniera una avecilla de la montaña y se llevara en el pico un solo granillo de arena. ¿Cuántos millones de millones de centurias transcurrirían antes que la avecilla hubiese transportado ni tan siquiera un pie cuadrado de la arena de la montaña, y cuántos siglos de siglos de edades tendrían que transcurrir antes de que la hubiese transportado toda? Y sin embargo, al final de tan enorme período de tiempo ni aun siquiera un solo instante de la eternidad podría decirse que había transcurrido.”(1)
Si de esto se trata el ser inmortal, de que cada instante es la mínima parte de la parte de otro instante y el vampiro, con su inteligencia superior y sus sentidos hipersensibles lo comprende, ¿cómo no sumergirse en una agonía existencial de la cual no se puede escapar porque la vida en muerte continúa y hay que matar y matar y matar para seguir viviendo?
Louis, el personaje de Confesiones de un vampiro(2) es el más puro ejemplo del chupasangre reflexivo. Dos son sus máximas preocupaciones, fuentes de su sufrimiento que al correr de los siglos se transforma en melancolía: la inmortalidad y la maldad per se inherente a los vampiros. Louis observa a los mortales con envidia, no sabe qué hacer con el tiempo que tiene por delante, entiende que como vampiro, necesita matar para alcanzar un descanso del ansia de sangre propia de los de su especie. Pero se resiste a ser un asesino, reniega del pacto entre el demonio y el vampiro, en el cual él nunca tuvo injerencia, “mi dolor era insoportable”, asegura, “nunca como ser humano había sentido semejante dolor mortal”, añade, “sólo conocía la paz cuando mataba, únicamente en ese minuto”.(3)
Su hacedor y antítesis, Lestat, le incita a matar sin remordimientos, ya que ésta es la naturaleza del vampiro y le advierte que su capacidad para sentir dolor se multiplica justamente por las cualidades vampíricas. Luego, eleva la condición de vampiro hasta el grado divino: “El mal es un punto de vista. Somos inmortales. Y lo que tenemos ante nosotros son las fiestas suntuosas que la conciencia no puede apreciar y que los seres humanos no pueden conocer sin arrepentirse. Dios asesina y nosotros también; indiscriminadamente. Él arrasa a ricos y pobres y nosotros hacemos lo mismo; porque ninguna criatura es igual a nosotros, ninguna tan parecida a Él como nosotros, ángeles oscuros no confiados a los límites hediondos del infierno sino por Su tierra y todos Sus reinos”.(4)
A pesar de escuchar las cavilaciones tanto de Lestat como de otros vampiros acerca de la innata maldad de estos seres, Louis no termina de aceptar su naturaleza, el dolor se transforma en desesperanza y ésta en resignación, en pasar por la noche del mundo con indiferencia, tomando el alimento que necesita ya sin pudor ni arrepentimiento, sólo con la fatídica certeza de que así debe de ser. Paradójicamente, después de escuchar toda la cadena de sufrimientos a la que se enfrenta un vampiro en su desnuda inmortalidad, el joven mortal que ha grabado las confesiones de Louis durante la novela de Rice, le pide finalmente que lo convierta en vampiro.
¿De dónde viene la magia poderosa que el vampiro ejerce sobre los humanos? Una probable respuesta la da Vicente Quirarte al explicar que “todos estamos obsesionados por los límites entre la vida y la muerte. Sólo el vampiro los explora, los trasgrede y los modifica sin importar los medios”.(5) Hay demasiadas formas terribles de vivir. El vampiro lo sabe y conoce la muerte desde el instante en que la ha vivido y ha triunfado sobre ella. Es cierto que tiene sus limitantes, como no poder enfrentarse al sol o tener que soportar la vida, como dice Quirarte, “con sus frivolidades y cambios, que son, finalmente, superficiales, porque el hombre continúa siendo la criatura miserable y gloriosa que, acaso por sus contradicciones, se convierte en sujeto y objeto del vampiro”.(6)
El horror de la vida eterna puede brindar un sufrimiento mayor que el de saber que desde nuestro nacimiento estamos entregados a la muerte. La moderna literatura de vampiros así lo proclama, colocando a la deseada inmortalidad en una incómoda perspectiva de profunda imperfección. De cualquier manera, para el vampiro, la tumba seguirá siendo sagrada y su ataúd un símbolo, tanto de reposo como de fragilidad.(7)
Notas
1 JOYCE, James. Retrato del artista adolescente. Trad. de Alfonso Donado. México, Editores Mexicanos Unidos, 1997, p. 124.
2 RICE, Anne. Confesiones de un vampiro. Trad. de Marcelo Covián. Barcelona, ediciones B, 1994.
3 Para las tres citas: Ibid, p. 125.
4 Ibid, p. 127.
5 QUIRARTE, Vicente. Sintaxis del vampiro. Una aproximación a su historia natural. México, Verdehalago, 1996, p. 123.
6 Ibid., p. 124.
7 No olvidemos lo que Stocker puntualiza sobre el féretro del vampiro: “la rama de rosal silvestre sobre su ataúd le impide salir de él; y si estando descansando en su ataúd se le dispara una bala bendecida, ésta le mata, convirtiéndole en verdadero muerto; en cuanto a la estaca, sabemos ya que le devuelve la paz, y cortarle la cabeza, el descanso”. En STOCKER, Bram. Drácula. Trad. de Francisco Torres Oliver. Madrid, Millenium, 1999, p. 246.
TRES TUMBAS
Por Ma. Luisa Durán
Por Ma. Luisa Durán
La cuerda de plata no estaba suelta para siempre,
ni irreparablemente roto el vaso de oro.
Pero, entretanto, ¿dónde se hallaba el alma?
ni irreparablemente roto el vaso de oro.
Pero, entretanto, ¿dónde se hallaba el alma?
El entierro prematuro, E. A. Poe.
1
El mundo está lleno de formas de vida estremecedoras. Ciertas existencias están llenas de soledad, otras de vanas compañías; algunos viven en cárceles, otros en el exilio; muchos ricos viven en la depresión, muchos pobres en la miseria y la incultura; hay quienes habitan atrapados por la culpa u oprimidos por el fracaso. Por nuestro planeta se arrastran los que lo tienen todo y no encuentran alivio, así como los que no tienen nada y quisieran tenerlo todo. Hay drogadictos, alcohólicos, trabajólicos, esquizofrénicos y masoquistas. Hay suicidas en vida deambulando por avenidas de terror.
Pero hay una vida aparentemente triunfal, creada por nuestra mentalidad disconforme, alimentada de anhelos literarios e intoxicada por mitos que, querámoslo o no, tienen en su origen un asomo de verdad. La vida que no es vida, pero que irónicamente permitiría disfrutar de uno de los más inalcanzables privilegios anhelados por el ser humano: la inmortalidad. Se trata de la vida del vampiro, la criatura que tras rebasar la frontera de la muerte real, adquiere una vida eterna y refuerza su vigor mediante la ingestión de sangre, preferentemente humana.
En su sentido estético más puro, o sea, literario, el vampiro podría ser el rey de los monstruos. Posee una fuerza inconmensurable, así como enorme inteligencia y la capacidad de transformarse en murciélago, lobo o niebla, y de reptar por las paredes; ostenta un magnetismo sexual que le permite atraer a sus víctimas, un lejano pasado de noble –en el sentido de pertenecer a la nobleza– guerrero. Es rico, poderoso y viajero frecuente a las ciudades que le ofrecen por igual tesoros artísticos y personas a quiénes succionar la sangre.
La leyenda del vampiro ha ido evolucionando a través de los tiempos. Mientras que en antiguos cuentos orientales era sólo un ente que chupaba sangre, Polidori le brinda cualidades que le permiten cercanía con la sociedad humana. Gracias a Bram Stocker, el creador de Drácula, adquiere su magnificencia, pero sin perder la calidad de monstruo que tras pactar con el demonio, sólo aspira a hacer el mal. Es Anne Rice quien le brinda al vampiro nuevas dimensiones al permitir que profundice en su autoconocimiento, se permita reflexionar sobre su origen y su destino y, en consecuencia, sufrir.
El vampiro es un muerto revivido. Un cadáver que reposa de día en acolchado ataúd y despierta a la luz de la luna para buscar seres vivos de los cuales alimentarse. Sabe que es eterno y que deberá matar para mantener su vitalidad. Lo que para muchos mortales sería alcanzar la gloria por cruzar la frontera final y luego burlar a la parca, para los vampiros es sinónimo de soledad, de aburrimiento, de desesperanza sin tregua.
¿Qué es la eternidad para un vampiro? Tal vez lo que nos ilustra Joyce: “…[imaginad una] enorme masa de innumerables partículas de arena, multiplicada tantas veces como hojas hay en el bosque, gotas de agua en el enorme océano, plumas en los pájaros, escamas en el pez, pelos en los animales y átomos en la vasta extensión de los aires. E imaginad que al cabo de un millón de años viniera una avecilla de la montaña y se llevara en el pico un solo granillo de arena. ¿Cuántos millones de millones de centurias transcurrirían antes que la avecilla hubiese transportado ni tan siquiera un pie cuadrado de la arena de la montaña, y cuántos siglos de siglos de edades tendrían que transcurrir antes de que la hubiese transportado toda? Y sin embargo, al final de tan enorme período de tiempo ni aun siquiera un solo instante de la eternidad podría decirse que había transcurrido.”(1)
Si de esto se trata el ser inmortal, de que cada instante es la mínima parte de la parte de otro instante y el vampiro, con su inteligencia superior y sus sentidos hipersensibles lo comprende, ¿cómo no sumergirse en una agonía existencial de la cual no se puede escapar porque la vida en muerte continúa y hay que matar y matar y matar para seguir viviendo?
Louis, el personaje de Confesiones de un vampiro(2) es el más puro ejemplo del chupasangre reflexivo. Dos son sus máximas preocupaciones, fuentes de su sufrimiento que al correr de los siglos se transforma en melancolía: la inmortalidad y la maldad per se inherente a los vampiros. Louis observa a los mortales con envidia, no sabe qué hacer con el tiempo que tiene por delante, entiende que como vampiro, necesita matar para alcanzar un descanso del ansia de sangre propia de los de su especie. Pero se resiste a ser un asesino, reniega del pacto entre el demonio y el vampiro, en el cual él nunca tuvo injerencia, “mi dolor era insoportable”, asegura, “nunca como ser humano había sentido semejante dolor mortal”, añade, “sólo conocía la paz cuando mataba, únicamente en ese minuto”.(3)
Su hacedor y antítesis, Lestat, le incita a matar sin remordimientos, ya que ésta es la naturaleza del vampiro y le advierte que su capacidad para sentir dolor se multiplica justamente por las cualidades vampíricas. Luego, eleva la condición de vampiro hasta el grado divino: “El mal es un punto de vista. Somos inmortales. Y lo que tenemos ante nosotros son las fiestas suntuosas que la conciencia no puede apreciar y que los seres humanos no pueden conocer sin arrepentirse. Dios asesina y nosotros también; indiscriminadamente. Él arrasa a ricos y pobres y nosotros hacemos lo mismo; porque ninguna criatura es igual a nosotros, ninguna tan parecida a Él como nosotros, ángeles oscuros no confiados a los límites hediondos del infierno sino por Su tierra y todos Sus reinos”.(4)
A pesar de escuchar las cavilaciones tanto de Lestat como de otros vampiros acerca de la innata maldad de estos seres, Louis no termina de aceptar su naturaleza, el dolor se transforma en desesperanza y ésta en resignación, en pasar por la noche del mundo con indiferencia, tomando el alimento que necesita ya sin pudor ni arrepentimiento, sólo con la fatídica certeza de que así debe de ser. Paradójicamente, después de escuchar toda la cadena de sufrimientos a la que se enfrenta un vampiro en su desnuda inmortalidad, el joven mortal que ha grabado las confesiones de Louis durante la novela de Rice, le pide finalmente que lo convierta en vampiro.
¿De dónde viene la magia poderosa que el vampiro ejerce sobre los humanos? Una probable respuesta la da Vicente Quirarte al explicar que “todos estamos obsesionados por los límites entre la vida y la muerte. Sólo el vampiro los explora, los trasgrede y los modifica sin importar los medios”.(5) Hay demasiadas formas terribles de vivir. El vampiro lo sabe y conoce la muerte desde el instante en que la ha vivido y ha triunfado sobre ella. Es cierto que tiene sus limitantes, como no poder enfrentarse al sol o tener que soportar la vida, como dice Quirarte, “con sus frivolidades y cambios, que son, finalmente, superficiales, porque el hombre continúa siendo la criatura miserable y gloriosa que, acaso por sus contradicciones, se convierte en sujeto y objeto del vampiro”.(6)
El horror de la vida eterna puede brindar un sufrimiento mayor que el de saber que desde nuestro nacimiento estamos entregados a la muerte. La moderna literatura de vampiros así lo proclama, colocando a la deseada inmortalidad en una incómoda perspectiva de profunda imperfección. De cualquier manera, para el vampiro, la tumba seguirá siendo sagrada y su ataúd un símbolo, tanto de reposo como de fragilidad.(7)
Notas
1 JOYCE, James. Retrato del artista adolescente. Trad. de Alfonso Donado. México, Editores Mexicanos Unidos, 1997, p. 124.
2 RICE, Anne. Confesiones de un vampiro. Trad. de Marcelo Covián. Barcelona, ediciones B, 1994.
3 Para las tres citas: Ibid, p. 125.
4 Ibid, p. 127.
5 QUIRARTE, Vicente. Sintaxis del vampiro. Una aproximación a su historia natural. México, Verdehalago, 1996, p. 123.
6 Ibid., p. 124.
7 No olvidemos lo que Stocker puntualiza sobre el féretro del vampiro: “la rama de rosal silvestre sobre su ataúd le impide salir de él; y si estando descansando en su ataúd se le dispara una bala bendecida, ésta le mata, convirtiéndole en verdadero muerto; en cuanto a la estaca, sabemos ya que le devuelve la paz, y cortarle la cabeza, el descanso”. En STOCKER, Bram. Drácula. Trad. de Francisco Torres Oliver. Madrid, Millenium, 1999, p. 246.
jueves, 12 de noviembre de 2009
ENSAYO
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