TRES TUMBAS
Por Ma. Luisa Durán
Por Ma. Luisa Durán
La cuerda de plata no estaba suelta para siempre,
ni irreparablemente roto el vaso de oro.
Pero, entretanto, ¿dónde se hallaba el alma?
ni irreparablemente roto el vaso de oro.
Pero, entretanto, ¿dónde se hallaba el alma?
El entierro prematuro, E. A. Poe.
1
El mundo está lleno de formas de vida estremecedoras. Ciertas existencias están llenas de soledad, otras de vanas compañías; algunos viven en cárceles, otros en el exilio; muchos ricos viven en la depresión, muchos pobres en la miseria y la incultura; hay quienes habitan atrapados por la culpa u oprimidos por el fracaso. Por nuestro planeta se arrastran los que lo tienen todo y no encuentran alivio, así como los que no tienen nada y quisieran tenerlo todo. Hay drogadictos, alcohólicos, trabajólicos, esquizofrénicos y masoquistas. Hay suicidas en vida deambulando por avenidas de terror.
Pero hay una vida aparentemente triunfal, creada por nuestra mentalidad disconforme, alimentada de anhelos literarios e intoxicada por mitos que, querámoslo o no, tienen en su origen un asomo de verdad. La vida que no es vida, pero que irónicamente permitiría disfrutar de uno de los más inalcanzables privilegios anhelados por el ser humano: la inmortalidad. Se trata de la vida del vampiro, la criatura que tras rebasar la frontera de la muerte real, adquiere una vida eterna y refuerza su vigor mediante la ingestión de sangre, preferentemente humana.
En su sentido estético más puro, o sea, literario, el vampiro podría ser el rey de los monstruos. Posee una fuerza inconmensurable, así como enorme inteligencia y la capacidad de transformarse en murciélago, lobo o niebla, y de reptar por las paredes; ostenta un magnetismo sexual que le permite atraer a sus víctimas, un lejano pasado de noble –en el sentido de pertenecer a la nobleza– guerrero. Es rico, poderoso y viajero frecuente a las ciudades que le ofrecen por igual tesoros artísticos y personas a quiénes succionar la sangre.
La leyenda del vampiro ha ido evolucionando a través de los tiempos. Mientras que en antiguos cuentos orientales era sólo un ente que chupaba sangre, Polidori le brinda cualidades que le permiten cercanía con la sociedad humana. Gracias a Bram Stocker, el creador de Drácula, adquiere su magnificencia, pero sin perder la calidad de monstruo que tras pactar con el demonio, sólo aspira a hacer el mal. Es Anne Rice quien le brinda al vampiro nuevas dimensiones al permitir que profundice en su autoconocimiento, se permita reflexionar sobre su origen y su destino y, en consecuencia, sufrir.
El vampiro es un muerto revivido. Un cadáver que reposa de día en acolchado ataúd y despierta a la luz de la luna para buscar seres vivos de los cuales alimentarse. Sabe que es eterno y que deberá matar para mantener su vitalidad. Lo que para muchos mortales sería alcanzar la gloria por cruzar la frontera final y luego burlar a la parca, para los vampiros es sinónimo de soledad, de aburrimiento, de desesperanza sin tregua.
¿Qué es la eternidad para un vampiro? Tal vez lo que nos ilustra Joyce: “…[imaginad una] enorme masa de innumerables partículas de arena, multiplicada tantas veces como hojas hay en el bosque, gotas de agua en el enorme océano, plumas en los pájaros, escamas en el pez, pelos en los animales y átomos en la vasta extensión de los aires. E imaginad que al cabo de un millón de años viniera una avecilla de la montaña y se llevara en el pico un solo granillo de arena. ¿Cuántos millones de millones de centurias transcurrirían antes que la avecilla hubiese transportado ni tan siquiera un pie cuadrado de la arena de la montaña, y cuántos siglos de siglos de edades tendrían que transcurrir antes de que la hubiese transportado toda? Y sin embargo, al final de tan enorme período de tiempo ni aun siquiera un solo instante de la eternidad podría decirse que había transcurrido.”(1)
Si de esto se trata el ser inmortal, de que cada instante es la mínima parte de la parte de otro instante y el vampiro, con su inteligencia superior y sus sentidos hipersensibles lo comprende, ¿cómo no sumergirse en una agonía existencial de la cual no se puede escapar porque la vida en muerte continúa y hay que matar y matar y matar para seguir viviendo?
Louis, el personaje de Confesiones de un vampiro(2) es el más puro ejemplo del chupasangre reflexivo. Dos son sus máximas preocupaciones, fuentes de su sufrimiento que al correr de los siglos se transforma en melancolía: la inmortalidad y la maldad per se inherente a los vampiros. Louis observa a los mortales con envidia, no sabe qué hacer con el tiempo que tiene por delante, entiende que como vampiro, necesita matar para alcanzar un descanso del ansia de sangre propia de los de su especie. Pero se resiste a ser un asesino, reniega del pacto entre el demonio y el vampiro, en el cual él nunca tuvo injerencia, “mi dolor era insoportable”, asegura, “nunca como ser humano había sentido semejante dolor mortal”, añade, “sólo conocía la paz cuando mataba, únicamente en ese minuto”.(3)
Su hacedor y antítesis, Lestat, le incita a matar sin remordimientos, ya que ésta es la naturaleza del vampiro y le advierte que su capacidad para sentir dolor se multiplica justamente por las cualidades vampíricas. Luego, eleva la condición de vampiro hasta el grado divino: “El mal es un punto de vista. Somos inmortales. Y lo que tenemos ante nosotros son las fiestas suntuosas que la conciencia no puede apreciar y que los seres humanos no pueden conocer sin arrepentirse. Dios asesina y nosotros también; indiscriminadamente. Él arrasa a ricos y pobres y nosotros hacemos lo mismo; porque ninguna criatura es igual a nosotros, ninguna tan parecida a Él como nosotros, ángeles oscuros no confiados a los límites hediondos del infierno sino por Su tierra y todos Sus reinos”.(4)
A pesar de escuchar las cavilaciones tanto de Lestat como de otros vampiros acerca de la innata maldad de estos seres, Louis no termina de aceptar su naturaleza, el dolor se transforma en desesperanza y ésta en resignación, en pasar por la noche del mundo con indiferencia, tomando el alimento que necesita ya sin pudor ni arrepentimiento, sólo con la fatídica certeza de que así debe de ser. Paradójicamente, después de escuchar toda la cadena de sufrimientos a la que se enfrenta un vampiro en su desnuda inmortalidad, el joven mortal que ha grabado las confesiones de Louis durante la novela de Rice, le pide finalmente que lo convierta en vampiro.
¿De dónde viene la magia poderosa que el vampiro ejerce sobre los humanos? Una probable respuesta la da Vicente Quirarte al explicar que “todos estamos obsesionados por los límites entre la vida y la muerte. Sólo el vampiro los explora, los trasgrede y los modifica sin importar los medios”.(5) Hay demasiadas formas terribles de vivir. El vampiro lo sabe y conoce la muerte desde el instante en que la ha vivido y ha triunfado sobre ella. Es cierto que tiene sus limitantes, como no poder enfrentarse al sol o tener que soportar la vida, como dice Quirarte, “con sus frivolidades y cambios, que son, finalmente, superficiales, porque el hombre continúa siendo la criatura miserable y gloriosa que, acaso por sus contradicciones, se convierte en sujeto y objeto del vampiro”.(6)
El horror de la vida eterna puede brindar un sufrimiento mayor que el de saber que desde nuestro nacimiento estamos entregados a la muerte. La moderna literatura de vampiros así lo proclama, colocando a la deseada inmortalidad en una incómoda perspectiva de profunda imperfección. De cualquier manera, para el vampiro, la tumba seguirá siendo sagrada y su ataúd un símbolo, tanto de reposo como de fragilidad.(7)
Notas
1 JOYCE, James. Retrato del artista adolescente. Trad. de Alfonso Donado. México, Editores Mexicanos Unidos, 1997, p. 124.
2 RICE, Anne. Confesiones de un vampiro. Trad. de Marcelo Covián. Barcelona, ediciones B, 1994.
3 Para las tres citas: Ibid, p. 125.
4 Ibid, p. 127.
5 QUIRARTE, Vicente. Sintaxis del vampiro. Una aproximación a su historia natural. México, Verdehalago, 1996, p. 123.
6 Ibid., p. 124.
7 No olvidemos lo que Stocker puntualiza sobre el féretro del vampiro: “la rama de rosal silvestre sobre su ataúd le impide salir de él; y si estando descansando en su ataúd se le dispara una bala bendecida, ésta le mata, convirtiéndole en verdadero muerto; en cuanto a la estaca, sabemos ya que le devuelve la paz, y cortarle la cabeza, el descanso”. En STOCKER, Bram. Drácula. Trad. de Francisco Torres Oliver. Madrid, Millenium, 1999, p. 246.

Me encantó. Está definitivamente muy, muy bien logrado. Tiene atmósfera, morbidez y lo único que siento es que termina pronto. Pero no necesita más. Pudiera ser, si la autora lo considera, que el final integre la cita de Stocker para no cortar la sensación de opresión de la lectura, y en cambio prolongarla. Sería mi única recomendación. Otra cosa... ¿Por qué "Tres Tumbas? ¿Vale la pena aclararlo?
ResponderEliminarFelicidades María Luisa. Seguimos.
Hola, gracias por tu comentario, lo único que quería aclararte es que, de hecho, ésta es la primera parte de un ensayo que dividí en tres. Muy pronto publicaré la segunda parte.
ResponderEliminarSaludos, Ma. Luisa