miércoles, 10 de febrero de 2010

LA FLOR DE LA FELICIDAD

Por: Antonio de Jesus Fuentes Ruiz

El hijo de Kirkpatrick está enamorado, y Be, la bella joven que su corazón ha elegido, llora en silencio. Sabe que sus padres prefieren que ella sea la esposa de un noble, y que jamás aceptaran a un huérfano, aún cuando este haya sido hijo de un guerrero.

Cuando al fin llega la noche, el joven, en contra de sus deseos de alejar todo pensamiento de aquel que no sea ese amor imposible, sueña con el relato mil veces contado por su abuelo: la historia de la flor de la felicidad, que mágica y extraña nace en la cumbre de la montaña azul, que es la morada de los dioses.

Con palabras exactas su mente reproduce la narración contada al calor del fuego, en aquellos momentos de paz, en los que el cielo estrellado y el mar en calma, daban tregua al cuerpo cansado.

“Alguna vez un guerrero buscará para el clan la flor de la felicidad. Irá sólo, sin más ayuda que la de su corazón y encontrará el camino a la cima de la montaña prohibida. Comprobará su hazaña trayendo de vuelta al templo la piedra gemela de color púrpura que custodian las vírgenes. La sola contemplación de la flor, le dará la fuerza eterna que transmitirá a los demás guerreros y así se reiniciarán las conquistas. Se vencerá siempre, y conseguiremos la salud y la felicidad nuevamente”.” El héroe será premiado con lo que su corazón desee, y su nombre será perpetuado entonces por los siglos, al lado de los dioses”. “Nadie ha vuelto”, “nadie ha ido más”, y por eso nuestra miseria es grande, y la cobardía es la vergüenza que hace que seamos polvo que el viento barre… Así sueña el hijo de Kirkpatrick, y al despertar, su alma concibe una esperanza.

Descalzo, con un manto de piel de oveja, portando únicamente sus sueños y la daga de su padre para enfrentarse al mundo, el joven se presenta ante el consejo de ancianos. Solicita con la arrogancia que da la inexperiencia, el permiso para ir a la montaña.

Los viejos se miran asombrados y hubieran reído de buena gana ante las pretensiones del hijo de Kirkpatrick, de no ser por la mirada decidida del joven y la pronta respuesta del padre de Be, quien puesto abruptamente de píe, golpea con el puño el escudo de conquista y precipita la aprobación. Desea en el fondo que esa fantasía aleje al pretendiente y pasado el plazo de una luna, poder casar sin oposición a su hija con el que él elija.

La noticia corre, el joven es aclamado mientras las mujeres ocultan su pena de no tener entre los suyos a hombres de aquel valor, y unidas en ese sentimiento, confeccionan para aquel valiente un traje de viaje con fuertes sandalias y un abrigador manto de color rojo.

Be, la hermosa novia, viste su ajuar y su corona de flores jurando ante los dioses esperar con fidelidad y alegría el retorno del amado. Los más fieles amigos del hijo de Kirkpatrick lo acompañan hasta donde es permitido, y encienden una fogata que servirá como faro y esperanza al guerrero. El plazo inicia.

Es preciso ahora hablar de la montaña, de la razón por la que es inaccesible. No es su altura, de por sí impresionante, el obstáculo; ni tampoco el que esté custodiado por dragones: Es su forma y su tamaño. Con la apariencia de una espina clavada en la tierra, su anchura es inconmensurable y sus paredes lisas como un guijarro pulido por la corriente.

Cuando el joven llega a ella, la observa desde abajo. Subir parece imposible, aún cuando se contara con varios hombres con cuerdas y firmes asideros; pero es condición del reto que se ha de llegar sólo a la cumbre. Estando ya allí, el joven se enfrenta a la realidad, y lleva su ánimo a las primeras dudas.

Después a un nuevo intento, se da paso al miedo, luego al intuitivo convencimiento de que es imposible y de ahí de nuevo a la esperanza, aunque cada vez con menos intensidad. No se rinde.

Cada paso es un avance y él camina. Pasan los días, sigue alrededor de su enemigo, venciendo a las fieras custodias. Su mente y sus ojos, su cuerpo todo, después de días de esfuerzo están cansados y buscan afanosamente la forma de iniciar el ascenso. Cada minuto es perdido y su humillación ante ello insoportable.

El hijo de Kirkpatrick pide a los dioses una oportunidad. La soledad le pesa y le abruma. Piensa ahora que acaso la solución es emplear en el mismo la daga de otras guerras, y decide esperar sólo un día más. Cansado, cae.

El olor a tormenta invade el mundo. El mar lanza espuma gris a la tierra con sus espadas de sal. El cielo negro, cargado de inmensas nubes, comienza a vaciarse en un diluvio. El trueno ilumina la tierra presagiando destrucciones.

Cuando el muchacho abre los ojos contempla con gratitud un milagro. Llena de la luz que proviene del rayo, la mole parece dividida. El fuego del cielo le muestra el secreto de la montaña: es hueca. Al centro de la misma, en un raro capricho, inicia una espiral que es como una escalera. La luz que viene del cielo se filtra desde arriba de la enorme hendidura proyectando sombras fantasmales. Una gruta es la entrada y permite el acceso al primer peldaño. El hijo de Kirkpatrick inicia así en paz el camino a la inmortalidad.

Ascendiendo por el interior de su enemiga, la marcha es lenta y difícil, más ya se está en camino. Si alguna vez alguien había tomado antes esa senda, debieron ser seres fabulosos, y el ahora, repite la hazaña. La tormenta ha cesado y las estrellas poco a poco iluminan el pedazo de cielo que se amplía conforme se llega a la meta. Be de alguna forma misteriosa, está con él y anima sus pasos.

Cuando su pié alcanza la salida, sus ojos contemplan asombrados al amanecer y los colores con los que el sol pinta el día: de un lado está el mar, ahora en calma, con su profundo e insondable azul y gris, y del otro lado, la tierra bendecida con sus cuarenta de tonos de verde.

Ha llegado a la cúspide y allí, en un altar, está la piedra gemela del templo, ahora lavada por la descomunal tormenta. El joven la toma, orgulloso. Sin embargo no se ve nada más en aquella planicie, y su corazón y sus ojos, buscan la flor de la leyenda, la de la felicidad, aquella que cumplirá sus deseos y que llenará sus ojos de verdad alejando para siempre todas sus dudas y temores. Recorre cada palmo, cada pequeña hendidura, más no encuentra nada. La flor de la felicidad no existe. Desolado, inicia el descenso.

Cada paso es para él más difícil y observa a la luz de la razón la meta del retorno, sorprendido y extasiado de su propia audacia. Ahora su alma esta llena de nostalgia y agradecimiento. Aunque no existe tristeza en sus pasos, tampoco hay alegría: ha fallado en su misión y no ha conseguido el objetivo. El sólo llegar no tiene mérito, hace falta la flor de la felicidad. A lo lejos, la fogata sigue siendo fiel espera y guía del camino.

Ahora le duele la pérdida de la libertad y la tranquilidad que antes tenía sabiendo que seguía una meta clara. También es consciente de que al estar entre los suyos nuevamente, su honor hablará por él y deberá decir que ha fallado. Nunca verá a Be, ni hará la guerra.

Ante la hoguera, sus camaradas visten de fiesta, llevan las sienes coronadas de floresta y acompañan su entusiasmo con cantos y música. Le han visto a lo lejos y saben con certeza que ha cumplido, pues nadie en deshonor hubiera tenido la osadía de volver y el hijo de Kirkpatrick en cambio, está de vuelta.

Ante la noticia la bella Be renueva las flores de su corona y desafiando a sus padres sale al camino vestida de novia: los niños y las jóvenes, prontamente engalanadas, son su séquito, y la siguen con lágrimas en los ojos. En los altares, el incienso precioso se enciende a los dioses. Así el grito resuena:

¡Hijo de Kirkpatrick! ¿La has encontrado?

Un silencio expectante cubre la tierra.

Los dioses son compasivos con quienes acuden con toda fe a ellos, y antes de que el valiente responda lo que cree en verdad, el manto piadoso de lo divino llena de luz su entendimiento, y con un grito poderoso y convencido, el joven eleva la voz emitiendo un poderoso clamor que llena el mundo:

¡Sí! ¡La he hallado!

Se cuentan todavía después de siglos, las grandes bodas de los jóvenes amantes y la confirmación sobre la fuerza que el héroe transmitió al clan después de conocer y llevar dentro de él la flor de la felicidad. Conocidas son también todas las conquistas guerreras y el progreso de aquel pueblo invencible. Más… ¿Mintió el hijo de Kirkpatrick? ¿Falló en su verdad, perdió el honor?

La respuesta es no.

Su mente y su espíritu comprendieron al fin que la flor de la felicidad estaba presente en aquel momento, que tenía forma de mujer y que se llamaba Be.

En el camino de la vida los hombres buscan siempre la misma flor. Algunos la encuentran en la cima de una montaña, otros en el camino a ella, otros en el retorno de ese andar, o en el amor, la responsabilidad, el goce de lo bello o el hacer bien a los otros, algunos más en el recuerdo de otros tiempos, o en ver crecer hijos y nietos, pero siempre, en un supremo consuelo han de hallarla, pues la felicidad, hijos de los hombres, se encuentra en la contemplación de los deseos cumplidos, o en la esperanza de alcanzarlos.

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