TRES TUMBAS
Por Ma. Luisa Durán
Por Ma. Luisa Durán
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Hay demasiadas maneras terribles de morir. Existen enfermedades que no tienen cura y hacen padecer tremendos dolores y molestias a quien las sufre, como el sida, algunas variedades del cáncer o síndromes poco explorados aún por la medicina. Existen las dictaduras, las guerras, la pobreza extrema que va matando de hambre y de sed a niños y adultos por igual. Están las drogas, sus consumidores, traficantes y sicarios. La humanidad reproduce a diario asesinos espontáneos, seriales o a sueldo, hermanos de la crueldad y amigos íntimos del sufrimiento ajeno. Han existido largas dictaduras y existió también la Inquisición, organismo eclesiástico creador de las torturas más sutiles y atemorizantes, de las agonías más largas y siniestras, de las masacres más tumultuarias e insensatas en la historia del ser pensante. Tenemos las depresiones y el suicidio. Contamos con la bala, la cuerda, el veneno y el puñal.
Sin embargo, hay una forma terrible de morir cuyo solo pensamiento lleva al hombre a las simas de la locura. Es una muerte que nadie quisiera imaginar, pero que muchos han debido de sufrirla sin que el resto del mundo se haya enterado. Es la temida muerte doble, el cumplimiento de la fantasía más ominosa y el escenario por excelencia para la creación de los más espeluznantes relatos de terror: el entierro prematuro.
No es la irrealidad del hecho la razón de su frecuencia en la literatura de ficción. Es bien sabido que durante generaciones la gente ha sido enterrada viva. Hay muchos males que simulan la muerte: catalepsia, alferecía, éxtasis morboso, letargia, ictus, sofocación, histeria o intoxicaciones, los cuales, aunados a la intervención de un médico poco eficaz o a los reducidos conocimientos clínicos de épocas pasadas provocaban que se diera por muerto al paciente y se le inhumara. Por otra parte, las guerras han producido una buena cantidad de soldados malheridos a los que se ha enterrado en fosas comunes junto con compañeros realmente fenecidos. Se sabe además de numerosos casos en los cuales se ha inducido una muerte aparente a través de la ingestión de sustancias para librarse de destinos fatales, especialmente en las prisiones, donde fingirse muerto es la vía de escape más segura e ingeniosa (8).
Es el arte, concretamente la literatura de terror, la que nos ha abierto las puertas a las catacumbas del cadáver aparente. El estilo gótico nos ofrece un primer caso: en El monje (1796), de Matthew Gregory Lewis (9), el protagonista, un ministro de Dios que se ha entregado al Maligno por soberbia y por lujuria, viola y asesina a una joven que después resultará ser su propia hermana. La inocente víctima había sido sedada para fingir su muerte y huir de su sátiro perseguidor. Mas él logra profanar la tumba y accede así a un lugar preferente en el averno.
Por su parte, mucho más próximo a nuestra época, el indiscutible rey de la literatura de horror desde el siglo XIX hasta la actualidad, Edgar Allan Poe, eligió como protagonistas de sus más logrados relatos a los enterrados vivos. Tres cuentos en especial reflejan esta característica: El entierro prematuro (1844), La caída de la Casa Usher (1839) y El tonel de amontillado (1846) (10).
El primero es el relato en primera persona de un catatónico, quien narra sus sufrimientos a causa de esta enfermedad, en la que muere aparentemente por tiempo indefinido sin saber cuándo ni cómo despertará. Aunque el narrador confiesa que ha tomado todas las precauciones para evitar ser enterrado vivo, no puede controlar el espanto de que por cualquier aciago acontecimiento, recobre el sentido en el interior de una tumba de la cual no podrá salir jamás. Además de su circunstancia, el personaje narra diversos ejemplos bien documentados de gente que ha sido sepultada viva. En algunos de estos casos los enfermos son descubiertos a tiempo y siguen viviendo tranquilamente, pero en otros… sólo reflejan en el contorsionado rostro el intenso sufrimiento de saber que morirán asfixiados y sedientos en un ínfimo espacio a través del cual nadie los podrá escuchar jamás.
Con respecto a La caída de la Casa Usher, éste es uno de los más conocidos e inquietantes cuentos de Poe: un hombre y su hermana viven solos en la enorme mansión de sus antepasados, ella padece catatonia y él agoniza de angustia con cada ataque de la enfermedad. El amor incestuoso entre los hermanos, la incertidumbre de no saber si ella está viva o muerta, el desenlace de la última rama de los Usher son narrados magistralmente en este relato sublime donde entre humos de opio y atmósferas saturadas de ambiguas perversiones la supuesta muerta sale de la tumba para llevarse con ella a su familiar, ahora sí en una muerte cierta, entre los escombros de la derruida casa.
Por último, El tonel de amontillado es la encarnación de la venganza llevada más allá de sus límites. En pleno carnaval de Venecia, un comerciante de vinos atrae a un colega –o más bien competidor– a su domicilio para que verifique la calidad de un tonel de amontillado (11). El engañado acude inocentemente y es enterrado vivo en las bodegas del edificio. Lo terrorífico aquí es la satisfacción con que el asesino escucha la lenta agonía su víctima.
Hay más cuentos sobre horrores en los sepulcros, como La tumba (1919), de H. P. Lovecraft, en el que un hombre, poseído por un antepasado, conoce terribles secretos antiquísimos cuando se recuesta en la tumba de su familiar. También está un bello relato de Nathaniel Hawthorne, El entierro de Roger Melvin (1832) que expone los peligros de recibir una terrorífica maldición por no dar cristiana sepultura a un ser humano.
Pero, ¿por qué son los sepulcros, en calidad de receptáculos de la temida muerte, los espacios preferidos de los escritores de horror? Y, ¿por qué los relatos de enterrados vivos son los más estremecedores y bellamente relatados? Una primera razón pudiera ser que a los seres humanos del mundo occidental contemporáneo, simple y sencillamente, nos parece terrible la muerte. No soportamos el sufrimiento y nos aterra, en nuestra soberbia, esa lucha final en la cual sabemos de antemano que no lograremos alcanzar la tan anhelada inmortalidad.
En segundo término, y aquí reproduzco las palabras de Poe a través del protagonista de El entierro prematuro, porque “ser enterrado vivo es, fuera de toda discusión, el más terrible de los extremos que jamás haya caído en suerte al simple mortal” (12). La unión de vida y muerte en un habitáculo hermético es un suceso siempre estremecedor para cualquier persona. Si al extremo miedo a perecer se le aúna la posibilidad de ser enterrado en vida, el terror puede incrementarse hasta alcanzar grados insoportables.
Y hay un nivel más elevado de terror en esta circunstancia: el pensamiento de morir dos veces, de librar doblemente una batalla de antemano perdida con la parca, esa enemiga funesta, en un lugar pequeño, oscuro, húmedo y en completa soledad, escuchando únicamente nuestra propia respiración agitada, sintiendo cómo corre el sudor por nuestro cuerpo, cómo los gusanos y otras alimañas empiezan a invadir nuestro organismo, el gritar y arañar sin que te atiendan, el estar consciente de que no verás ya nunca a ningún ser de tu especie, que pronto o más tarde, luego de intensos padecimientos: asfixia, hambre, deshidratación, terror en su máxima potencia, se deberá cruzar una frontera hacia lo desconocido. ¿El infierno acaso?, ¿el purgatorio?, ¿se verá ese túnel luminoso y un ser al final de éste como relatan las películas?, ¿se producirá un reencuentro con otros conocidos ya muertos?, ¿o sólo será dormir sin soñar más, un desaparecer para siempre de este mundo y de los recuerdos de tus seres queridos?
Realmente hay demasiadas maneras terribles de morir. Pero la literatura de terror ha volcado sus más bellas y exquisitas páginas en presentarnos anécdotas de gente que ha sido enterrada viva ya sea por error, por precaución o por extrema maldad. Ciertamente, el ser inhumado en vida es una forma poética y literaria de morir. Es un suceso épico el enfrentarse no una, sino dos veces al enemigo más temido e irremediablemente vencedor. En consecuencia, los autores del género de horror han colocado a esta acción de sucumbir en una mortaja en el pináculo del romanticismo, precisamente por lo terrible del hecho: así como en el arte kitsch lo espantoso resulta bello, en la literatura la muerte más monstruosa alcanza proporciones insospechadas de armonía y perfección.
Notas
8 Algunos de los datos contenidos en este párrafo los obtuve de un artículo de Internet: MENDOZA P. Eduardo. Enterrados vivos. Publicado el 22 de febrero de 2002. http://www.ucm.es/info/museoafc/loscriminales/funerarias/enterrados%20vivos.html
9 Hay varias ediciones en castellano de esta novela gótica, pero me permito recomendarles la de editorial Valdemar, en cualquiera de sus colecciones: Gótica (ésta es de lujo) y El club Diógenes (rústica).
10 La edición que consulté es P OE, Edgar Allan. Cuentos, 1, trad. de Julio Cortázar. Madrid, Alianza, 2005.
11 Como yo no sabía lo que significa esta palabra, busqué y encontré que es un “vino generoso de graduación alcohólica entre el 16 y el 22% vol., de color oro o ámbar, aroma punzante, seco, suave, de sabor avellanado y poco ácido. Se producen amontillados en Jerez, Montilla-Moriles y Condado de Huelva” (http://www.winesfromspain.com/icex/cda/controller/pageGen/0,3346,1559872_4938183_4939641_295488_A,00.html).
12 POE. Op. Cit., p. 198.
