Por: Antonio de Jesús Fuentes Ruíz
En realidad es un helecho, uno de Australia, de donde son los canguros. Mi papá lo puso al fondo, entre los árboles con los que empieza el bosque. Se veía bonito de lejos, con sus hojas grandes, grandes y bien verdes que el viento movía. Lo feo empezaba cuando te acercabas, cuando veías sus lenguas horribles, como de camaleón, peludas, enroscadas en ellas mismas. Son oscuras, duras, cafés y amarillas. Dan asco.
Me dieron miedo de inmediato. "Son hojas nuevas, me dijo papá", son como los bebes de las plantas. "Cuando crecen se desenrollan y se vuelven verdes, como las otras". Y sí, era cierto, así se volvían, pero lo que mi papá no alcanzaba a ver es que cada vez eran más, y más, y cada vez eran más grandes. Pronto tuvieron un tronco. Bueno, no exactamente un tronco, sino un montón de futuras hojas en bolas peludas y blandas como los tumores que le salieron al viejo Chad, el sabueso, y que un día no volvió con papá de su visita al veterinario.
Mi papá lo quería mucho. Sobre todo cuando lo fotografío y vinieron aquellas señoras del club de jardinería a verlo. Me acuerdo que le dieron un listón azul cielo y que estuvieron tomando té en el jardín. Lo raro es que no se acercaron al helecho. Y con razón. No se parecía a ninguno que hubiera por el rumbo. Daba miedo a todos. Menos a mi papá, que inclusive hablaba con él. Yo lo escuché una vez, mientras lo acariciaba y entrecerraba los ojos, como cuando mamá vivía y el se acercaba a darle un beso.
Luego vi aquello. ¡Qué miedo me dio! ¡Fue horrible!. Recuerdo que era una mariposa, una de colores brillantes, azul con negro, muy rara. Se acercó a la base del helecho, a dónde el sol nunca llega y sus hojas nuevas son como alambres pequeños y retorcidos. No podía creerlo. La hoja nueva se estiró como un rayo y atrapó a la mariposa. La llevó luego al centro, entre las hojas, a una boca horrible, de color negro, como un coco lleno de fibras. En un segundo, la mariposa había desaparecido. Salí corriendo y no me acerqué en varios días.
Hice bien, porque el único que podía estar cerca de ella era papá. Todo lo demás, pájaros, insectos, y hasta un cochinillo, desaparecieron de la misma forma que la mariposa. Dependiendo del tamaño de lo que se acercaba, era la hoja en formación que lo atrapaba. Nadie más que yo parecía darse cuenta.
Una tarde, con mucho cuidado me acerque un poco... y salí corriendo. Una hoja nueva, llena de pelo, como todas, pero del grosor del brazo un hombre estaba naciendo. Sería enorme, lo más grande que nunca hubiera crecido en esa planta monstruosa. Se había vuelto un peligro. Mi papá estaba contento, veía su listón azul y decía que pronto obtendría otro. Inclusive limpió el área que rodeaba al helecho para hacerlo destacar todavía más. Yo tenía miedo. Mucho.
Entonces vino aquella tonta fiesta. Allí estaba Alexis, burlándose de mí y jalándome el pelo. Me hizo llorar. Me llené de rabia y lo derribé de un empujón. Se enojó conmigo, y me persiguió. Corrí hacia el helecho, estaba furiosa. Corrí y corrí para que no me alcanzara.
Papá no ha vuelto. Está en la comisaría, con los otros padres, coordinando la búsqueda de Alexis en el bosque. No parece saber nada. Yo le he llevado al helecho un pedazo del pastel de la fiesta. No pareció gustarle. Creo que prefiere las cosas que pueden moverse. Desde ahora, somos amigos.
martes, 20 de abril de 2010
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