martes, 20 de abril de 2010

DE LA MESA AL BOSQUE

Por: Antonio de Jesús Fuentes Ruíz


En realidad es un helecho, uno de Australia, de donde son los canguros. Mi papá lo puso al fondo, entre los árboles con los que empieza el bosque. Se veía bonito de lejos, con sus hojas grandes, grandes y bien verdes que el viento movía. Lo feo empezaba cuando te acercabas, cuando veías sus lenguas horribles, como de camaleón, peludas, enroscadas en ellas mismas. Son oscuras, duras, cafés y amarillas. Dan asco.

Me dieron miedo de inmediato. "Son hojas nuevas, me dijo papá", son como los bebes de las plantas. "Cuando crecen se desenrollan y se vuelven verdes, como las otras". Y sí, era cierto, así se volvían, pero lo que mi papá no alcanzaba a ver es que cada vez eran más, y más, y cada vez eran más grandes. Pronto tuvieron un tronco. Bueno, no exactamente un tronco, sino un montón de futuras hojas en bolas peludas y blandas como los tumores que le salieron al viejo Chad, el sabueso, y que un día no volvió con papá de su visita al veterinario.

Mi papá lo quería mucho. Sobre todo cuando lo fotografío y vinieron aquellas señoras del club de jardinería a verlo. Me acuerdo que le dieron un listón azul cielo y que estuvieron tomando té en el jardín. Lo raro es que no se acercaron al helecho. Y con razón. No se parecía a ninguno que hubiera por el rumbo. Daba miedo a todos. Menos a mi papá, que inclusive hablaba con él. Yo lo escuché una vez, mientras lo acariciaba y entrecerraba los ojos, como cuando mamá vivía y el se acercaba a darle un beso.

Luego vi aquello. ¡Qué miedo me dio! ¡Fue horrible!. Recuerdo que era una mariposa, una de colores brillantes, azul con negro, muy rara. Se acercó a la base del helecho, a dónde el sol nunca llega y sus hojas nuevas son como alambres pequeños y retorcidos. No podía creerlo. La hoja nueva se estiró como un rayo y atrapó a la mariposa. La llevó luego al centro, entre las hojas, a una boca horrible, de color negro, como un coco lleno de fibras. En un segundo, la mariposa había desaparecido. Salí corriendo y no me acerqué en varios días.

Hice bien, porque el único que podía estar cerca de ella era papá. Todo lo demás, pájaros, insectos, y hasta un cochinillo, desaparecieron de la misma forma que la mariposa. Dependiendo del tamaño de lo que se acercaba, era la hoja en formación que lo atrapaba. Nadie más que yo parecía darse cuenta.

Una tarde, con mucho cuidado me acerque un poco... y salí corriendo. Una hoja nueva, llena de pelo, como todas, pero del grosor del brazo un hombre estaba naciendo. Sería enorme, lo más grande que nunca hubiera crecido en esa planta monstruosa. Se había vuelto un peligro. Mi papá estaba contento, veía su listón azul y decía que pronto obtendría otro. Inclusive limpió el área que rodeaba al helecho para hacerlo destacar todavía más. Yo tenía miedo. Mucho.

Entonces vino aquella tonta fiesta. Allí estaba Alexis, burlándose de mí y jalándome el pelo. Me hizo llorar. Me llené de rabia y lo derribé de un empujón. Se enojó conmigo, y me persiguió. Corrí hacia el helecho, estaba furiosa. Corrí y corrí para que no me alcanzara.
Papá no ha vuelto. Está en la comisaría, con los otros padres, coordinando la búsqueda de Alexis en el bosque. No parece saber nada. Yo le he llevado al helecho un pedazo del pastel de la fiesta. No pareció gustarle. Creo que prefiere las cosas que pueden moverse. Desde ahora, somos amigos.

miércoles, 10 de febrero de 2010

LA FLOR DE LA FELICIDAD

Por: Antonio de Jesus Fuentes Ruiz

El hijo de Kirkpatrick está enamorado, y Be, la bella joven que su corazón ha elegido, llora en silencio. Sabe que sus padres prefieren que ella sea la esposa de un noble, y que jamás aceptaran a un huérfano, aún cuando este haya sido hijo de un guerrero.

Cuando al fin llega la noche, el joven, en contra de sus deseos de alejar todo pensamiento de aquel que no sea ese amor imposible, sueña con el relato mil veces contado por su abuelo: la historia de la flor de la felicidad, que mágica y extraña nace en la cumbre de la montaña azul, que es la morada de los dioses.

Con palabras exactas su mente reproduce la narración contada al calor del fuego, en aquellos momentos de paz, en los que el cielo estrellado y el mar en calma, daban tregua al cuerpo cansado.

“Alguna vez un guerrero buscará para el clan la flor de la felicidad. Irá sólo, sin más ayuda que la de su corazón y encontrará el camino a la cima de la montaña prohibida. Comprobará su hazaña trayendo de vuelta al templo la piedra gemela de color púrpura que custodian las vírgenes. La sola contemplación de la flor, le dará la fuerza eterna que transmitirá a los demás guerreros y así se reiniciarán las conquistas. Se vencerá siempre, y conseguiremos la salud y la felicidad nuevamente”.” El héroe será premiado con lo que su corazón desee, y su nombre será perpetuado entonces por los siglos, al lado de los dioses”. “Nadie ha vuelto”, “nadie ha ido más”, y por eso nuestra miseria es grande, y la cobardía es la vergüenza que hace que seamos polvo que el viento barre… Así sueña el hijo de Kirkpatrick, y al despertar, su alma concibe una esperanza.

Descalzo, con un manto de piel de oveja, portando únicamente sus sueños y la daga de su padre para enfrentarse al mundo, el joven se presenta ante el consejo de ancianos. Solicita con la arrogancia que da la inexperiencia, el permiso para ir a la montaña.

Los viejos se miran asombrados y hubieran reído de buena gana ante las pretensiones del hijo de Kirkpatrick, de no ser por la mirada decidida del joven y la pronta respuesta del padre de Be, quien puesto abruptamente de píe, golpea con el puño el escudo de conquista y precipita la aprobación. Desea en el fondo que esa fantasía aleje al pretendiente y pasado el plazo de una luna, poder casar sin oposición a su hija con el que él elija.

La noticia corre, el joven es aclamado mientras las mujeres ocultan su pena de no tener entre los suyos a hombres de aquel valor, y unidas en ese sentimiento, confeccionan para aquel valiente un traje de viaje con fuertes sandalias y un abrigador manto de color rojo.

Be, la hermosa novia, viste su ajuar y su corona de flores jurando ante los dioses esperar con fidelidad y alegría el retorno del amado. Los más fieles amigos del hijo de Kirkpatrick lo acompañan hasta donde es permitido, y encienden una fogata que servirá como faro y esperanza al guerrero. El plazo inicia.

Es preciso ahora hablar de la montaña, de la razón por la que es inaccesible. No es su altura, de por sí impresionante, el obstáculo; ni tampoco el que esté custodiado por dragones: Es su forma y su tamaño. Con la apariencia de una espina clavada en la tierra, su anchura es inconmensurable y sus paredes lisas como un guijarro pulido por la corriente.

Cuando el joven llega a ella, la observa desde abajo. Subir parece imposible, aún cuando se contara con varios hombres con cuerdas y firmes asideros; pero es condición del reto que se ha de llegar sólo a la cumbre. Estando ya allí, el joven se enfrenta a la realidad, y lleva su ánimo a las primeras dudas.

Después a un nuevo intento, se da paso al miedo, luego al intuitivo convencimiento de que es imposible y de ahí de nuevo a la esperanza, aunque cada vez con menos intensidad. No se rinde.

Cada paso es un avance y él camina. Pasan los días, sigue alrededor de su enemigo, venciendo a las fieras custodias. Su mente y sus ojos, su cuerpo todo, después de días de esfuerzo están cansados y buscan afanosamente la forma de iniciar el ascenso. Cada minuto es perdido y su humillación ante ello insoportable.

El hijo de Kirkpatrick pide a los dioses una oportunidad. La soledad le pesa y le abruma. Piensa ahora que acaso la solución es emplear en el mismo la daga de otras guerras, y decide esperar sólo un día más. Cansado, cae.

El olor a tormenta invade el mundo. El mar lanza espuma gris a la tierra con sus espadas de sal. El cielo negro, cargado de inmensas nubes, comienza a vaciarse en un diluvio. El trueno ilumina la tierra presagiando destrucciones.

Cuando el muchacho abre los ojos contempla con gratitud un milagro. Llena de la luz que proviene del rayo, la mole parece dividida. El fuego del cielo le muestra el secreto de la montaña: es hueca. Al centro de la misma, en un raro capricho, inicia una espiral que es como una escalera. La luz que viene del cielo se filtra desde arriba de la enorme hendidura proyectando sombras fantasmales. Una gruta es la entrada y permite el acceso al primer peldaño. El hijo de Kirkpatrick inicia así en paz el camino a la inmortalidad.

Ascendiendo por el interior de su enemiga, la marcha es lenta y difícil, más ya se está en camino. Si alguna vez alguien había tomado antes esa senda, debieron ser seres fabulosos, y el ahora, repite la hazaña. La tormenta ha cesado y las estrellas poco a poco iluminan el pedazo de cielo que se amplía conforme se llega a la meta. Be de alguna forma misteriosa, está con él y anima sus pasos.

Cuando su pié alcanza la salida, sus ojos contemplan asombrados al amanecer y los colores con los que el sol pinta el día: de un lado está el mar, ahora en calma, con su profundo e insondable azul y gris, y del otro lado, la tierra bendecida con sus cuarenta de tonos de verde.

Ha llegado a la cúspide y allí, en un altar, está la piedra gemela del templo, ahora lavada por la descomunal tormenta. El joven la toma, orgulloso. Sin embargo no se ve nada más en aquella planicie, y su corazón y sus ojos, buscan la flor de la leyenda, la de la felicidad, aquella que cumplirá sus deseos y que llenará sus ojos de verdad alejando para siempre todas sus dudas y temores. Recorre cada palmo, cada pequeña hendidura, más no encuentra nada. La flor de la felicidad no existe. Desolado, inicia el descenso.

Cada paso es para él más difícil y observa a la luz de la razón la meta del retorno, sorprendido y extasiado de su propia audacia. Ahora su alma esta llena de nostalgia y agradecimiento. Aunque no existe tristeza en sus pasos, tampoco hay alegría: ha fallado en su misión y no ha conseguido el objetivo. El sólo llegar no tiene mérito, hace falta la flor de la felicidad. A lo lejos, la fogata sigue siendo fiel espera y guía del camino.

Ahora le duele la pérdida de la libertad y la tranquilidad que antes tenía sabiendo que seguía una meta clara. También es consciente de que al estar entre los suyos nuevamente, su honor hablará por él y deberá decir que ha fallado. Nunca verá a Be, ni hará la guerra.

Ante la hoguera, sus camaradas visten de fiesta, llevan las sienes coronadas de floresta y acompañan su entusiasmo con cantos y música. Le han visto a lo lejos y saben con certeza que ha cumplido, pues nadie en deshonor hubiera tenido la osadía de volver y el hijo de Kirkpatrick en cambio, está de vuelta.

Ante la noticia la bella Be renueva las flores de su corona y desafiando a sus padres sale al camino vestida de novia: los niños y las jóvenes, prontamente engalanadas, son su séquito, y la siguen con lágrimas en los ojos. En los altares, el incienso precioso se enciende a los dioses. Así el grito resuena:

¡Hijo de Kirkpatrick! ¿La has encontrado?

Un silencio expectante cubre la tierra.

Los dioses son compasivos con quienes acuden con toda fe a ellos, y antes de que el valiente responda lo que cree en verdad, el manto piadoso de lo divino llena de luz su entendimiento, y con un grito poderoso y convencido, el joven eleva la voz emitiendo un poderoso clamor que llena el mundo:

¡Sí! ¡La he hallado!

Se cuentan todavía después de siglos, las grandes bodas de los jóvenes amantes y la confirmación sobre la fuerza que el héroe transmitió al clan después de conocer y llevar dentro de él la flor de la felicidad. Conocidas son también todas las conquistas guerreras y el progreso de aquel pueblo invencible. Más… ¿Mintió el hijo de Kirkpatrick? ¿Falló en su verdad, perdió el honor?

La respuesta es no.

Su mente y su espíritu comprendieron al fin que la flor de la felicidad estaba presente en aquel momento, que tenía forma de mujer y que se llamaba Be.

En el camino de la vida los hombres buscan siempre la misma flor. Algunos la encuentran en la cima de una montaña, otros en el camino a ella, otros en el retorno de ese andar, o en el amor, la responsabilidad, el goce de lo bello o el hacer bien a los otros, algunos más en el recuerdo de otros tiempos, o en ver crecer hijos y nietos, pero siempre, en un supremo consuelo han de hallarla, pues la felicidad, hijos de los hombres, se encuentra en la contemplación de los deseos cumplidos, o en la esperanza de alcanzarlos.

martes, 26 de enero de 2010

TATUAJE GUADALUPANO



Un cuento de Juan José Medina Guízar




No hubo necesidad de traer a nadie,
ya todos estaban ahí.


No era para menos la admiración que Ramiro Gamba generaba entre los reos y autoridades del penal donde purgaba condena. Tenía tatuada a la virgen de Guadalupe en todo su torso. La cara de la virgen empezaba en el cuello y los pies terminaban en su sexo. Si hasta parecía que el cuerpo de Ramiro Gamba había sido diseñado para lienzo de la Guadalupana. A la hora del baño todos los presos buscaban entrar al mismo tiempo que Ramiro Gamba para santificarse. Algunos sólo se contentaban con verla, aunque fuera de lejos, a través de las pequeñas ventilas que rodeaban el galerón, aquello era una romería todas las mañanas. Esas enormes y frías galeras se llenaban del calor humano generado por tantos reos seguidores de la morenita. Una de las enormes ventajas que Ramiro Gamba tenía era que nadie se atrevería a apuñalarlo, Porque “eso sería pecado y de los grandes”, como decía Diódoro Chabot, al que apodaban el "Topo". El "topo" era compañero de celda de Ramiro Gamba. Ramiro Gamba se paseaba por los patios del penal con la camisa siempre abierta y los pantalones que le proporcionaban en el penal los traía a la cadera. Ramiro Gamba los mandaba arreglar con Tarsicio Creel, apodado “el sastrecillo valiente”, el costurero del reclusorio. Tenía una cierta caída de ojos, rara. A consecuencia de haberse puesto gotas de limón por más de un año, recomendadas por el yerbero de su colonia. Por la simple razón de que le amanecían colorados por las mañanas. Hasta que un día amaneció con los ojos cerrados, llenos de lagañas y ya nada se pudo hacer para que los abriera completamente de nuevo. Como resultado le quedó esa caída de ojos medio extraña, razón para que muchos presos dijeran que era puto. Ramiro Gamba le había pedido al sastrecillo que a sus pantalones les realizara un diseño moderno y a la cadera, para que dejara ver lo más que se pudiera de la imagen santa. ¡claro! que sin caer en lo prosaico y mucho menos en lo extravagante.


Ramiro Gamba presumía que el tatuaje se lo habían hecho en el gabacho, en uno de los muchos brincos que se había echado para matar a unos compas que se la debían. Se lo hicieron unos batos que le hacían trabajos a Madonna y a un luchador llamado Sena. Decía el "Topo" que una vez, Ramiro Gamba le había contado que el material que utilizaron para tatuarle la imagen, eran remanentes de pintura fluorescente que utilizaba la N.A.S.A. para sus naves espaciales. Por lo que su celda, todas las noches, permanecía iluminada tenuemente, luz que aprovechaba el topo para leer su libro vaquero, pues a las ocho en punto cortaban la corriente y toda el área de celdas quedaba en penumbras. Desde el primer día que a Ramiro Gamba se le ocurrió colgar un bote por fuera de su celda, solicitando ayuda económica para la manutención de la imagen, no hubo día que no le cayeran por lo menos cinco pesos.


Luis Alberto Zamacona, alias el “Tonel”, despiadado sicario de la zona mazatleca, en un acto de alevosa envidia, quiso tener una imagen semejante, por lo que le pidió a Jorge Yepez que se la tatuara a la mayor brevedad, que por dinero no se preocupara pues le había caído una lana que le envió su jefecita. “te la voy a pagar bien pagada, cabrón”. Jorge Yepez el famoso falsificador de cheques de viajero y bonos del Tesoro mexicano, detenido porque en una ocasión que realizaba un retiro de su propio dinero, en su propio banco, dudaron de su firma y al cotejarlo apareció en el archivo de la PGJ su foto, aunque con otro nombre y ahí mismo lo aprehendieron. Jorge Yepez, “El Falsas” había sido un excelente dibujante, pero el tiempo y el encierro habían dañado muchas de sus habilidades, la mayoría de éstas se habían perdido casi en un noventa por ciento, sin tomar en cuenta el mal de parkinson que lo había atacado unos años atrás. Otra cosa que perjudicó el trabajo fue la tinta utilizada, tinta de una pluma werever caravel, punto fino tan vieja y tan reseca a causa de que llevaba varios años guardada dentro de un bote en la celda de Yepez, la tinta no aguantó ser mezclada con la grasa que el “Tonel” mantenía bajo su pellejo. Otros dicen que más bien fue un castigo divino, porque la imagen de Ramiro Gamba era la oficial. Los primeros días la imagen “chafa” del “Tonel” no estaba tan mal, tal vez un poco borrosa en el contorno de la cara y en una que otra estrella. Una imagen tristona en su composición, porque sólo estaba hecha en un solo color, que era el azul marino y al estar tatuada de ese modo, no la hacía llamativa. Fue un domingo cuando el “Tonel”, después de haber dormido hasta tarde, se dio cuenta que la imagen se le había chorreado toda, por todos los poros de su enorme barriga. Convirtiendo al “Tonel”, en un enorme moretón ambulante.


Ramiro Gamba aprovechaba los días con sol para asolear a la morenita del Tepeyac. Los domingos, para la misa del padre Salgado, lo tomaban como estandarte, el mismo padre decía que nunca había visto una imagen tan prodigiosamente realizada y él era un experto en el tema. “En el cuerpo de Ramiro Gamba es como si cobrara vida”. Los años pasaron y Ramiro Gamba fue imbuido por un fervoroso espíritu religioso, a causa del respeto que todos los reclusos le brindaban. Esto hizo que cambiara completamente su actitud de sicario sinaloense a un verdadero Karol Wojtyla, eso era ahora el multiasesino: un santo, un verdadero santo. Algunos llegaron a decir que en el fondo de los ojos de Ramiro Gamba y tras esa mirada glacial y nada amistosa se veía la imagen de la virgen. Esto tendría que ser muy en el fondo de sus ojos, porque su rostro sí era el de un verdadero hijo de la chingada. Aprendió palabras en latín para santificar a los compañeros que se lo solicitaban y cultivó el arte de escuchar. Esto lo hizo escalar estatus dentro de la mafia presidiaria, se volvió respetado por la mayoría del gran grupo de hijos de puta que controlaban el penal. Después empezó a correr el rumor de que había sido sentenciado injustamente, se llegó a pensar que alguien del Vaticano intervendría para sacarlo de su cautiverio. Pero la verdad fue que ni los sacerdotes, ni las autoridades movieron un solo dedo para su liberación, muy al contrario, le cargaron nuevas acusaciones, lo que sumó una sentencia de dos cadenas perpetuas y tres días, asegurando su estadía por los siglos de los siglos en aquel presidio. Claro que todo esto se hizo sin que Ramiro Gamba tuviera la más mínima idea de lo que ocurría. La fuerza milagrosa de la imagen era tal, que llegó una solicitud del reclusorio Oriente para que Ramiro Gamba fuera extraditado para allá.


Obviamente, ante la negativa rotunda de don Natividad Garza, que era el director del penal. “Por ningún motivo y de ninguna manera se dará la autorización para que Ramiro Gamba sea extraditado, removido o cambiado de este penal”. Esto lo declaraba con el rostro engarrotado por la molestia.


Al crecer la fama y los milagros que le eran atribuidos a la imagen, en un boca a boca interminable, llegaron reporteros de las televisoras de todo el mundo. Hubo un reportaje especial del Discovery chanel, cuya aportación fue una colección de libros religiosos para la biblioteca del penal, y ninguna gratificación para Ramiro Gamba. “Culeros, ni un pinche dólar me dieron”. Llegaron muchos periodistas a pedirle consejo acerca de los problemas nacionales. Ya para ese tiempo, las palabras que emanaban de Ramiro Gamba parecía que las pronunciaba la mismísima Virgen. Llegó el momento en que las cámaras desdeñaban el cuerpo y la persona de Ramiro Gamba. Las tomas televisivas solamente enfocaban del cuello hacía bajo. “La pura imagen” decían los directores de cámara.


Como la imagen empezaba exactamente en el cuello de Ramiro Gamba, la nariz y la boca de la virgen estaban tatuadas sobre la manzana de Adán y cada vez que Ramiro Gamba tragaba o la movía parecía que la virgen masticara algo o que quisiera mandar un mensaje de paz a su pueblo. Un reportero llegó a decir que hasta calientita estaba. Detectaron a muchos visitantes falsos que alquilaban reclusos por una paga mensual, para poder tener un pretexto y de ese modo entrar al reclusorio los domingos, uno de los días en que Ramiro Gamba se paseaba por el patio central, y así poder ser testigos del estandarte viviente. Cuando el “Azteca” y el “Chololo” empezaron con sus intrigas, empezaron los problemas para Ramiro Gamba. El “Chololo”, profundamente molesto, lo acusaba de una posesión ilegal de la imagen y que deberían despellejarlo y hacer un cuadro con su piel, un retablo que estuviera de fijo en el recibidor, para que todos los familiares de los presos pudieran persignarse al llegar a su visita. El “Azteca” no era tan extremoso, ni tan malintencionado, él sólo solicitaba que encerraran a Ramiro Gamba en una celda de cristal y que fuera móvil, que lo bañaran todos los días, y disponer de él en el momento en que se le solicitara. Por ejemplo: para los miércoles y jueves lo pondrían cerca del pasillo donde se encontraban los cuartos para la visita conyugal, el domingo por la mañana en la recepción para que todos se santificaran frente a él, más tarde llevarlo al auditorio donde se celebraba la misa oficial. El “Chambotas”, por su parte, hacía airadas protestas, diciendo: “es un verdadero sacrilegio que los piecitos de la santa estén cerca del sexo de ese cabrón que ahora se las da de santo”.

Ramiro Gamba empezó a enflacar de forma notoria e inexplicable y las estrellas que circundaban a la Virgen tomaron una apariencia de tercera dimensión al estar sobre la piel que ya se pegaba a sus costillas. Era notoria su pérdida de salud y de peso. Una palidez cadavérica lo acompañaba siempre. Hasta el punto de que muchos reos empezaron a temer por su vida, al presentir el riesgo que corría la imagen al estar en un cuerpo tan venido a menos.

Fue una tarde de junio, un martes trece. Mientras Ramiro Gamba estaba sentado en una banca del patio central, dándole las últimas fumadas a una bacha de mota, mirando los volcanes que estaban rebosantes de nieve, y pensando: “la vida no ha sido tan mala al fin y al cabo”. En ese momento exacto, se le acercó la doctora Frígida Cienfuegos y le anunció: “después de los estudios que le hemos practicado, descubrimos que tiene usted un tumor maligno en el cerebro, un tumor del tamaño de una uva”. Se lo dijo fríamente, sin ningún rasgo de compasión, y mirándolo directamente a los ojos.


“¡Me lleva la chingada… que pinche suerte! ahora que nos estaba entrando más lana, entre la venta de los recuerditos que hacen nuestros propios presos y las visitas guiadas, casi triplicamos nuestros ingresos. Chingada madre… en que momento se nos viene a enfermar este pendejo. Bueno, bueno, aquí ya Ramiro Gamba no tiene la menor importancia, lo que nos debe ocupar es la imagen.” Esto fue lo que expresó don Natividad Garza al conocer la mala noticia.


Después de pensar en cómo mantener la imagen, la directiva se enfocó en encontrar a alguien que se hiciera cargo del delicado proyecto. El director del penal, en un interés por la comunidad presidiaria, mandó llamar a Vladimir Yunosky, el gran taxidermista ruso-judío que entre sus más legendarias proezas estaba la de mantener el cuerpo de Lenin en perfecto estado. Este Vladimir Yunosky era nieto de Yazkin Yunosky e hijo de Anatoli Yunosky y único heredero de los secretos que mantenían la piel muerta viva por siglos.


El día que llegó a revisar a Ramiro Gamba se desilusionó del estado en que su piel se encontraba. Por tal motivo les dijo que no podía garantizar la permanencia perpetua de la piel de Ramiro Gamba. Los ojos de Vladimir Yunosky recorrieron la famosa imagen y después de algunas preguntas, en un diagnóstico minucioso, llegó a la conclusión de que Ramiro Gamba, desafortunadamente para la causa que los ocupaba, no había comido bien de chico, motivo por el que su piel se había vuelto chiclosa y a la vez seca, una mezcla que era muy difícil de explicar, pero que era muy común en los países donde se acostumbraba cenar bolillo con frijoles negros y cocacola. A pesar de la problemática que presentaba la piel de Ramiro Gamba, Vladimir Yunosky, como por el momento no tenía la solución, pidió a las autoridades que no exteriorizaran nada de lo que él les había informado, pero que se comprometía a hacer su mayor esfuerzo para que esa imagen tan hermosa no terminara tragada por los gusanos. A Ramiro Gamba lo obligaron a firmar de conformidad un documento donde al morir donaba de manera voluntaria su piel.


Y llegó el día en que el cáncer finalizó su labor, terminando con la vida de Ramiro Gamba, que murió en paz, sintiéndose en cierta forma, un santo, un santo que sucumbió en una cruzada muy particular. Corre la leyenda de que en la imagen que se encuentra en el auditorio del penal, en la niña de los ojos de la virgen de Guadalupe se ve a un hombre muy parecido a Ramiro Gamba, con el rostro de un verdadero hijo de la chingada, resplandeciente y lleno de paz.

martes, 5 de enero de 2010

TRES TUMBAS (PARTE III)


Esta es la tercera y última parte de mi ensayo. Saludos y feliz 2010.


TRES TUMBAS


Por Ma. Luisa Durán


3
He imaginado muertos que reviven y habitan entre tumbas dominando voluntades, siendo admirados y temidos a la vez. He visto seres humanos que han muerto tras ser enterrados vivos, entre tremendos sufrimientos y terrores manifiestos. Sus muertes se han vuelto exquisitas al ser relatadas con maestría por los escritores de terror. Pero hay otras tumbas que no he leído ni sentido ni imaginado y que por ser aún más terribles que las anteriores no alcanzo a revivirlas sin que una cadena de estremecimientos recorra mi piel. Se trata de los vivos que viven en sus tumbas personales. Mi madre fue una de ellos. Padeció asma durante cincuenta años antes de morir sin que el aire pudiera alcanzar a sus pulmones. Las causas nadie las pudo establecer; la cura nada la pudo brindar; ningún paliativo fue suficiente para evitar el continuo sufrimiento. El asma es una tumba interna, es la sensación de estar en un féretro hermético aún en el lugar más descampado, con el viento girando en nuestro derredor, con el oxígeno a nuestro alcance, pero sin posibilidad de absorberlo, de hacerlo nuestro para poder sobrevivir. Es no poder suspirar nunca; es abrir la boca hasta cortarse los labios y aspirar sin poder llegar al fondo del órgano respiratorio; es el proceso de desesperación constante, creciente, el ennegrecimiento de la piel, la lenta disminución de las funciones vitales. Durante cincuenta años. El no reconocerse ni a sí mismo cuando el cerebro deja de recibir la energía vital para funcionar. Es estar vivo pero no poder vivir, ni moverse, ni razonar, ni amar, ni decidir, ni descansar. Es tener dentro una tumba y sin féretro en derredor. Es una lenta espera, la espera de la verdadera muerte, que sin tener que desprender la cabeza del tronco brindará el descanso, ojalá. Los horrores son las sondas, las venoclisis, las jeringas profundas, la ingestión de suero y medicamentos, la inconsciencia educada del doctor, el tratar de arrancarse los cables del oxígeno para acortar la lentitud de la espera.

El enterrado vivo sabe que va a gritar y arañar y morirá asfixiado sin que nadie lo socorra. El agónico por asma sabe que morirá asfixiado pero no puede ya gritar ni arañar y se siente contemplado por aquellos que quisieran socorrerlo y no lo logran. El vampiro sabe que está muerto pero ha revivido y el origen de su sufrimiento está en su maldad innata y su condición de inmortal. El contaminado de los pulmones sabe que es mortal y que sufre, pero no entiende las razones metafísicas del sufrimiento, si alguna vez fue merecedor de él por su maldad o por su bondad o porque así estaba escrito por manos divinas. Sin duda será una muerte épica, porque se necesita gran valor para padecerla, pero el sentimiento heroico se neutraliza cuando no es deseado. El maldecido por la enfermedad respiratoria no la quiere padecer, así que no es un héroe ni un enterrado vivo ni un muerto en vida, es únicamente un despojo indefenso que no quiere morir pero que tampoco quiere vivir la vida que le queda. Son unos ojos vidriosos que se agrandan cuando ven sufrir a quienes aman y que cuando se cierran no dejan de ver esas lágrimas de los seres que los quieren; al dolor físico se aúna el dolor sentimental.

Hay demasiadas maneras terribles de morir y demasiadas situaciones terribles para existir. Se puede vivir por siempre en la fatalidad del hacer daño, se puede morir en un sitio hermético y oscuro sin que nadie se dé cuenta, y ambos procesos pueden recrearse con maestría en las páginas de un libro, causando terror, angustia y admiración. Pero cuando en la realidad la vida se convierte en muerte y la muerte se espera sin desearse para encontrar una distinta vida, sólo nos queda enmudecer.