martes, 20 de abril de 2010

DE LA MESA AL BOSQUE

Por: Antonio de Jesús Fuentes Ruíz


En realidad es un helecho, uno de Australia, de donde son los canguros. Mi papá lo puso al fondo, entre los árboles con los que empieza el bosque. Se veía bonito de lejos, con sus hojas grandes, grandes y bien verdes que el viento movía. Lo feo empezaba cuando te acercabas, cuando veías sus lenguas horribles, como de camaleón, peludas, enroscadas en ellas mismas. Son oscuras, duras, cafés y amarillas. Dan asco.

Me dieron miedo de inmediato. "Son hojas nuevas, me dijo papá", son como los bebes de las plantas. "Cuando crecen se desenrollan y se vuelven verdes, como las otras". Y sí, era cierto, así se volvían, pero lo que mi papá no alcanzaba a ver es que cada vez eran más, y más, y cada vez eran más grandes. Pronto tuvieron un tronco. Bueno, no exactamente un tronco, sino un montón de futuras hojas en bolas peludas y blandas como los tumores que le salieron al viejo Chad, el sabueso, y que un día no volvió con papá de su visita al veterinario.

Mi papá lo quería mucho. Sobre todo cuando lo fotografío y vinieron aquellas señoras del club de jardinería a verlo. Me acuerdo que le dieron un listón azul cielo y que estuvieron tomando té en el jardín. Lo raro es que no se acercaron al helecho. Y con razón. No se parecía a ninguno que hubiera por el rumbo. Daba miedo a todos. Menos a mi papá, que inclusive hablaba con él. Yo lo escuché una vez, mientras lo acariciaba y entrecerraba los ojos, como cuando mamá vivía y el se acercaba a darle un beso.

Luego vi aquello. ¡Qué miedo me dio! ¡Fue horrible!. Recuerdo que era una mariposa, una de colores brillantes, azul con negro, muy rara. Se acercó a la base del helecho, a dónde el sol nunca llega y sus hojas nuevas son como alambres pequeños y retorcidos. No podía creerlo. La hoja nueva se estiró como un rayo y atrapó a la mariposa. La llevó luego al centro, entre las hojas, a una boca horrible, de color negro, como un coco lleno de fibras. En un segundo, la mariposa había desaparecido. Salí corriendo y no me acerqué en varios días.

Hice bien, porque el único que podía estar cerca de ella era papá. Todo lo demás, pájaros, insectos, y hasta un cochinillo, desaparecieron de la misma forma que la mariposa. Dependiendo del tamaño de lo que se acercaba, era la hoja en formación que lo atrapaba. Nadie más que yo parecía darse cuenta.

Una tarde, con mucho cuidado me acerque un poco... y salí corriendo. Una hoja nueva, llena de pelo, como todas, pero del grosor del brazo un hombre estaba naciendo. Sería enorme, lo más grande que nunca hubiera crecido en esa planta monstruosa. Se había vuelto un peligro. Mi papá estaba contento, veía su listón azul y decía que pronto obtendría otro. Inclusive limpió el área que rodeaba al helecho para hacerlo destacar todavía más. Yo tenía miedo. Mucho.

Entonces vino aquella tonta fiesta. Allí estaba Alexis, burlándose de mí y jalándome el pelo. Me hizo llorar. Me llené de rabia y lo derribé de un empujón. Se enojó conmigo, y me persiguió. Corrí hacia el helecho, estaba furiosa. Corrí y corrí para que no me alcanzara.
Papá no ha vuelto. Está en la comisaría, con los otros padres, coordinando la búsqueda de Alexis en el bosque. No parece saber nada. Yo le he llevado al helecho un pedazo del pastel de la fiesta. No pareció gustarle. Creo que prefiere las cosas que pueden moverse. Desde ahora, somos amigos.

miércoles, 10 de febrero de 2010

LA FLOR DE LA FELICIDAD

Por: Antonio de Jesus Fuentes Ruiz

El hijo de Kirkpatrick está enamorado, y Be, la bella joven que su corazón ha elegido, llora en silencio. Sabe que sus padres prefieren que ella sea la esposa de un noble, y que jamás aceptaran a un huérfano, aún cuando este haya sido hijo de un guerrero.

Cuando al fin llega la noche, el joven, en contra de sus deseos de alejar todo pensamiento de aquel que no sea ese amor imposible, sueña con el relato mil veces contado por su abuelo: la historia de la flor de la felicidad, que mágica y extraña nace en la cumbre de la montaña azul, que es la morada de los dioses.

Con palabras exactas su mente reproduce la narración contada al calor del fuego, en aquellos momentos de paz, en los que el cielo estrellado y el mar en calma, daban tregua al cuerpo cansado.

“Alguna vez un guerrero buscará para el clan la flor de la felicidad. Irá sólo, sin más ayuda que la de su corazón y encontrará el camino a la cima de la montaña prohibida. Comprobará su hazaña trayendo de vuelta al templo la piedra gemela de color púrpura que custodian las vírgenes. La sola contemplación de la flor, le dará la fuerza eterna que transmitirá a los demás guerreros y así se reiniciarán las conquistas. Se vencerá siempre, y conseguiremos la salud y la felicidad nuevamente”.” El héroe será premiado con lo que su corazón desee, y su nombre será perpetuado entonces por los siglos, al lado de los dioses”. “Nadie ha vuelto”, “nadie ha ido más”, y por eso nuestra miseria es grande, y la cobardía es la vergüenza que hace que seamos polvo que el viento barre… Así sueña el hijo de Kirkpatrick, y al despertar, su alma concibe una esperanza.

Descalzo, con un manto de piel de oveja, portando únicamente sus sueños y la daga de su padre para enfrentarse al mundo, el joven se presenta ante el consejo de ancianos. Solicita con la arrogancia que da la inexperiencia, el permiso para ir a la montaña.

Los viejos se miran asombrados y hubieran reído de buena gana ante las pretensiones del hijo de Kirkpatrick, de no ser por la mirada decidida del joven y la pronta respuesta del padre de Be, quien puesto abruptamente de píe, golpea con el puño el escudo de conquista y precipita la aprobación. Desea en el fondo que esa fantasía aleje al pretendiente y pasado el plazo de una luna, poder casar sin oposición a su hija con el que él elija.

La noticia corre, el joven es aclamado mientras las mujeres ocultan su pena de no tener entre los suyos a hombres de aquel valor, y unidas en ese sentimiento, confeccionan para aquel valiente un traje de viaje con fuertes sandalias y un abrigador manto de color rojo.

Be, la hermosa novia, viste su ajuar y su corona de flores jurando ante los dioses esperar con fidelidad y alegría el retorno del amado. Los más fieles amigos del hijo de Kirkpatrick lo acompañan hasta donde es permitido, y encienden una fogata que servirá como faro y esperanza al guerrero. El plazo inicia.

Es preciso ahora hablar de la montaña, de la razón por la que es inaccesible. No es su altura, de por sí impresionante, el obstáculo; ni tampoco el que esté custodiado por dragones: Es su forma y su tamaño. Con la apariencia de una espina clavada en la tierra, su anchura es inconmensurable y sus paredes lisas como un guijarro pulido por la corriente.

Cuando el joven llega a ella, la observa desde abajo. Subir parece imposible, aún cuando se contara con varios hombres con cuerdas y firmes asideros; pero es condición del reto que se ha de llegar sólo a la cumbre. Estando ya allí, el joven se enfrenta a la realidad, y lleva su ánimo a las primeras dudas.

Después a un nuevo intento, se da paso al miedo, luego al intuitivo convencimiento de que es imposible y de ahí de nuevo a la esperanza, aunque cada vez con menos intensidad. No se rinde.

Cada paso es un avance y él camina. Pasan los días, sigue alrededor de su enemigo, venciendo a las fieras custodias. Su mente y sus ojos, su cuerpo todo, después de días de esfuerzo están cansados y buscan afanosamente la forma de iniciar el ascenso. Cada minuto es perdido y su humillación ante ello insoportable.

El hijo de Kirkpatrick pide a los dioses una oportunidad. La soledad le pesa y le abruma. Piensa ahora que acaso la solución es emplear en el mismo la daga de otras guerras, y decide esperar sólo un día más. Cansado, cae.

El olor a tormenta invade el mundo. El mar lanza espuma gris a la tierra con sus espadas de sal. El cielo negro, cargado de inmensas nubes, comienza a vaciarse en un diluvio. El trueno ilumina la tierra presagiando destrucciones.

Cuando el muchacho abre los ojos contempla con gratitud un milagro. Llena de la luz que proviene del rayo, la mole parece dividida. El fuego del cielo le muestra el secreto de la montaña: es hueca. Al centro de la misma, en un raro capricho, inicia una espiral que es como una escalera. La luz que viene del cielo se filtra desde arriba de la enorme hendidura proyectando sombras fantasmales. Una gruta es la entrada y permite el acceso al primer peldaño. El hijo de Kirkpatrick inicia así en paz el camino a la inmortalidad.

Ascendiendo por el interior de su enemiga, la marcha es lenta y difícil, más ya se está en camino. Si alguna vez alguien había tomado antes esa senda, debieron ser seres fabulosos, y el ahora, repite la hazaña. La tormenta ha cesado y las estrellas poco a poco iluminan el pedazo de cielo que se amplía conforme se llega a la meta. Be de alguna forma misteriosa, está con él y anima sus pasos.

Cuando su pié alcanza la salida, sus ojos contemplan asombrados al amanecer y los colores con los que el sol pinta el día: de un lado está el mar, ahora en calma, con su profundo e insondable azul y gris, y del otro lado, la tierra bendecida con sus cuarenta de tonos de verde.

Ha llegado a la cúspide y allí, en un altar, está la piedra gemela del templo, ahora lavada por la descomunal tormenta. El joven la toma, orgulloso. Sin embargo no se ve nada más en aquella planicie, y su corazón y sus ojos, buscan la flor de la leyenda, la de la felicidad, aquella que cumplirá sus deseos y que llenará sus ojos de verdad alejando para siempre todas sus dudas y temores. Recorre cada palmo, cada pequeña hendidura, más no encuentra nada. La flor de la felicidad no existe. Desolado, inicia el descenso.

Cada paso es para él más difícil y observa a la luz de la razón la meta del retorno, sorprendido y extasiado de su propia audacia. Ahora su alma esta llena de nostalgia y agradecimiento. Aunque no existe tristeza en sus pasos, tampoco hay alegría: ha fallado en su misión y no ha conseguido el objetivo. El sólo llegar no tiene mérito, hace falta la flor de la felicidad. A lo lejos, la fogata sigue siendo fiel espera y guía del camino.

Ahora le duele la pérdida de la libertad y la tranquilidad que antes tenía sabiendo que seguía una meta clara. También es consciente de que al estar entre los suyos nuevamente, su honor hablará por él y deberá decir que ha fallado. Nunca verá a Be, ni hará la guerra.

Ante la hoguera, sus camaradas visten de fiesta, llevan las sienes coronadas de floresta y acompañan su entusiasmo con cantos y música. Le han visto a lo lejos y saben con certeza que ha cumplido, pues nadie en deshonor hubiera tenido la osadía de volver y el hijo de Kirkpatrick en cambio, está de vuelta.

Ante la noticia la bella Be renueva las flores de su corona y desafiando a sus padres sale al camino vestida de novia: los niños y las jóvenes, prontamente engalanadas, son su séquito, y la siguen con lágrimas en los ojos. En los altares, el incienso precioso se enciende a los dioses. Así el grito resuena:

¡Hijo de Kirkpatrick! ¿La has encontrado?

Un silencio expectante cubre la tierra.

Los dioses son compasivos con quienes acuden con toda fe a ellos, y antes de que el valiente responda lo que cree en verdad, el manto piadoso de lo divino llena de luz su entendimiento, y con un grito poderoso y convencido, el joven eleva la voz emitiendo un poderoso clamor que llena el mundo:

¡Sí! ¡La he hallado!

Se cuentan todavía después de siglos, las grandes bodas de los jóvenes amantes y la confirmación sobre la fuerza que el héroe transmitió al clan después de conocer y llevar dentro de él la flor de la felicidad. Conocidas son también todas las conquistas guerreras y el progreso de aquel pueblo invencible. Más… ¿Mintió el hijo de Kirkpatrick? ¿Falló en su verdad, perdió el honor?

La respuesta es no.

Su mente y su espíritu comprendieron al fin que la flor de la felicidad estaba presente en aquel momento, que tenía forma de mujer y que se llamaba Be.

En el camino de la vida los hombres buscan siempre la misma flor. Algunos la encuentran en la cima de una montaña, otros en el camino a ella, otros en el retorno de ese andar, o en el amor, la responsabilidad, el goce de lo bello o el hacer bien a los otros, algunos más en el recuerdo de otros tiempos, o en ver crecer hijos y nietos, pero siempre, en un supremo consuelo han de hallarla, pues la felicidad, hijos de los hombres, se encuentra en la contemplación de los deseos cumplidos, o en la esperanza de alcanzarlos.

martes, 26 de enero de 2010

TATUAJE GUADALUPANO



Un cuento de Juan José Medina Guízar




No hubo necesidad de traer a nadie,
ya todos estaban ahí.


No era para menos la admiración que Ramiro Gamba generaba entre los reos y autoridades del penal donde purgaba condena. Tenía tatuada a la virgen de Guadalupe en todo su torso. La cara de la virgen empezaba en el cuello y los pies terminaban en su sexo. Si hasta parecía que el cuerpo de Ramiro Gamba había sido diseñado para lienzo de la Guadalupana. A la hora del baño todos los presos buscaban entrar al mismo tiempo que Ramiro Gamba para santificarse. Algunos sólo se contentaban con verla, aunque fuera de lejos, a través de las pequeñas ventilas que rodeaban el galerón, aquello era una romería todas las mañanas. Esas enormes y frías galeras se llenaban del calor humano generado por tantos reos seguidores de la morenita. Una de las enormes ventajas que Ramiro Gamba tenía era que nadie se atrevería a apuñalarlo, Porque “eso sería pecado y de los grandes”, como decía Diódoro Chabot, al que apodaban el "Topo". El "topo" era compañero de celda de Ramiro Gamba. Ramiro Gamba se paseaba por los patios del penal con la camisa siempre abierta y los pantalones que le proporcionaban en el penal los traía a la cadera. Ramiro Gamba los mandaba arreglar con Tarsicio Creel, apodado “el sastrecillo valiente”, el costurero del reclusorio. Tenía una cierta caída de ojos, rara. A consecuencia de haberse puesto gotas de limón por más de un año, recomendadas por el yerbero de su colonia. Por la simple razón de que le amanecían colorados por las mañanas. Hasta que un día amaneció con los ojos cerrados, llenos de lagañas y ya nada se pudo hacer para que los abriera completamente de nuevo. Como resultado le quedó esa caída de ojos medio extraña, razón para que muchos presos dijeran que era puto. Ramiro Gamba le había pedido al sastrecillo que a sus pantalones les realizara un diseño moderno y a la cadera, para que dejara ver lo más que se pudiera de la imagen santa. ¡claro! que sin caer en lo prosaico y mucho menos en lo extravagante.


Ramiro Gamba presumía que el tatuaje se lo habían hecho en el gabacho, en uno de los muchos brincos que se había echado para matar a unos compas que se la debían. Se lo hicieron unos batos que le hacían trabajos a Madonna y a un luchador llamado Sena. Decía el "Topo" que una vez, Ramiro Gamba le había contado que el material que utilizaron para tatuarle la imagen, eran remanentes de pintura fluorescente que utilizaba la N.A.S.A. para sus naves espaciales. Por lo que su celda, todas las noches, permanecía iluminada tenuemente, luz que aprovechaba el topo para leer su libro vaquero, pues a las ocho en punto cortaban la corriente y toda el área de celdas quedaba en penumbras. Desde el primer día que a Ramiro Gamba se le ocurrió colgar un bote por fuera de su celda, solicitando ayuda económica para la manutención de la imagen, no hubo día que no le cayeran por lo menos cinco pesos.


Luis Alberto Zamacona, alias el “Tonel”, despiadado sicario de la zona mazatleca, en un acto de alevosa envidia, quiso tener una imagen semejante, por lo que le pidió a Jorge Yepez que se la tatuara a la mayor brevedad, que por dinero no se preocupara pues le había caído una lana que le envió su jefecita. “te la voy a pagar bien pagada, cabrón”. Jorge Yepez el famoso falsificador de cheques de viajero y bonos del Tesoro mexicano, detenido porque en una ocasión que realizaba un retiro de su propio dinero, en su propio banco, dudaron de su firma y al cotejarlo apareció en el archivo de la PGJ su foto, aunque con otro nombre y ahí mismo lo aprehendieron. Jorge Yepez, “El Falsas” había sido un excelente dibujante, pero el tiempo y el encierro habían dañado muchas de sus habilidades, la mayoría de éstas se habían perdido casi en un noventa por ciento, sin tomar en cuenta el mal de parkinson que lo había atacado unos años atrás. Otra cosa que perjudicó el trabajo fue la tinta utilizada, tinta de una pluma werever caravel, punto fino tan vieja y tan reseca a causa de que llevaba varios años guardada dentro de un bote en la celda de Yepez, la tinta no aguantó ser mezclada con la grasa que el “Tonel” mantenía bajo su pellejo. Otros dicen que más bien fue un castigo divino, porque la imagen de Ramiro Gamba era la oficial. Los primeros días la imagen “chafa” del “Tonel” no estaba tan mal, tal vez un poco borrosa en el contorno de la cara y en una que otra estrella. Una imagen tristona en su composición, porque sólo estaba hecha en un solo color, que era el azul marino y al estar tatuada de ese modo, no la hacía llamativa. Fue un domingo cuando el “Tonel”, después de haber dormido hasta tarde, se dio cuenta que la imagen se le había chorreado toda, por todos los poros de su enorme barriga. Convirtiendo al “Tonel”, en un enorme moretón ambulante.


Ramiro Gamba aprovechaba los días con sol para asolear a la morenita del Tepeyac. Los domingos, para la misa del padre Salgado, lo tomaban como estandarte, el mismo padre decía que nunca había visto una imagen tan prodigiosamente realizada y él era un experto en el tema. “En el cuerpo de Ramiro Gamba es como si cobrara vida”. Los años pasaron y Ramiro Gamba fue imbuido por un fervoroso espíritu religioso, a causa del respeto que todos los reclusos le brindaban. Esto hizo que cambiara completamente su actitud de sicario sinaloense a un verdadero Karol Wojtyla, eso era ahora el multiasesino: un santo, un verdadero santo. Algunos llegaron a decir que en el fondo de los ojos de Ramiro Gamba y tras esa mirada glacial y nada amistosa se veía la imagen de la virgen. Esto tendría que ser muy en el fondo de sus ojos, porque su rostro sí era el de un verdadero hijo de la chingada. Aprendió palabras en latín para santificar a los compañeros que se lo solicitaban y cultivó el arte de escuchar. Esto lo hizo escalar estatus dentro de la mafia presidiaria, se volvió respetado por la mayoría del gran grupo de hijos de puta que controlaban el penal. Después empezó a correr el rumor de que había sido sentenciado injustamente, se llegó a pensar que alguien del Vaticano intervendría para sacarlo de su cautiverio. Pero la verdad fue que ni los sacerdotes, ni las autoridades movieron un solo dedo para su liberación, muy al contrario, le cargaron nuevas acusaciones, lo que sumó una sentencia de dos cadenas perpetuas y tres días, asegurando su estadía por los siglos de los siglos en aquel presidio. Claro que todo esto se hizo sin que Ramiro Gamba tuviera la más mínima idea de lo que ocurría. La fuerza milagrosa de la imagen era tal, que llegó una solicitud del reclusorio Oriente para que Ramiro Gamba fuera extraditado para allá.


Obviamente, ante la negativa rotunda de don Natividad Garza, que era el director del penal. “Por ningún motivo y de ninguna manera se dará la autorización para que Ramiro Gamba sea extraditado, removido o cambiado de este penal”. Esto lo declaraba con el rostro engarrotado por la molestia.


Al crecer la fama y los milagros que le eran atribuidos a la imagen, en un boca a boca interminable, llegaron reporteros de las televisoras de todo el mundo. Hubo un reportaje especial del Discovery chanel, cuya aportación fue una colección de libros religiosos para la biblioteca del penal, y ninguna gratificación para Ramiro Gamba. “Culeros, ni un pinche dólar me dieron”. Llegaron muchos periodistas a pedirle consejo acerca de los problemas nacionales. Ya para ese tiempo, las palabras que emanaban de Ramiro Gamba parecía que las pronunciaba la mismísima Virgen. Llegó el momento en que las cámaras desdeñaban el cuerpo y la persona de Ramiro Gamba. Las tomas televisivas solamente enfocaban del cuello hacía bajo. “La pura imagen” decían los directores de cámara.


Como la imagen empezaba exactamente en el cuello de Ramiro Gamba, la nariz y la boca de la virgen estaban tatuadas sobre la manzana de Adán y cada vez que Ramiro Gamba tragaba o la movía parecía que la virgen masticara algo o que quisiera mandar un mensaje de paz a su pueblo. Un reportero llegó a decir que hasta calientita estaba. Detectaron a muchos visitantes falsos que alquilaban reclusos por una paga mensual, para poder tener un pretexto y de ese modo entrar al reclusorio los domingos, uno de los días en que Ramiro Gamba se paseaba por el patio central, y así poder ser testigos del estandarte viviente. Cuando el “Azteca” y el “Chololo” empezaron con sus intrigas, empezaron los problemas para Ramiro Gamba. El “Chololo”, profundamente molesto, lo acusaba de una posesión ilegal de la imagen y que deberían despellejarlo y hacer un cuadro con su piel, un retablo que estuviera de fijo en el recibidor, para que todos los familiares de los presos pudieran persignarse al llegar a su visita. El “Azteca” no era tan extremoso, ni tan malintencionado, él sólo solicitaba que encerraran a Ramiro Gamba en una celda de cristal y que fuera móvil, que lo bañaran todos los días, y disponer de él en el momento en que se le solicitara. Por ejemplo: para los miércoles y jueves lo pondrían cerca del pasillo donde se encontraban los cuartos para la visita conyugal, el domingo por la mañana en la recepción para que todos se santificaran frente a él, más tarde llevarlo al auditorio donde se celebraba la misa oficial. El “Chambotas”, por su parte, hacía airadas protestas, diciendo: “es un verdadero sacrilegio que los piecitos de la santa estén cerca del sexo de ese cabrón que ahora se las da de santo”.

Ramiro Gamba empezó a enflacar de forma notoria e inexplicable y las estrellas que circundaban a la Virgen tomaron una apariencia de tercera dimensión al estar sobre la piel que ya se pegaba a sus costillas. Era notoria su pérdida de salud y de peso. Una palidez cadavérica lo acompañaba siempre. Hasta el punto de que muchos reos empezaron a temer por su vida, al presentir el riesgo que corría la imagen al estar en un cuerpo tan venido a menos.

Fue una tarde de junio, un martes trece. Mientras Ramiro Gamba estaba sentado en una banca del patio central, dándole las últimas fumadas a una bacha de mota, mirando los volcanes que estaban rebosantes de nieve, y pensando: “la vida no ha sido tan mala al fin y al cabo”. En ese momento exacto, se le acercó la doctora Frígida Cienfuegos y le anunció: “después de los estudios que le hemos practicado, descubrimos que tiene usted un tumor maligno en el cerebro, un tumor del tamaño de una uva”. Se lo dijo fríamente, sin ningún rasgo de compasión, y mirándolo directamente a los ojos.


“¡Me lleva la chingada… que pinche suerte! ahora que nos estaba entrando más lana, entre la venta de los recuerditos que hacen nuestros propios presos y las visitas guiadas, casi triplicamos nuestros ingresos. Chingada madre… en que momento se nos viene a enfermar este pendejo. Bueno, bueno, aquí ya Ramiro Gamba no tiene la menor importancia, lo que nos debe ocupar es la imagen.” Esto fue lo que expresó don Natividad Garza al conocer la mala noticia.


Después de pensar en cómo mantener la imagen, la directiva se enfocó en encontrar a alguien que se hiciera cargo del delicado proyecto. El director del penal, en un interés por la comunidad presidiaria, mandó llamar a Vladimir Yunosky, el gran taxidermista ruso-judío que entre sus más legendarias proezas estaba la de mantener el cuerpo de Lenin en perfecto estado. Este Vladimir Yunosky era nieto de Yazkin Yunosky e hijo de Anatoli Yunosky y único heredero de los secretos que mantenían la piel muerta viva por siglos.


El día que llegó a revisar a Ramiro Gamba se desilusionó del estado en que su piel se encontraba. Por tal motivo les dijo que no podía garantizar la permanencia perpetua de la piel de Ramiro Gamba. Los ojos de Vladimir Yunosky recorrieron la famosa imagen y después de algunas preguntas, en un diagnóstico minucioso, llegó a la conclusión de que Ramiro Gamba, desafortunadamente para la causa que los ocupaba, no había comido bien de chico, motivo por el que su piel se había vuelto chiclosa y a la vez seca, una mezcla que era muy difícil de explicar, pero que era muy común en los países donde se acostumbraba cenar bolillo con frijoles negros y cocacola. A pesar de la problemática que presentaba la piel de Ramiro Gamba, Vladimir Yunosky, como por el momento no tenía la solución, pidió a las autoridades que no exteriorizaran nada de lo que él les había informado, pero que se comprometía a hacer su mayor esfuerzo para que esa imagen tan hermosa no terminara tragada por los gusanos. A Ramiro Gamba lo obligaron a firmar de conformidad un documento donde al morir donaba de manera voluntaria su piel.


Y llegó el día en que el cáncer finalizó su labor, terminando con la vida de Ramiro Gamba, que murió en paz, sintiéndose en cierta forma, un santo, un santo que sucumbió en una cruzada muy particular. Corre la leyenda de que en la imagen que se encuentra en el auditorio del penal, en la niña de los ojos de la virgen de Guadalupe se ve a un hombre muy parecido a Ramiro Gamba, con el rostro de un verdadero hijo de la chingada, resplandeciente y lleno de paz.

martes, 5 de enero de 2010

TRES TUMBAS (PARTE III)


Esta es la tercera y última parte de mi ensayo. Saludos y feliz 2010.


TRES TUMBAS


Por Ma. Luisa Durán


3
He imaginado muertos que reviven y habitan entre tumbas dominando voluntades, siendo admirados y temidos a la vez. He visto seres humanos que han muerto tras ser enterrados vivos, entre tremendos sufrimientos y terrores manifiestos. Sus muertes se han vuelto exquisitas al ser relatadas con maestría por los escritores de terror. Pero hay otras tumbas que no he leído ni sentido ni imaginado y que por ser aún más terribles que las anteriores no alcanzo a revivirlas sin que una cadena de estremecimientos recorra mi piel. Se trata de los vivos que viven en sus tumbas personales. Mi madre fue una de ellos. Padeció asma durante cincuenta años antes de morir sin que el aire pudiera alcanzar a sus pulmones. Las causas nadie las pudo establecer; la cura nada la pudo brindar; ningún paliativo fue suficiente para evitar el continuo sufrimiento. El asma es una tumba interna, es la sensación de estar en un féretro hermético aún en el lugar más descampado, con el viento girando en nuestro derredor, con el oxígeno a nuestro alcance, pero sin posibilidad de absorberlo, de hacerlo nuestro para poder sobrevivir. Es no poder suspirar nunca; es abrir la boca hasta cortarse los labios y aspirar sin poder llegar al fondo del órgano respiratorio; es el proceso de desesperación constante, creciente, el ennegrecimiento de la piel, la lenta disminución de las funciones vitales. Durante cincuenta años. El no reconocerse ni a sí mismo cuando el cerebro deja de recibir la energía vital para funcionar. Es estar vivo pero no poder vivir, ni moverse, ni razonar, ni amar, ni decidir, ni descansar. Es tener dentro una tumba y sin féretro en derredor. Es una lenta espera, la espera de la verdadera muerte, que sin tener que desprender la cabeza del tronco brindará el descanso, ojalá. Los horrores son las sondas, las venoclisis, las jeringas profundas, la ingestión de suero y medicamentos, la inconsciencia educada del doctor, el tratar de arrancarse los cables del oxígeno para acortar la lentitud de la espera.

El enterrado vivo sabe que va a gritar y arañar y morirá asfixiado sin que nadie lo socorra. El agónico por asma sabe que morirá asfixiado pero no puede ya gritar ni arañar y se siente contemplado por aquellos que quisieran socorrerlo y no lo logran. El vampiro sabe que está muerto pero ha revivido y el origen de su sufrimiento está en su maldad innata y su condición de inmortal. El contaminado de los pulmones sabe que es mortal y que sufre, pero no entiende las razones metafísicas del sufrimiento, si alguna vez fue merecedor de él por su maldad o por su bondad o porque así estaba escrito por manos divinas. Sin duda será una muerte épica, porque se necesita gran valor para padecerla, pero el sentimiento heroico se neutraliza cuando no es deseado. El maldecido por la enfermedad respiratoria no la quiere padecer, así que no es un héroe ni un enterrado vivo ni un muerto en vida, es únicamente un despojo indefenso que no quiere morir pero que tampoco quiere vivir la vida que le queda. Son unos ojos vidriosos que se agrandan cuando ven sufrir a quienes aman y que cuando se cierran no dejan de ver esas lágrimas de los seres que los quieren; al dolor físico se aúna el dolor sentimental.

Hay demasiadas maneras terribles de morir y demasiadas situaciones terribles para existir. Se puede vivir por siempre en la fatalidad del hacer daño, se puede morir en un sitio hermético y oscuro sin que nadie se dé cuenta, y ambos procesos pueden recrearse con maestría en las páginas de un libro, causando terror, angustia y admiración. Pero cuando en la realidad la vida se convierte en muerte y la muerte se espera sin desearse para encontrar una distinta vida, sólo nos queda enmudecer.

martes, 22 de diciembre de 2009

DOS TRENES

He de contarles porqué ya no viajo en tren. Es una situación perfectamente explicable y al final cada uno de ustedes podrá entenderme. Ocurrió hace varios años, en una travesía de rutina, durante un viaje de esos a los que la vida te lleva por casualidad… ¿O quizá no?. El caso es que me encontré de pronto en el andén de la estación de Naan-Sac, a la mitad de la nada, dirigiéndome a la ciudad de Mérida, ¿conocen esa remota aldea perdida en la selva?, ¿no?, ¿nunca han estado en la jungla tropical devorados por los mosquitos y derretidos por un calor que convierte en cera los cuerpos y los ánimos?. No es extraño. También para mí fue la primera vez.

A lo lejos, despacio y entre una bruma inexplicable y caliente, el tren se aproximaba. Nadie, extrañamente, además de mí, esperaba su llegada. Las primeras impresiones del convoy fueron reveladoras, pero yo no las advertí, o no les di importancia. La máquina parecía antigua, de una estructura fuerte y cosa curiosa, funcionaba con carbón. Pensé en ese momento que hallándome en el fin del mundo, no era extraño que las máquinas modernas todavía no cubrieran algunos caminos. No obstante su aspecto anticuado, brillaba de manera sorprendente, extraordinariamente limpio, y podría asegurarles que con un olor a nuevo. Sus interiores eran sorprendentes: intactos, relucientes; los tapices de sus paneles eran exquisitos, sus asientos estaban forrados en mullida piel y el piso tenía una delicada alfombra. Sin embargo; el vagón estaba vacío. Cierto que no era una ruta principal, ni siquiera un paso obligado en alguna línea de comercio, pero ¿sin pasajeros?.

Me dormí. No se cuanto, pero cuando mis ojos se abrieron el vagón estaba lleno y animado. Había familias enteras acompañándome en el viaje. Mestizas con bellísimos trajes y alhajas sorprendentes, niños morenos con rostros felices que correaban contagiando con sus risas alegría. El color vivo de aquellos ropajes era impresionante. Los viajantes tenían frutas en las manos y jugos en sus bocas, los abanicos flotaban como palomas en cortejo, sugiriendo en su vuelo secretos códigos de amor, e insinuando cálidos y futuros encuentros a los entendidos. El viaje se había convertido en una fiesta.

Con exquisita cortesía, el caballero sentado frente a mí se llevó la mano al sombrero, y me saludó con una cálida sonrisa. Le correspondí gratamente y pregunté a continuación ¿dónde han subido todos?, ¡ah! respondió -la última estación-, hará cosa de media hora, ¿se dirige a Mérida? me dijo, -sí, allá voy- fue mi respuesta, ¿negocios? –podría decirse- ¡mucha suerte entonces!, yo vuelvo del sur, un viaje obligado ¿sabe?, inevitable. En Mérida me esperan mi mujer y mis once hijos varones.
No es cosa corriente saber que alguien tiene tantos hijos de un solo género, así que volví a preguntar si había escuchado correctamente, recibiendo la misma respuesta. “Mi hogar está precisamente atrás de la estación de ferrocarriles, es una gran casa verde adornada por un hermoso flamboyán”. “Tiene que visitarme cuando esté libre de sus asuntos”.

Todo el camino fue deliciosamente acompañado de anécdotas y valiosos consejos sobre la ciudad. Me despedí a mi pesar de Don Carlos (así se llamaba mi inesperado y grato amigo), y su sonrisa iluminó mi estadía en la blanca Mérida por varios días. Mis negocios llegaron a buen puerto.

Seis meses después y por otras razones muy distintas, me encontré de nuevo en Mérida. Al concluir mis asuntos, elegí nuevamente el tren, ahora en ruta contraria, buscando caminos nuevos hacia el sur. Aquel viaje no obstante resultaba diferente, muy distinto al suave encanto con que yo recordaba mi última visita, la que ya les he contado. Éste tren, para pesar de mi espíritu, era una ruina. No era cómo el otro, una pieza de museo reconstruida hasta sus últimos detalles, sino un ferrocarril convencional sin mantenimiento. Olía mal, a humedad, a olvido. Sus raídos asientos y sus empañados cristales, más la sensación de ahogo que sentí al estar dentro del vagón, me llenaron de infinita tristeza. Además iba repleto, cosa que me hizo sentir un bulto más entre todos los muchos que se amontonaban en los espacios disponibles. Mi vecino en cambio, era un joven agradable. Su aspecto me era ligeramente familiar, pero impreciso a mi memoria.

La jornada obligó al saludo, pasando de inmediato a la conversación. No pude evitar entonces contarle mi viaje anterior. Describí con detalle cada sensación, todo recuerdo, y mencioné a los alegres pasajeros con los que el viaje se había pegado a mi alma. La belleza de aquellos trajes de fantasía oriental, el sonido musical de las voces, los aromas a flores y frutas; el paisaje de mil tonos de verde invadiendo las ventanas, y las aves que acompañaron el trayecto desde el cielo de transparente zafiro.

Mi interlocutor escuchó atento mi relato, pero aseguró que me equivocaba. Me dijo que en Naan-Sac hacía mucho que el tren no detenía su paso, y que las locomotoras de carbón estaban fuera de uso desde hacía incontables años. Pero yo, no le creí. Con firmeza seguí dando pormenores y para convencerlo de lo real que había sido mi viaje, le conté que había tenido inclusive la curiosa oportunidad de conocer a un hombre que era nada menos que el padre de once varones. Algo noté en mi vecino, una ligera desazón, ¿o era mi imaginación? -¿le sorprende, le dije, una familia con once hijos, hombres todos?-, a mí me causó alguna extrañeza, lo confieso, pero recibí incluso una invitación para constatarlo, precisamente lo recuerdo al detalle: una casa verde, atrás de la estación, con un enorme flamboyán en el jardín…

No pude continuar. Mi pobre compañero me miró con miedo y preguntó con la voz ya quebrada por una rara emoción ¿cómo era el pasajero que viajó con usted?. Hice una descripción minuciosa y llena de cariño. Con cada detalle el joven iba del sudor copioso a la palidez mortal. Temblaba. Francamente no sabía que pensar y con temor dí los últimos detalles. Se llamaba Don Carlos, un caballero…

Y ya no pude terminar. El joven soltó en llanto y con los ojos desorbitados me dijo: “conoció usted a mi padre, yo soy el menor de sus once hijos, me llamo Carlos también. Vivimos sí, en aquella casa cercana a la vieja estación del ferrocarril, su descripción es exacta en cada detalle que me ha contado, pero es preciso que sepa usted que mi padre ¡murió hace 10 años!

Desde entonces, amigos míos, viajar en tren… no se, no lo hago más… ¿Comprenden ustedes?


Antonio de Jesús Fuentes Ruiz. Diciembre 2007.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

TRES TUMBAS (PARTE II)

Esta es la segunda parte de mi ensayo, a ver qué les parece.


TRES TUMBAS
Por Ma. Luisa Durán




2
Hay demasiadas maneras terribles de morir. Existen enfermedades que no tienen cura y hacen padecer tremendos dolores y molestias a quien las sufre, como el sida, algunas variedades del cáncer o síndromes poco explorados aún por la medicina. Existen las dictaduras, las guerras, la pobreza extrema que va matando de hambre y de sed a niños y adultos por igual. Están las drogas, sus consumidores, traficantes y sicarios. La humanidad reproduce a diario asesinos espontáneos, seriales o a sueldo, hermanos de la crueldad y amigos íntimos del sufrimiento ajeno. Han existido largas dictaduras y existió también la Inquisición, organismo eclesiástico creador de las torturas más sutiles y atemorizantes, de las agonías más largas y siniestras, de las masacres más tumultuarias e insensatas en la historia del ser pensante. Tenemos las depresiones y el suicidio. Contamos con la bala, la cuerda, el veneno y el puñal.

Sin embargo, hay una forma terrible de morir cuyo solo pensamiento lleva al hombre a las simas de la locura. Es una muerte que nadie quisiera imaginar, pero que muchos han debido de sufrirla sin que el resto del mundo se haya enterado. Es la temida muerte doble, el cumplimiento de la fantasía más ominosa y el escenario por excelencia para la creación de los más espeluznantes relatos de terror: el entierro prematuro.

No es la irrealidad del hecho la razón de su frecuencia en la literatura de ficción. Es bien sabido que durante generaciones la gente ha sido enterrada viva. Hay muchos males que simulan la muerte: catalepsia, alferecía, éxtasis morboso, letargia, ictus, sofocación, histeria o intoxicaciones, los cuales, aunados a la intervención de un médico poco eficaz o a los reducidos conocimientos clínicos de épocas pasadas provocaban que se diera por muerto al paciente y se le inhumara. Por otra parte, las guerras han producido una buena cantidad de soldados malheridos a los que se ha enterrado en fosas comunes junto con compañeros realmente fenecidos. Se sabe además de numerosos casos en los cuales se ha inducido una muerte aparente a través de la ingestión de sustancias para librarse de destinos fatales, especialmente en las prisiones, donde fingirse muerto es la vía de escape más segura e ingeniosa (8).

Es el arte, concretamente la literatura de terror, la que nos ha abierto las puertas a las catacumbas del cadáver aparente. El estilo gótico nos ofrece un primer caso: en El monje (1796), de Matthew Gregory Lewis (9), el protagonista, un ministro de Dios que se ha entregado al Maligno por soberbia y por lujuria, viola y asesina a una joven que después resultará ser su propia hermana. La inocente víctima había sido sedada para fingir su muerte y huir de su sátiro perseguidor. Mas él logra profanar la tumba y accede así a un lugar preferente en el averno.

Por su parte, mucho más próximo a nuestra época, el indiscutible rey de la literatura de horror desde el siglo XIX hasta la actualidad, Edgar Allan Poe, eligió como protagonistas de sus más logrados relatos a los enterrados vivos. Tres cuentos en especial reflejan esta característica: El entierro prematuro (1844), La caída de la Casa Usher (1839) y El tonel de amontillado (1846) (10).

El primero es el relato en primera persona de un catatónico, quien narra sus sufrimientos a causa de esta enfermedad, en la que muere aparentemente por tiempo indefinido sin saber cuándo ni cómo despertará. Aunque el narrador confiesa que ha tomado todas las precauciones para evitar ser enterrado vivo, no puede controlar el espanto de que por cualquier aciago acontecimiento, recobre el sentido en el interior de una tumba de la cual no podrá salir jamás. Además de su circunstancia, el personaje narra diversos ejemplos bien documentados de gente que ha sido sepultada viva. En algunos de estos casos los enfermos son descubiertos a tiempo y siguen viviendo tranquilamente, pero en otros… sólo reflejan en el contorsionado rostro el intenso sufrimiento de saber que morirán asfixiados y sedientos en un ínfimo espacio a través del cual nadie los podrá escuchar jamás.

Con respecto a La caída de la Casa Usher, éste es uno de los más conocidos e inquietantes cuentos de Poe: un hombre y su hermana viven solos en la enorme mansión de sus antepasados, ella padece catatonia y él agoniza de angustia con cada ataque de la enfermedad. El amor incestuoso entre los hermanos, la incertidumbre de no saber si ella está viva o muerta, el desenlace de la última rama de los Usher son narrados magistralmente en este relato sublime donde entre humos de opio y atmósferas saturadas de ambiguas perversiones la supuesta muerta sale de la tumba para llevarse con ella a su familiar, ahora sí en una muerte cierta, entre los escombros de la derruida casa.

Por último, El tonel de amontillado es la encarnación de la venganza llevada más allá de sus límites. En pleno carnaval de Venecia, un comerciante de vinos atrae a un colega –o más bien competidor– a su domicilio para que verifique la calidad de un tonel de amontillado (11). El engañado acude inocentemente y es enterrado vivo en las bodegas del edificio. Lo terrorífico aquí es la satisfacción con que el asesino escucha la lenta agonía su víctima.

Hay más cuentos sobre horrores en los sepulcros, como La tumba (1919), de H. P. Lovecraft, en el que un hombre, poseído por un antepasado, conoce terribles secretos antiquísimos cuando se recuesta en la tumba de su familiar. También está un bello relato de Nathaniel Hawthorne, El entierro de Roger Melvin (1832) que expone los peligros de recibir una terrorífica maldición por no dar cristiana sepultura a un ser humano.

Pero, ¿por qué son los sepulcros, en calidad de receptáculos de la temida muerte, los espacios preferidos de los escritores de horror? Y, ¿por qué los relatos de enterrados vivos son los más estremecedores y bellamente relatados? Una primera razón pudiera ser que a los seres humanos del mundo occidental contemporáneo, simple y sencillamente, nos parece terrible la muerte. No soportamos el sufrimiento y nos aterra, en nuestra soberbia, esa lucha final en la cual sabemos de antemano que no lograremos alcanzar la tan anhelada inmortalidad.

En segundo término, y aquí reproduzco las palabras de Poe a través del protagonista de El entierro prematuro, porque “ser enterrado vivo es, fuera de toda discusión, el más terrible de los extremos que jamás haya caído en suerte al simple mortal” (12). La unión de vida y muerte en un habitáculo hermético es un suceso siempre estremecedor para cualquier persona. Si al extremo miedo a perecer se le aúna la posibilidad de ser enterrado en vida, el terror puede incrementarse hasta alcanzar grados insoportables.

Y hay un nivel más elevado de terror en esta circunstancia: el pensamiento de morir dos veces, de librar doblemente una batalla de antemano perdida con la parca, esa enemiga funesta, en un lugar pequeño, oscuro, húmedo y en completa soledad, escuchando únicamente nuestra propia respiración agitada, sintiendo cómo corre el sudor por nuestro cuerpo, cómo los gusanos y otras alimañas empiezan a invadir nuestro organismo, el gritar y arañar sin que te atiendan, el estar consciente de que no verás ya nunca a ningún ser de tu especie, que pronto o más tarde, luego de intensos padecimientos: asfixia, hambre, deshidratación, terror en su máxima potencia, se deberá cruzar una frontera hacia lo desconocido. ¿El infierno acaso?, ¿el purgatorio?, ¿se verá ese túnel luminoso y un ser al final de éste como relatan las películas?, ¿se producirá un reencuentro con otros conocidos ya muertos?, ¿o sólo será dormir sin soñar más, un desaparecer para siempre de este mundo y de los recuerdos de tus seres queridos?

Realmente hay demasiadas maneras terribles de morir. Pero la literatura de terror ha volcado sus más bellas y exquisitas páginas en presentarnos anécdotas de gente que ha sido enterrada viva ya sea por error, por precaución o por extrema maldad. Ciertamente, el ser inhumado en vida es una forma poética y literaria de morir. Es un suceso épico el enfrentarse no una, sino dos veces al enemigo más temido e irremediablemente vencedor. En consecuencia, los autores del género de horror han colocado a esta acción de sucumbir en una mortaja en el pináculo del romanticismo, precisamente por lo terrible del hecho: así como en el arte kitsch lo espantoso resulta bello, en la literatura la muerte más monstruosa alcanza proporciones insospechadas de armonía y perfección.

Notas
8 Algunos de los datos contenidos en este párrafo los obtuve de un artículo de Internet: MENDOZA P. Eduardo. Enterrados vivos. Publicado el 22 de febrero de 2002. http://www.ucm.es/info/museoafc/loscriminales/funerarias/enterrados%20vivos.html
9 Hay varias ediciones en castellano de esta novela gótica, pero me permito recomendarles la de editorial Valdemar, en cualquiera de sus colecciones: Gótica (ésta es de lujo) y El club Diógenes (rústica).
10 La edición que consulté es P OE, Edgar Allan. Cuentos, 1, trad. de Julio Cortázar. Madrid, Alianza, 2005.
11 Como yo no sabía lo que significa esta palabra, busqué y encontré que es un “vino generoso de graduación alcohólica entre el 16 y el 22% vol., de color oro o ámbar, aroma punzante, seco, suave, de sabor avellanado y poco ácido. Se producen amontillados en Jerez, Montilla-Moriles y Condado de Huelva” (http://www.winesfromspain.com/icex/cda/controller/pageGen/0,3346,1559872_4938183_4939641_295488_A,00.html).
12 POE. Op. Cit., p. 198.

jueves, 26 de noviembre de 2009

E S P E R O H A B E R S O Ñ A D O

Por: Antonio de Jesús Fuentes Ruiz.
“The good spirits may be invocated of us, or by us, divers ways, and they in sundry shapes and manners offer themselves to us, for they openly speak to those that watch, and do offer themselves to our sight, or do inform us by dreams and by oracle of those things which we have great desire to know”.
The book of the sacred magic of Abramelin the mage. Translated by S.L. Macgregor Mathers from the original Hebrew from a unique and valuable MS, in the “Bibliothèque de l´Arsenal” at Paris.

Para María Luisa Durán, creadora del cuento con ensayo.
Tengo junto a mí a un pequeño fantasma. Está vestido con algo parecido a una gabardina y porta una antigua gorra marinera. Me mira de frente, profunda y penetrantemente, cómo queriendo averiguar que pienso o acaso decirme algo. Curiosamente, lleva una pipa entre los dientes aun cuando es apenas un niño, un pillastre de edad indefinida que permanece sentado en el borde de una pared. Detrás está la nada. El muro, labrado con flores, tiene la espectral apariencia de una tumba. Es muy probable que lo sea. A la izquierda, apenas perceptible, un pequeño hilo negro que a primera vista parece un defecto, me indica que hay un árbol.
El deja vu es escalofriante. Se diría que estoy viviendo aquella vieja película de terror con fotografías de un faro y de una mujer que cae de espaldas al precipicio. Afortunadamente, si logro desviar mis ojos del pequeño retrato, podré volver a la realidad. Al intentarlo, consigo ver que el papel espera y que debo seguir escribiendo.
¿Es posible que las fotografías sean más que la constancia del paso del tiempo?, ¿qué no son únicamente un objeto conseguido con la ciencia aplicada a un fenómeno óptico?, ¿qué en ellas pueden distinguirse partes de la escencia del hombre, no en lo físico, sino lo verdadero e interno? Me pregunto esto mientras mi vista sigue obstinadamente fija en el retrato.
“Estar ahí, y disparar a tiempo”, es la frase con la que Vicente Leñero definió la oportunidad del fotógrafo para hacer de su trabajo un testimonio único. Y es que las fotografías preservan el tiempo, lo hacen un mensaje. Es un lenguaje, con todas sus formas y posibilidades, y con el se pueden, y se consiguen transmitir todas las palabras sin empleo de ninguna. Pero también algo más.
Hay fotografías llenas de sensaciones humanas, que muestran desde el amor, hasta el sufrimiento indescriptible. Entre ambas podemos encontrar algunas que son francamente perversas, cínicas, depravadas. Podría decirse que en ésas vive el espíritu dual imaginado por Steven en su Dr. Jekill. Recuerdo cómo ejemplo, la de Charles Manson, el asesino brutal de Sharon Tate, o las de Aleister Crowley, el nuevo mago de la estrella pentavalente. Uno no puede sustraerse del dolor y la repulsión al verlas, seguir cómo si nada luego de ver sus ojos, su rostro torcido. Caminar sin llenarse de pesares al sentir la fuerza con la que nos han robado parte de la vida. Han transcurrido décadas desde que fueron tomadas y sus crueles mensajes nunca terminan de darse, están frescos, cómo el primer día, cómo en el primer instante. Igual de presentes que en el momento cumbre de toda su maldad.
En la fotografía, puede jugarse con la creación de una fantasía o con la sustracción de un momento irrepetible. Confirmo con esto que una parte de razón, si no es que toda, la tienen los pueblos primigenios, los que no permiten que se les fotografíe, porque están seguros que en ése pedazo de papel impreso se ha quedado su alma. Siempre lo ancestral es lo más sensato. Lo instintivo lo más certero. En mi primer supuesto, los directores de cine, los magistrales, convencen al espectador de que lo que nos presentan es cierto. Fabrican fantasías. Imitan con su arte el efímero efecto de lo oscuro, y también lo bueno del hombre. Comulgar con el actor en un instante que luego la cámara transforma en eterno, para crear y legarnos una obra de arte, es robarnos el alma. No es en la secuencia, sino lo modesto de un solo cuadro, en donde podemos llenarnos del verdadero y auténtico sentido, el que nunca se olvidará por más que los años pasen. Llevan a nosotros en ése supremo momento, el sentimiento más puro y más noble, o nos empapan con el primitivo terror colectivo, el miedo ancestral a la noche. Al lobo cierto. O al Dios presente.
¿Y qué decir del profesional de la cámara? Yo afirmo que el fotógrafo tiene acceso al subconsciente: al suyo y al de los demás, que esa sería la razón por la que pueden disparar a tiempo. Sólo ellos pueden encontrarse en cualquier lado y verlo todo, advertir lo que los demás tenemos velado, para lo que estamos ciegos, y con su magia hacerlo evidente. No se trata de un reflejo, ni de un acto de estética automático, no. Es la posibilidad de alcanzar en un instante a comprender el interno del otro, lo complejo de las formas y el pensamiento, la necesidad de expresión acumulada ante su lente y capturarla para siempre. Cuando trabaja para un director de cine su labor se limita a reunir lo que aquel ha formado, pero cuando lo hace para sí, para nosotros, su mente y sus ojos ven lo que nadie más puede notar aunque lo tengamos enfrente. Se vuelve psicólogo, quiromántico, adivino… capta el futuro, el presente y el pasado, y lo atrapa para formar lo eterno. Todo ello me es revelado mientras sostengo en la mano el viejo retrato del niño con una gorra marinera, y sus ojos y mis ojos se sorprenden en una mirada.
Voy ahora a hacer un experimento. Me asusta. Detrás de mí hay un espejo. Me levanto, y llevando en la mano la vieja fotografía, la expongo frente a aquél. El reflejo acude fiel mostrando a su gemelo siniestro. El niño muerto me sigue viendo, ahora desde un cristal con azogue, volviéndose doblemente fantasma, doblemente irreal. ¿Cuál era tu nombre?, le pregunto. Afortunadamente no me responde.
¿Qué pensaba mientras otro le hacía un retrato? ¿por qué a pesar del tiempo no ha perdido la mirada inteligente y reveladora?. Es probable que su mente estuviera concentrada en otro punto, en uno lejano, quizá más grato. Imaginarme lo que ha vivido el pillete es mi ejercicio siguiente. Mientras mi mente divaga, volteo a verlo para confirmar o desechar cada teoría. Se diría que me contesta.
Me llegan de pronto las vistas horribles de los campos de concentración, de las hambrunas por sequía, de los accidentes y los atentados. De los cadáveres secándose al sol por efecto de las revoluciones, y más, muchas más formas e imágenes. Hay animales agónicos, caras desconocidas y al mismo tiempo cercanas. Algunas son rostros de líderes, peores que los asesinos directos, que por años dirigieron destinos y ordenaron crímenes al amparo del poder y de sus buenas intenciones. Hay también y por fortuna, manos dedicadas al trabajo, pies que pisan fuerte mientras avanzan, puños crispados al viento, armas que se rompen, muros que caen para reunificar naciones, flores, edificios y ciudades, lunas, y soles, que dan esperanzas para confirmar días mejores. Tengo presentes niños que juegan, mujeres que acarician apenas sus vientres fertilizados con el amor más perfecto, y bendigo entonces los nombres de Modotti, Weston, Höpker, Casasola, Benjamín Flores, Mayer, los Álvarez Bravo y a tantos, y tantos otros; muchos por fortuna, que incapaces de reunirse ahora en mi memoria, me han dado una ventana al corazón humano, ¡recuerdo tantos rostros!. Logro apartar del espejo mis ojos y me siento agotado en una silla. Todo ello se ha producido mientras absorbía por el reflejo del espejo, a mi pequeño fantasma.
Pasa poco tiempo. Tomo ahora amorosamente un retrato distinto. El de otro niño. Uno que fue y que me consta existió: soy yo mismo a la edad de 5 años. Todavía puedo reconocerme en él. Lo miro despacio y observo sus ojos, mis ojos, e intento penetrar en su mensaje, el que envié o envió a la capsula del tiempo el día lejano en el que me senté frente a una cámara anónima. Quisiera tener en algún oculto lugar de la memoria las sensaciones de aquel momento. Quizá si me concentro lo suficiente, dé con ellos, y pueda volver a vivir lo que hace casi cuarenta años me definía. Mi fantasma personal también debe decirme algo. Lo intento, pienso, quiero sentir… creo recibir un mensaje. Más no, me engaño.
Levanto el otro retrato, el primero, el del pequeño sentado en lo que creo es una tumba, y con los dos ya en las manos, me aproximo de nuevo al espejo. Ahora en el reflejo, con seis pares de miradas penetrantes, incluyendo la mía en el presente, intercambiamos nuevos y cifrados mensajes. Frescas aun las imágenes descritas, mi cuerpo se queda cómo hipnotizado: expectante, paralizado. El tiempo parece detenerse. Y vuelven a proyectarse recuerdos dentro de mí. Los revivo en blanco y negro, otros en sepia, muchos en colores imposibles. Estoy confundido. Acaso algunos no sean míos… ¿pero de quién son entonces?... hay más y más imágenes que no son familiares, son absurdas, no me pertenecen. Y van sustituyendo las que confieso haber vivido o por lo menos visto. Sudo, pero no puedo apartar lo ojos del espejo. Ni siquiera cerrarlos. Nos miramos todos, hablamos los tres sin requerir de palabras…
De pronto, el teléfono suena. Doy un salto y agradezco estar ya fuera del hechizo. Nadie contesta…