Por: Antonio de Jesús Fuentes Ruiz.
“The good spirits may be invocated of us, or by us, divers ways, and they in sundry shapes and manners offer themselves to us, for they openly speak to those that watch, and do offer themselves to our sight, or do inform us by dreams and by oracle of those things which we have great desire to know”.
The book of the sacred magic of Abramelin the mage. Translated by S.L. Macgregor Mathers from the original Hebrew from a unique and valuable MS, in the “Bibliothèque de l´Arsenal” at Paris.
Para María Luisa Durán, creadora del cuento con ensayo.
Tengo junto a mí a un pequeño fantasma. Está vestido con algo parecido a una gabardina y porta una antigua gorra marinera. Me mira de frente, profunda y penetrantemente, cómo queriendo averiguar que pienso o acaso decirme algo. Curiosamente, lleva una pipa entre los dientes aun cuando es apenas un niño, un pillastre de edad indefinida que permanece sentado en el borde de una pared. Detrás está la nada. El muro, labrado con flores, tiene la espectral apariencia de una tumba. Es muy probable que lo sea. A la izquierda, apenas perceptible, un pequeño hilo negro que a primera vista parece un defecto, me indica que hay un árbol.
El deja vu es escalofriante. Se diría que estoy viviendo aquella vieja película de terror con fotografías de un faro y de una mujer que cae de espaldas al precipicio. Afortunadamente, si logro desviar mis ojos del pequeño retrato, podré volver a la realidad. Al intentarlo, consigo ver que el papel espera y que debo seguir escribiendo.
¿Es posible que las fotografías sean más que la constancia del paso del tiempo?, ¿qué no son únicamente un objeto conseguido con la ciencia aplicada a un fenómeno óptico?, ¿qué en ellas pueden distinguirse partes de la escencia del hombre, no en lo físico, sino lo verdadero e interno? Me pregunto esto mientras mi vista sigue obstinadamente fija en el retrato.
“Estar ahí, y disparar a tiempo”, es la frase con la que Vicente Leñero definió la oportunidad del fotógrafo para hacer de su trabajo un testimonio único. Y es que las fotografías preservan el tiempo, lo hacen un mensaje. Es un lenguaje, con todas sus formas y posibilidades, y con el se pueden, y se consiguen transmitir todas las palabras sin empleo de ninguna. Pero también algo más.
Hay fotografías llenas de sensaciones humanas, que muestran desde el amor, hasta el sufrimiento indescriptible. Entre ambas podemos encontrar algunas que son francamente perversas, cínicas, depravadas. Podría decirse que en ésas vive el espíritu dual imaginado por Steven en su Dr. Jekill. Recuerdo cómo ejemplo, la de Charles Manson, el asesino brutal de Sharon Tate, o las de Aleister Crowley, el nuevo mago de la estrella pentavalente. Uno no puede sustraerse del dolor y la repulsión al verlas, seguir cómo si nada luego de ver sus ojos, su rostro torcido. Caminar sin llenarse de pesares al sentir la fuerza con la que nos han robado parte de la vida. Han transcurrido décadas desde que fueron tomadas y sus crueles mensajes nunca terminan de darse, están frescos, cómo el primer día, cómo en el primer instante. Igual de presentes que en el momento cumbre de toda su maldad.
En la fotografía, puede jugarse con la creación de una fantasía o con la sustracción de un momento irrepetible. Confirmo con esto que una parte de razón, si no es que toda, la tienen los pueblos primigenios, los que no permiten que se les fotografíe, porque están seguros que en ése pedazo de papel impreso se ha quedado su alma. Siempre lo ancestral es lo más sensato. Lo instintivo lo más certero. En mi primer supuesto, los directores de cine, los magistrales, convencen al espectador de que lo que nos presentan es cierto. Fabrican fantasías. Imitan con su arte el efímero efecto de lo oscuro, y también lo bueno del hombre. Comulgar con el actor en un instante que luego la cámara transforma en eterno, para crear y legarnos una obra de arte, es robarnos el alma. No es en la secuencia, sino lo modesto de un solo cuadro, en donde podemos llenarnos del verdadero y auténtico sentido, el que nunca se olvidará por más que los años pasen. Llevan a nosotros en ése supremo momento, el sentimiento más puro y más noble, o nos empapan con el primitivo terror colectivo, el miedo ancestral a la noche. Al lobo cierto. O al Dios presente.
¿Y qué decir del profesional de la cámara? Yo afirmo que el fotógrafo tiene acceso al subconsciente: al suyo y al de los demás, que esa sería la razón por la que pueden disparar a tiempo. Sólo ellos pueden encontrarse en cualquier lado y verlo todo, advertir lo que los demás tenemos velado, para lo que estamos ciegos, y con su magia hacerlo evidente. No se trata de un reflejo, ni de un acto de estética automático, no. Es la posibilidad de alcanzar en un instante a comprender el interno del otro, lo complejo de las formas y el pensamiento, la necesidad de expresión acumulada ante su lente y capturarla para siempre. Cuando trabaja para un director de cine su labor se limita a reunir lo que aquel ha formado, pero cuando lo hace para sí, para nosotros, su mente y sus ojos ven lo que nadie más puede notar aunque lo tengamos enfrente. Se vuelve psicólogo, quiromántico, adivino… capta el futuro, el presente y el pasado, y lo atrapa para formar lo eterno. Todo ello me es revelado mientras sostengo en la mano el viejo retrato del niño con una gorra marinera, y sus ojos y mis ojos se sorprenden en una mirada.
Voy ahora a hacer un experimento. Me asusta. Detrás de mí hay un espejo. Me levanto, y llevando en la mano la vieja fotografía, la expongo frente a aquél. El reflejo acude fiel mostrando a su gemelo siniestro. El niño muerto me sigue viendo, ahora desde un cristal con azogue, volviéndose doblemente fantasma, doblemente irreal. ¿Cuál era tu nombre?, le pregunto. Afortunadamente no me responde.
¿Qué pensaba mientras otro le hacía un retrato? ¿por qué a pesar del tiempo no ha perdido la mirada inteligente y reveladora?. Es probable que su mente estuviera concentrada en otro punto, en uno lejano, quizá más grato. Imaginarme lo que ha vivido el pillete es mi ejercicio siguiente. Mientras mi mente divaga, volteo a verlo para confirmar o desechar cada teoría. Se diría que me contesta.
Me llegan de pronto las vistas horribles de los campos de concentración, de las hambrunas por sequía, de los accidentes y los atentados. De los cadáveres secándose al sol por efecto de las revoluciones, y más, muchas más formas e imágenes. Hay animales agónicos, caras desconocidas y al mismo tiempo cercanas. Algunas son rostros de líderes, peores que los asesinos directos, que por años dirigieron destinos y ordenaron crímenes al amparo del poder y de sus buenas intenciones. Hay también y por fortuna, manos dedicadas al trabajo, pies que pisan fuerte mientras avanzan, puños crispados al viento, armas que se rompen, muros que caen para reunificar naciones, flores, edificios y ciudades, lunas, y soles, que dan esperanzas para confirmar días mejores. Tengo presentes niños que juegan, mujeres que acarician apenas sus vientres fertilizados con el amor más perfecto, y bendigo entonces los nombres de Modotti, Weston, Höpker, Casasola, Benjamín Flores, Mayer, los Álvarez Bravo y a tantos, y tantos otros; muchos por fortuna, que incapaces de reunirse ahora en mi memoria, me han dado una ventana al corazón humano, ¡recuerdo tantos rostros!. Logro apartar del espejo mis ojos y me siento agotado en una silla. Todo ello se ha producido mientras absorbía por el reflejo del espejo, a mi pequeño fantasma.
Pasa poco tiempo. Tomo ahora amorosamente un retrato distinto. El de otro niño. Uno que fue y que me consta existió: soy yo mismo a la edad de 5 años. Todavía puedo reconocerme en él. Lo miro despacio y observo sus ojos, mis ojos, e intento penetrar en su mensaje, el que envié o envió a la capsula del tiempo el día lejano en el que me senté frente a una cámara anónima. Quisiera tener en algún oculto lugar de la memoria las sensaciones de aquel momento. Quizá si me concentro lo suficiente, dé con ellos, y pueda volver a vivir lo que hace casi cuarenta años me definía. Mi fantasma personal también debe decirme algo. Lo intento, pienso, quiero sentir… creo recibir un mensaje. Más no, me engaño.
Levanto el otro retrato, el primero, el del pequeño sentado en lo que creo es una tumba, y con los dos ya en las manos, me aproximo de nuevo al espejo. Ahora en el reflejo, con seis pares de miradas penetrantes, incluyendo la mía en el presente, intercambiamos nuevos y cifrados mensajes. Frescas aun las imágenes descritas, mi cuerpo se queda cómo hipnotizado: expectante, paralizado. El tiempo parece detenerse. Y vuelven a proyectarse recuerdos dentro de mí. Los revivo en blanco y negro, otros en sepia, muchos en colores imposibles. Estoy confundido. Acaso algunos no sean míos… ¿pero de quién son entonces?... hay más y más imágenes que no son familiares, son absurdas, no me pertenecen. Y van sustituyendo las que confieso haber vivido o por lo menos visto. Sudo, pero no puedo apartar lo ojos del espejo. Ni siquiera cerrarlos. Nos miramos todos, hablamos los tres sin requerir de palabras…
De pronto, el teléfono suena. Doy un salto y agradezco estar ya fuera del hechizo. Nadie contesta…
jueves, 26 de noviembre de 2009
domingo, 22 de noviembre de 2009
El surgimiento de la educación superior para indígenas de ayer y hoy
Por: Cynthia Rodríguez de Jesús
No es de sorprender que, desde los inicios, el tema de la educación superior haya sido desarrollado en conjunto con el discurso de la cultura nacional mexicana. Podemos imaginar a Justo Sierra o a José Vasconcelos declamar entre bellas alegorías y metáforas a favor de la universidad y las bondades que esta traería a quienes conformamos México; los mestizos. Sin embargo, (y tampoco es para asombrarse) se excluyeron de estas instituciones -lugar para las fiestas del progreso y el nacionalismo- a los indígenas.
A través de la historia de la educación pública, los detentadores de ésta han tocado el tema de los indígenas únicamente en tres niveles; primaria, secundaria y carreras técnicas referentes a la educación indígena , olvidando el nivel superior pues se consideraba que no lo necesitaban, pues consideraban que si los indígenas apenas podrían aprender el idioma castellano, no era posible apoderarse de conocimiento científico y universitario. Sin embargo, ésta no fue olvidada del todo, pues hay dos épocas en que la educación superior para indígenas fue y es desarrollada; la primera es la recién establecida colonia y la segunda en el periodo actual.
Para el primer caso, en 1573 se crea el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, que tenía como objetivo criar la futura nobleza novohispana que fuera capaz de administrar las tierras recién santificadas . Para ello se eligieron a los jóvenes de la nobleza indígena que representaban para sus pueblos la autoridad. Podían realizar estudios superiores, como; filosofía, teología, lógica y latín. Aquí se forjaron los primeros clérigos indígenas. Sin embargo, el proyecto no llegaría más allá de 15 años, pues, por un lado, los descendientes de españoles no apoyaron la institución y por otro lado los mismos indígenas se negaron a ejercer el voto de castidad .
A este proyecto educativo (o evangelizador) se sumaron al poco tiempo otros, como; el Colegio de San José de los Naturales. Posteriormente la orden de los jesuitas inauguró el Colegio de San Gregorio, destinado a la educación de los indígenas que pudieran hablar castellano y tuvieran conocimientos de latín. En estas sedes los indígenas nobles se les permitía escribir sobre las culturas prehispánicas y ser instruidos en la lengua indígena (pues los religiosos se esmeraron por conocer las lenguas prehispánicas), al mismo tiempo se ilustraron sobre los conocimientos occidentales y los utilizaban para el beneficio de sus comunidades indígenas a condición de su conversión a la fe católica.
La segunda época, nos remite a la actualidad, en dónde la educación superior es disfrutada por una pequeña fracción de la población mestiza; sólo el 10% , de esta, ya de por sí reducida cantidad, el 1% proviene de alguna etnia indígena. En respuesta a estas alarmantes cifras, son las organizaciones indígenas quienes consideran pertinente crear las primeras universidades para indígenas ; en Sinaloa se da apertura en 1998 la Universidad Indígena de México, tiempo después, en Sonora, los Yaquis harían lo mismo, para el año 2000. Estados con mayor densidad indígena, como Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Yucatán se desarrollaron universidades para indígenas, unas como resultado de la inconformidad del trato marginal y otras como necesidad material y afán reconciliador. Lo interesante de estos innovadores proyectos (entre otras cosas) es que son el reflejo de una coyuntura tanto social como política para los pueblos indígenas, en los que influyen diversos factores, aquí señalare sólo dos: el demográfico y político.
En el primero, la transformación de datos cuantitativos de la población indígena ha crecido a cifras considerables, pues en el año de 1990 los indígenas representaban el 7% de la población total del país, para 2001 se estimó que esta población representa el 13.5% . La demanda de servicios y niveles de organización se han acrecentado.
El segundo factor está referido a los movimientos sociales, como el gastado Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) o la Policía Comunitaria de Guerrero, que ha tomado un papel protagónico en las demandas por los derechos a la cultura y la educación indígena, cuestión que fue uno de los puntos importantes a discusión en los encuentros de San Lazaro.
Frente a las presiones y el crecimiento de proyectos educativos autónomos a las instituciones gubernamentales, la recién nacida Coordinadora General de Educación Intercultural y Bilingüe (CGEIB) de manera apresurada decide la creación de diez universidades interculturales, que estarían ubicadas en zonas con alta densidad indígena, pero sobre todo en lugares donde la efervescencia por la autonomía indígena resonaba con fuerza .
Estas sedes fueron aglutinadas en un proyecto llamado: La Red de Universidades Interculturales, cuyo objetivo está centrado en la profesionalización de los jóvenes indígenas, para que éstos a su vez germinen proyectos en las comunidades a las que pertenecen y de esta manera incentivar el desarrollo de las regiones y por supuesto de la nación. El problema esta justamente de qué tipo de desarrollo estamos hablando –para qué y para quien. Esta misma cuestión ya se había planteado en la época de la colonia en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco -aunque no con los matices que ahora existen- pues la educación para indígenas puede representar o bien un giro hacia el desarrollo autónomo o de la asimilación mediante la educación.
Estos dos proyectos de educación para los pueblos indígenas, aunque separados por poco menos de 500 años, convergen en que las bases para el surgimiento de las propuestas para la educación superior para indígenas, responde básicamente al interés por la asimilación de los indígenas en el mundo ya sea colonizado o globalizado. Sin embargo, actualmente existen diversas propuestas propias de las comunidades indígenas que se desarrollan en torno a la reivindicación de los pueblos indígenas y la autonomía, olvidando el asistencialismo del gobierno, cada año, se crean más sedes alternas para los indígenas. En los próximos años se podrán ver los resultados de estos esfuerzos que hasta pintan un futuro incierto, tal como hace 500 años.
No es de sorprender que, desde los inicios, el tema de la educación superior haya sido desarrollado en conjunto con el discurso de la cultura nacional mexicana. Podemos imaginar a Justo Sierra o a José Vasconcelos declamar entre bellas alegorías y metáforas a favor de la universidad y las bondades que esta traería a quienes conformamos México; los mestizos. Sin embargo, (y tampoco es para asombrarse) se excluyeron de estas instituciones -lugar para las fiestas del progreso y el nacionalismo- a los indígenas.
A través de la historia de la educación pública, los detentadores de ésta han tocado el tema de los indígenas únicamente en tres niveles; primaria, secundaria y carreras técnicas referentes a la educación indígena , olvidando el nivel superior pues se consideraba que no lo necesitaban, pues consideraban que si los indígenas apenas podrían aprender el idioma castellano, no era posible apoderarse de conocimiento científico y universitario. Sin embargo, ésta no fue olvidada del todo, pues hay dos épocas en que la educación superior para indígenas fue y es desarrollada; la primera es la recién establecida colonia y la segunda en el periodo actual.
Para el primer caso, en 1573 se crea el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, que tenía como objetivo criar la futura nobleza novohispana que fuera capaz de administrar las tierras recién santificadas . Para ello se eligieron a los jóvenes de la nobleza indígena que representaban para sus pueblos la autoridad. Podían realizar estudios superiores, como; filosofía, teología, lógica y latín. Aquí se forjaron los primeros clérigos indígenas. Sin embargo, el proyecto no llegaría más allá de 15 años, pues, por un lado, los descendientes de españoles no apoyaron la institución y por otro lado los mismos indígenas se negaron a ejercer el voto de castidad .
A este proyecto educativo (o evangelizador) se sumaron al poco tiempo otros, como; el Colegio de San José de los Naturales. Posteriormente la orden de los jesuitas inauguró el Colegio de San Gregorio, destinado a la educación de los indígenas que pudieran hablar castellano y tuvieran conocimientos de latín. En estas sedes los indígenas nobles se les permitía escribir sobre las culturas prehispánicas y ser instruidos en la lengua indígena (pues los religiosos se esmeraron por conocer las lenguas prehispánicas), al mismo tiempo se ilustraron sobre los conocimientos occidentales y los utilizaban para el beneficio de sus comunidades indígenas a condición de su conversión a la fe católica.
La segunda época, nos remite a la actualidad, en dónde la educación superior es disfrutada por una pequeña fracción de la población mestiza; sólo el 10% , de esta, ya de por sí reducida cantidad, el 1% proviene de alguna etnia indígena. En respuesta a estas alarmantes cifras, son las organizaciones indígenas quienes consideran pertinente crear las primeras universidades para indígenas ; en Sinaloa se da apertura en 1998 la Universidad Indígena de México, tiempo después, en Sonora, los Yaquis harían lo mismo, para el año 2000. Estados con mayor densidad indígena, como Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Yucatán se desarrollaron universidades para indígenas, unas como resultado de la inconformidad del trato marginal y otras como necesidad material y afán reconciliador. Lo interesante de estos innovadores proyectos (entre otras cosas) es que son el reflejo de una coyuntura tanto social como política para los pueblos indígenas, en los que influyen diversos factores, aquí señalare sólo dos: el demográfico y político.
En el primero, la transformación de datos cuantitativos de la población indígena ha crecido a cifras considerables, pues en el año de 1990 los indígenas representaban el 7% de la población total del país, para 2001 se estimó que esta población representa el 13.5% . La demanda de servicios y niveles de organización se han acrecentado.
El segundo factor está referido a los movimientos sociales, como el gastado Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) o la Policía Comunitaria de Guerrero, que ha tomado un papel protagónico en las demandas por los derechos a la cultura y la educación indígena, cuestión que fue uno de los puntos importantes a discusión en los encuentros de San Lazaro.
Frente a las presiones y el crecimiento de proyectos educativos autónomos a las instituciones gubernamentales, la recién nacida Coordinadora General de Educación Intercultural y Bilingüe (CGEIB) de manera apresurada decide la creación de diez universidades interculturales, que estarían ubicadas en zonas con alta densidad indígena, pero sobre todo en lugares donde la efervescencia por la autonomía indígena resonaba con fuerza .
Estas sedes fueron aglutinadas en un proyecto llamado: La Red de Universidades Interculturales, cuyo objetivo está centrado en la profesionalización de los jóvenes indígenas, para que éstos a su vez germinen proyectos en las comunidades a las que pertenecen y de esta manera incentivar el desarrollo de las regiones y por supuesto de la nación. El problema esta justamente de qué tipo de desarrollo estamos hablando –para qué y para quien. Esta misma cuestión ya se había planteado en la época de la colonia en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco -aunque no con los matices que ahora existen- pues la educación para indígenas puede representar o bien un giro hacia el desarrollo autónomo o de la asimilación mediante la educación.
Estos dos proyectos de educación para los pueblos indígenas, aunque separados por poco menos de 500 años, convergen en que las bases para el surgimiento de las propuestas para la educación superior para indígenas, responde básicamente al interés por la asimilación de los indígenas en el mundo ya sea colonizado o globalizado. Sin embargo, actualmente existen diversas propuestas propias de las comunidades indígenas que se desarrollan en torno a la reivindicación de los pueblos indígenas y la autonomía, olvidando el asistencialismo del gobierno, cada año, se crean más sedes alternas para los indígenas. En los próximos años se podrán ver los resultados de estos esfuerzos que hasta pintan un futuro incierto, tal como hace 500 años.
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