He de contarles porqué ya no viajo en tren. Es una situación perfectamente explicable y al final cada uno de ustedes podrá entenderme. Ocurrió hace varios años, en una travesía de rutina, durante un viaje de esos a los que la vida te lleva por casualidad… ¿O quizá no?. El caso es que me encontré de pronto en el andén de la estación de Naan-Sac, a la mitad de la nada, dirigiéndome a la ciudad de Mérida, ¿conocen esa remota aldea perdida en la selva?, ¿no?, ¿nunca han estado en la jungla tropical devorados por los mosquitos y derretidos por un calor que convierte en cera los cuerpos y los ánimos?. No es extraño. También para mí fue la primera vez.
A lo lejos, despacio y entre una bruma inexplicable y caliente, el tren se aproximaba. Nadie, extrañamente, además de mí, esperaba su llegada. Las primeras impresiones del convoy fueron reveladoras, pero yo no las advertí, o no les di importancia. La máquina parecía antigua, de una estructura fuerte y cosa curiosa, funcionaba con carbón. Pensé en ese momento que hallándome en el fin del mundo, no era extraño que las máquinas modernas todavía no cubrieran algunos caminos. No obstante su aspecto anticuado, brillaba de manera sorprendente, extraordinariamente limpio, y podría asegurarles que con un olor a nuevo. Sus interiores eran sorprendentes: intactos, relucientes; los tapices de sus paneles eran exquisitos, sus asientos estaban forrados en mullida piel y el piso tenía una delicada alfombra. Sin embargo; el vagón estaba vacío. Cierto que no era una ruta principal, ni siquiera un paso obligado en alguna línea de comercio, pero ¿sin pasajeros?.
Me dormí. No se cuanto, pero cuando mis ojos se abrieron el vagón estaba lleno y animado. Había familias enteras acompañándome en el viaje. Mestizas con bellísimos trajes y alhajas sorprendentes, niños morenos con rostros felices que correaban contagiando con sus risas alegría. El color vivo de aquellos ropajes era impresionante. Los viajantes tenían frutas en las manos y jugos en sus bocas, los abanicos flotaban como palomas en cortejo, sugiriendo en su vuelo secretos códigos de amor, e insinuando cálidos y futuros encuentros a los entendidos. El viaje se había convertido en una fiesta.
Con exquisita cortesía, el caballero sentado frente a mí se llevó la mano al sombrero, y me saludó con una cálida sonrisa. Le correspondí gratamente y pregunté a continuación ¿dónde han subido todos?, ¡ah! respondió -la última estación-, hará cosa de media hora, ¿se dirige a Mérida? me dijo, -sí, allá voy- fue mi respuesta, ¿negocios? –podría decirse- ¡mucha suerte entonces!, yo vuelvo del sur, un viaje obligado ¿sabe?, inevitable. En Mérida me esperan mi mujer y mis once hijos varones.
No es cosa corriente saber que alguien tiene tantos hijos de un solo género, así que volví a preguntar si había escuchado correctamente, recibiendo la misma respuesta. “Mi hogar está precisamente atrás de la estación de ferrocarriles, es una gran casa verde adornada por un hermoso flamboyán”. “Tiene que visitarme cuando esté libre de sus asuntos”.
Todo el camino fue deliciosamente acompañado de anécdotas y valiosos consejos sobre la ciudad. Me despedí a mi pesar de Don Carlos (así se llamaba mi inesperado y grato amigo), y su sonrisa iluminó mi estadía en la blanca Mérida por varios días. Mis negocios llegaron a buen puerto.
Seis meses después y por otras razones muy distintas, me encontré de nuevo en Mérida. Al concluir mis asuntos, elegí nuevamente el tren, ahora en ruta contraria, buscando caminos nuevos hacia el sur. Aquel viaje no obstante resultaba diferente, muy distinto al suave encanto con que yo recordaba mi última visita, la que ya les he contado. Éste tren, para pesar de mi espíritu, era una ruina. No era cómo el otro, una pieza de museo reconstruida hasta sus últimos detalles, sino un ferrocarril convencional sin mantenimiento. Olía mal, a humedad, a olvido. Sus raídos asientos y sus empañados cristales, más la sensación de ahogo que sentí al estar dentro del vagón, me llenaron de infinita tristeza. Además iba repleto, cosa que me hizo sentir un bulto más entre todos los muchos que se amontonaban en los espacios disponibles. Mi vecino en cambio, era un joven agradable. Su aspecto me era ligeramente familiar, pero impreciso a mi memoria.
La jornada obligó al saludo, pasando de inmediato a la conversación. No pude evitar entonces contarle mi viaje anterior. Describí con detalle cada sensación, todo recuerdo, y mencioné a los alegres pasajeros con los que el viaje se había pegado a mi alma. La belleza de aquellos trajes de fantasía oriental, el sonido musical de las voces, los aromas a flores y frutas; el paisaje de mil tonos de verde invadiendo las ventanas, y las aves que acompañaron el trayecto desde el cielo de transparente zafiro.
Mi interlocutor escuchó atento mi relato, pero aseguró que me equivocaba. Me dijo que en Naan-Sac hacía mucho que el tren no detenía su paso, y que las locomotoras de carbón estaban fuera de uso desde hacía incontables años. Pero yo, no le creí. Con firmeza seguí dando pormenores y para convencerlo de lo real que había sido mi viaje, le conté que había tenido inclusive la curiosa oportunidad de conocer a un hombre que era nada menos que el padre de once varones. Algo noté en mi vecino, una ligera desazón, ¿o era mi imaginación? -¿le sorprende, le dije, una familia con once hijos, hombres todos?-, a mí me causó alguna extrañeza, lo confieso, pero recibí incluso una invitación para constatarlo, precisamente lo recuerdo al detalle: una casa verde, atrás de la estación, con un enorme flamboyán en el jardín…
No pude continuar. Mi pobre compañero me miró con miedo y preguntó con la voz ya quebrada por una rara emoción ¿cómo era el pasajero que viajó con usted?. Hice una descripción minuciosa y llena de cariño. Con cada detalle el joven iba del sudor copioso a la palidez mortal. Temblaba. Francamente no sabía que pensar y con temor dí los últimos detalles. Se llamaba Don Carlos, un caballero…
Y ya no pude terminar. El joven soltó en llanto y con los ojos desorbitados me dijo: “conoció usted a mi padre, yo soy el menor de sus once hijos, me llamo Carlos también. Vivimos sí, en aquella casa cercana a la vieja estación del ferrocarril, su descripción es exacta en cada detalle que me ha contado, pero es preciso que sepa usted que mi padre ¡murió hace 10 años!
Desde entonces, amigos míos, viajar en tren… no se, no lo hago más… ¿Comprenden ustedes?
Antonio de Jesús Fuentes Ruiz. Diciembre 2007.
martes, 22 de diciembre de 2009
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