jueves, 26 de noviembre de 2009

E S P E R O H A B E R S O Ñ A D O

Por: Antonio de Jesús Fuentes Ruiz.
“The good spirits may be invocated of us, or by us, divers ways, and they in sundry shapes and manners offer themselves to us, for they openly speak to those that watch, and do offer themselves to our sight, or do inform us by dreams and by oracle of those things which we have great desire to know”.
The book of the sacred magic of Abramelin the mage. Translated by S.L. Macgregor Mathers from the original Hebrew from a unique and valuable MS, in the “Bibliothèque de l´Arsenal” at Paris.

Para María Luisa Durán, creadora del cuento con ensayo.
Tengo junto a mí a un pequeño fantasma. Está vestido con algo parecido a una gabardina y porta una antigua gorra marinera. Me mira de frente, profunda y penetrantemente, cómo queriendo averiguar que pienso o acaso decirme algo. Curiosamente, lleva una pipa entre los dientes aun cuando es apenas un niño, un pillastre de edad indefinida que permanece sentado en el borde de una pared. Detrás está la nada. El muro, labrado con flores, tiene la espectral apariencia de una tumba. Es muy probable que lo sea. A la izquierda, apenas perceptible, un pequeño hilo negro que a primera vista parece un defecto, me indica que hay un árbol.
El deja vu es escalofriante. Se diría que estoy viviendo aquella vieja película de terror con fotografías de un faro y de una mujer que cae de espaldas al precipicio. Afortunadamente, si logro desviar mis ojos del pequeño retrato, podré volver a la realidad. Al intentarlo, consigo ver que el papel espera y que debo seguir escribiendo.
¿Es posible que las fotografías sean más que la constancia del paso del tiempo?, ¿qué no son únicamente un objeto conseguido con la ciencia aplicada a un fenómeno óptico?, ¿qué en ellas pueden distinguirse partes de la escencia del hombre, no en lo físico, sino lo verdadero e interno? Me pregunto esto mientras mi vista sigue obstinadamente fija en el retrato.
“Estar ahí, y disparar a tiempo”, es la frase con la que Vicente Leñero definió la oportunidad del fotógrafo para hacer de su trabajo un testimonio único. Y es que las fotografías preservan el tiempo, lo hacen un mensaje. Es un lenguaje, con todas sus formas y posibilidades, y con el se pueden, y se consiguen transmitir todas las palabras sin empleo de ninguna. Pero también algo más.
Hay fotografías llenas de sensaciones humanas, que muestran desde el amor, hasta el sufrimiento indescriptible. Entre ambas podemos encontrar algunas que son francamente perversas, cínicas, depravadas. Podría decirse que en ésas vive el espíritu dual imaginado por Steven en su Dr. Jekill. Recuerdo cómo ejemplo, la de Charles Manson, el asesino brutal de Sharon Tate, o las de Aleister Crowley, el nuevo mago de la estrella pentavalente. Uno no puede sustraerse del dolor y la repulsión al verlas, seguir cómo si nada luego de ver sus ojos, su rostro torcido. Caminar sin llenarse de pesares al sentir la fuerza con la que nos han robado parte de la vida. Han transcurrido décadas desde que fueron tomadas y sus crueles mensajes nunca terminan de darse, están frescos, cómo el primer día, cómo en el primer instante. Igual de presentes que en el momento cumbre de toda su maldad.
En la fotografía, puede jugarse con la creación de una fantasía o con la sustracción de un momento irrepetible. Confirmo con esto que una parte de razón, si no es que toda, la tienen los pueblos primigenios, los que no permiten que se les fotografíe, porque están seguros que en ése pedazo de papel impreso se ha quedado su alma. Siempre lo ancestral es lo más sensato. Lo instintivo lo más certero. En mi primer supuesto, los directores de cine, los magistrales, convencen al espectador de que lo que nos presentan es cierto. Fabrican fantasías. Imitan con su arte el efímero efecto de lo oscuro, y también lo bueno del hombre. Comulgar con el actor en un instante que luego la cámara transforma en eterno, para crear y legarnos una obra de arte, es robarnos el alma. No es en la secuencia, sino lo modesto de un solo cuadro, en donde podemos llenarnos del verdadero y auténtico sentido, el que nunca se olvidará por más que los años pasen. Llevan a nosotros en ése supremo momento, el sentimiento más puro y más noble, o nos empapan con el primitivo terror colectivo, el miedo ancestral a la noche. Al lobo cierto. O al Dios presente.
¿Y qué decir del profesional de la cámara? Yo afirmo que el fotógrafo tiene acceso al subconsciente: al suyo y al de los demás, que esa sería la razón por la que pueden disparar a tiempo. Sólo ellos pueden encontrarse en cualquier lado y verlo todo, advertir lo que los demás tenemos velado, para lo que estamos ciegos, y con su magia hacerlo evidente. No se trata de un reflejo, ni de un acto de estética automático, no. Es la posibilidad de alcanzar en un instante a comprender el interno del otro, lo complejo de las formas y el pensamiento, la necesidad de expresión acumulada ante su lente y capturarla para siempre. Cuando trabaja para un director de cine su labor se limita a reunir lo que aquel ha formado, pero cuando lo hace para sí, para nosotros, su mente y sus ojos ven lo que nadie más puede notar aunque lo tengamos enfrente. Se vuelve psicólogo, quiromántico, adivino… capta el futuro, el presente y el pasado, y lo atrapa para formar lo eterno. Todo ello me es revelado mientras sostengo en la mano el viejo retrato del niño con una gorra marinera, y sus ojos y mis ojos se sorprenden en una mirada.
Voy ahora a hacer un experimento. Me asusta. Detrás de mí hay un espejo. Me levanto, y llevando en la mano la vieja fotografía, la expongo frente a aquél. El reflejo acude fiel mostrando a su gemelo siniestro. El niño muerto me sigue viendo, ahora desde un cristal con azogue, volviéndose doblemente fantasma, doblemente irreal. ¿Cuál era tu nombre?, le pregunto. Afortunadamente no me responde.
¿Qué pensaba mientras otro le hacía un retrato? ¿por qué a pesar del tiempo no ha perdido la mirada inteligente y reveladora?. Es probable que su mente estuviera concentrada en otro punto, en uno lejano, quizá más grato. Imaginarme lo que ha vivido el pillete es mi ejercicio siguiente. Mientras mi mente divaga, volteo a verlo para confirmar o desechar cada teoría. Se diría que me contesta.
Me llegan de pronto las vistas horribles de los campos de concentración, de las hambrunas por sequía, de los accidentes y los atentados. De los cadáveres secándose al sol por efecto de las revoluciones, y más, muchas más formas e imágenes. Hay animales agónicos, caras desconocidas y al mismo tiempo cercanas. Algunas son rostros de líderes, peores que los asesinos directos, que por años dirigieron destinos y ordenaron crímenes al amparo del poder y de sus buenas intenciones. Hay también y por fortuna, manos dedicadas al trabajo, pies que pisan fuerte mientras avanzan, puños crispados al viento, armas que se rompen, muros que caen para reunificar naciones, flores, edificios y ciudades, lunas, y soles, que dan esperanzas para confirmar días mejores. Tengo presentes niños que juegan, mujeres que acarician apenas sus vientres fertilizados con el amor más perfecto, y bendigo entonces los nombres de Modotti, Weston, Höpker, Casasola, Benjamín Flores, Mayer, los Álvarez Bravo y a tantos, y tantos otros; muchos por fortuna, que incapaces de reunirse ahora en mi memoria, me han dado una ventana al corazón humano, ¡recuerdo tantos rostros!. Logro apartar del espejo mis ojos y me siento agotado en una silla. Todo ello se ha producido mientras absorbía por el reflejo del espejo, a mi pequeño fantasma.
Pasa poco tiempo. Tomo ahora amorosamente un retrato distinto. El de otro niño. Uno que fue y que me consta existió: soy yo mismo a la edad de 5 años. Todavía puedo reconocerme en él. Lo miro despacio y observo sus ojos, mis ojos, e intento penetrar en su mensaje, el que envié o envió a la capsula del tiempo el día lejano en el que me senté frente a una cámara anónima. Quisiera tener en algún oculto lugar de la memoria las sensaciones de aquel momento. Quizá si me concentro lo suficiente, dé con ellos, y pueda volver a vivir lo que hace casi cuarenta años me definía. Mi fantasma personal también debe decirme algo. Lo intento, pienso, quiero sentir… creo recibir un mensaje. Más no, me engaño.
Levanto el otro retrato, el primero, el del pequeño sentado en lo que creo es una tumba, y con los dos ya en las manos, me aproximo de nuevo al espejo. Ahora en el reflejo, con seis pares de miradas penetrantes, incluyendo la mía en el presente, intercambiamos nuevos y cifrados mensajes. Frescas aun las imágenes descritas, mi cuerpo se queda cómo hipnotizado: expectante, paralizado. El tiempo parece detenerse. Y vuelven a proyectarse recuerdos dentro de mí. Los revivo en blanco y negro, otros en sepia, muchos en colores imposibles. Estoy confundido. Acaso algunos no sean míos… ¿pero de quién son entonces?... hay más y más imágenes que no son familiares, son absurdas, no me pertenecen. Y van sustituyendo las que confieso haber vivido o por lo menos visto. Sudo, pero no puedo apartar lo ojos del espejo. Ni siquiera cerrarlos. Nos miramos todos, hablamos los tres sin requerir de palabras…
De pronto, el teléfono suena. Doy un salto y agradezco estar ya fuera del hechizo. Nadie contesta…

1 comentario:

  1. Uuuufff, Antonio, tu relato me despertó una especie de aleph de sensaciones y recuerdos, desde la contemplación absorta de un retrato, hasta el sentimiento del fotógrafo ante el objeto o panorama que pretende eternizar. Tu habilidad para la descripción permite que el lector prácticamente se funda con la anécdota y sí, se siente curiosidad y un poco de miedo. Me gustó mucho esta entrada, ojalá sigas escribiendo cosas igual de interesantes. Por cierto, una vez mi papá me contó un sueño: que toda la noche, sin parar aparecieron en su subconsciente caras y más caras de personas, todas distintas, haciéndole pensar en cuántos rostros irrepetibles habitamos este mundo. Fue la peor de sus pesadillas. Saludos.

    ResponderEliminar